HablandoEnSueños · Historias de vida/Memorias · Mundo Onírico · Sentimientos

A mi madre

Hoy hace ochos años que tu vida se apagó, fue duro, me quedé sin memoria, ya había perdido raíces con la partida de papá, quedé flotando sin saber a que asirme para no caer… y caí, muy profundo, tan profundo que costó remontar vuelo.

Pero no te fuiste, quedaste a mi lado y me acompañaste en sueños, mientas dormía teníamos largas conversaciones… y a partir de entonces aprendí otra forma de comunicación, están… no sólo en el recuerdo estático de una fotografía o una anécdota, están en el día a día…

En estos ocho años participaste de mi vida, me aconsejaste, me contaste cosas y hablamos de aquellas otras que nunca habíamos compartido. Gracias por acompañarme, te espero en ese espacio de tiempo entre el todo y la nada, en la nebulosa del sueño. Hasta luego…

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Poesía Breve · Reflexiones Personales/Pensamientos · Sentimientos

Poema para tu olvido

No te importa

ni me importa,

aquello que vivimos.

No te importa, ni me importa,

aquello que no fue…

No me importa

el mundo que vivimos.

No me importas tú.

No me importa ser.

Recuerdos de un mundo que he soñado,

se queman en la hoguera del ayer.

Recuerdos de caricias que me has dado,

en el álbum del olvido ya han quedado.

No me importa tu existencia.

No me importan tus creencias.

No me importas tú…

Has muerto…!

Lelia Di Nubila

Recuerdos DeInfancia · Sensaciones y Sentimientos

Mi profesora de piano

Cuando veo un piano pienso en ella, mi profesora, sentada marcando la partitura y corrigiendo con su voz cascada de tanto fumar. Era muy expresiva, si estaba alegre inclinaba la cabeza hacia atrás y reía con todo el cuerpo, sus manos temblaban permanentemente, pero bastaba que se posaran en el teclado para que lo hiciera vibrar con una melodía clásica o un tango.

 Esther era muy personal. Amiga de mi madre, compañera de viajes y secretos. Ambas estaban solas y con hijos, pero hacían de sus vacaciones periodos de soltería; creo que juntas lograron ese punto de locura donde el bien y el mal se unen para redimirse.

 ¿Como la veo a la distancia? La veo como ese cuadro de McNeill Whistler donde la niña vestida primorosamente de blanco, con balerinas negras atadas a los tobillos y los brazos cruzados apoyados con suavidad en el piano escucha a la profesora ejecutar el instrumento; la dama tiene un aire místico, el pelo recogido en la nuca deja el rostro al descubierto y con él sus sentimientos que se traslucen con el correr de los dedos sobre el teclado. La mujer y la niña son la representación del amor y la admiración. Esa pintura me la recuerda por la magia que lograba despertar en mí.

 Esther era de estructura pequeña y cuerpo esbelto, lucía polleras muy ajustadas o pantalones que marcaban su silueta, y tenía la sonrisa pintada en el rostro.

 ¿Cómo la veo a la distancia?, igual, eternamente igual, los años no pasaron para ella, siempre estaba igual.

 Un día enfermó de gravedad y con Esther sufrió mi madre, se perdían sus encuentros, la memoria compartida. Llegó la jornada de la despedida y también se fue el corazón de mamá. Nunca volvió a ser la misma, con la amiga partió parte del alma. Los secretos tan bien guardados por tantas décadas, los amores de verano, todo quedó enterrado en lo profundo de su ser y reflotó la pena y el resentimiento que la acompañó en el último período.

 ¿Como recuerdo a Esther? Como a la gemela de mi madre en un período en que lo guardaron para sí, un tiempo que permaneció en la nebulosa. La evoco con la imagen que quedó grabada en mí… riendo, mientras su cuerpo se agita tembloroso.

Lelia Di Nubila

Cuentos y Relatos

Emma y el abanico

De pronto  Tomás recordó que  había guardado un abanico que encontrara, semanas atrás, sobre el escritorio. Abrió el cajón  y con el objeto en sus manos dejó volar la imaginación.

Era similar al que usara la señora de Sánchez y Pardo ¡qué familia tan extraña! Demasiado formales, el padre es profesor de música; la madre,  una mujer dedicada a la atención del hogar y al cuidado de las niñas, siempre con un estilo distante, sin demostrar cariño…eso quedaba para el padre. Ella era quien debía hacer cumplir las reglas de la buena conducta.

Sí, los  rememoró como si estuviera volviendo a ver  una estampa. El día en que debió concurrir a la casa para llevar un recado, lo recibieron en la salita. Lucía, la señora, sentada en la silla, muy erguida sin tocar el respaldo, se abanicaba con energía, y apenas deslizó:

— ¿Cómo se encuentra su señora madre? –más por cumplido que por verdadero interés.

— Recuperándose de unas dolencias –respondió Tomás, quien se sentía intimidado ante esa presencia.

Las niñas, dos hermosas jovencitas dóciles y bien educadas disfrutaban de los momentos de distracción con el padre, porque era él quien le daba calor y colorido a ese hogar. En esa oportunidad se encontraban sentadas en un sofá de terciopelo. Daban la impresión de posarse en él con la levedad de dos mariposas, las manitas juntas y los dedos cruzados como dispuestas para ser retratadas.

Don Gervasio, un hombre amable, se interesó por el bienestar de la familia de Tomás y fue quien llevó el hilo de la conversación, mientras la esposa soportaba con disgusto la escena haciendo flamear las varillas del abanico.

Durante esa visita Tomás se preguntó: ¿Cómo un elemento tan bonito y elegante podía convertirse en algo torpe en las manos de una mujer? Mientras lo hacía, lo abría y lo agitaba, continuaba con el hilo de las evocaciones.

Repentinamente, la puerta se abrió y en el vano se recortó Emma, la Nana. De ella emanaba calidez y dulzura; Tomás entendió que en ese momento se enamoró. Las niñas se transformaron, cobraron vida y en el rostro de Don Gervasio se dibujó una sonrisa

Emma era la encargada de llevarlas al conservatorio de danzas clásicas, una determinación tomada por el padre para cultivar el arte en esas mentes vírgenes y un modo de separarlas de la rígida educación impartida por la madre. Las clases de ballet eran más que eso, era un soplo de libertad. La Nana que se ocupaba de mostrarles la belleza del  mundo exterior, despertaba en las niñas un cariño incondicional.

Con el leve crujir del tafetán y las manitas tendidas en un saludo circunspecto las niñas se despidieron:

-Adiós Señor, mucho gusto en conocerlo -y con la ligereza de las mariposas desaparecieron entre los pliegues de la falda de Emma.

La mirada de Emma y esa sonrisa fueron la promesa que le hiciera volver a la casa de los Sánchez y Pardo.

Ve el abanico y tras él se dibujaba la silueta de su esposa.

Lelia Di Nubila