Historias de vida/Memorias · Poesía/Poema · Prosa Poética

Lejania

Lejos,

muy lejos, ha quedado un día,

un amor tan grande como el infinito.

Lejos,

tan lejos…

que ya es imposible vislumbrar su rostro;

más mi corazón, como un pobre ciego,

se ha formado imagen de aquel distante amor.

Las horas son largas…

Las horas son siglos, que vieron en mi alma,

la angustia de un lento pasar.

Mis noches turbadas por el llanto representan un teatro,

en cuyo escenario: Él y yo,

somos los actores que damos vida,

a tantos recuerdos, de un pasado feliz.

Qué pasa, ¿no hay público para esta comedia?

Sí lo hay, es mi corazón que solloza y gime

ante el recuerdo de un ardiente amor

Lejos,

muy lejos ha quedado un día…

un amor tan bello como el paraíso.

Lejos, muy lejos,

ha quedado un día…

El amor ingenuo de dos adolescentes,

A quienes la distancia está madurando ya.

Lelia Di Nubila

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Poesía · Sentimientos

Recordándote

En la fina llovizna
que a la ciudad mojaba.
En la bruma londinense
que a Resistencia asolaba.
Tu presencia estaba.

En el húmedo sol
que a la siesta asomó.
En el sueño
que a mi habitación me empujó,
tu sombra continuaba.

Eres más que una sombra.
Eres sol y lluvia,
bruma y sueño.
Eres todo y nada.
Solamente eres TÚ.

Lelia Di Nubila-libro Reconociéndonos

Ficción/Relatos

El regreso

Camino pausadamente por el sendero arbolado, al final está la casa paterna. Hay algo en esa visión que me detiene: los muros pálidos y  las ventanas cerradas que se guardan misteriosos a los ojos del visitante.

Mis pasos se hacen cada vez más lentos, quiero prolongar el tiempo que me queda para llegar a la puerta, muda protectora de sus moradores.

Las piernas me tiemblan y parece que  pisara en el vacío, sin avanzar; la figura de la casa paterna me provoca pánico y una pared invisible  impide que llegue.  Siento los latidos del corazón en la garganta, la vista nublada y mis manos… mis manos se agitan en el aire con desesperación. Paro… respiro profundo, tan profundo como mis pulmones me lo permiten, masajeo los brazos, las piernas, mientras  me repito como un latiguillo:

-Debo llegar, debo entrar.

Estoy agotada y triste, con esa tristeza permanente que queda como secuela de la depresión causada por la pérdida de un ser querido, y los libros son los únicos compañeros en esta crisis, hundirme en la lectura me permite flotar en el tiempo y olvidar por momentos ese dolor que se enclaustró en mi alma y no quiere desaparecer.

La casa está muy ligada a la imagen de mi padre. Ese anciano de cabeza cana y ademanes calmos que con su estampa llenaba cualquier habitación donde se  encontrara; la voz grave podía henchirse de ira ante la injusticia, en explosiones de un minuto que lo dejaban exhausto, o tomar el matiz de la caricia cuando decía palabras tiernas.

Desde su muerte no he podido volver. Apenas lo despedí tomé las vías que serpentean entre la arena y las matas, arraigadas con fuerza para evitar que el fuerte viento  las desplace. Así me sentía yo, como las matas, arraigada a su recuerdo.

La estación está solitaria, es el hito que sortean los hijos del pueblo que se van o aquellos que  regresan al hogar con la cabeza baja y el corazón dolorido. Las vías del tren serpentean entre la arena hasta el infinito.

Aquellas vías, encarnan el desgarramiento que produjo en mí la partida de mi padre.

Durante todo este tiempo  me vi  sentada a la vera del mar, de espaldas al mundo, acompañada sólo por las remembranzas. Evoco sus palabras llenas de ternura, los consejos acertados, a pesar de que me negaba a aceptarlos por la terquedad de mis años.

Ahora, con la cabeza entre las manos, ansío la posibilidad de volver al pasado como esas aguas que lamen la arena y vuelven mansas al mar. Me abrazaría a él y lucharía con el destino para que no lo arranque de mi lado. Con la voz desgarrada pregunto por enésima vez:

– ¿Padre, dónde estas?

Lelia Di Nubila

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Cuentos y Relatos · Pensamientos · Reflexiones

Remembranzas

¿En qué pienso? ¿Me preguntas en qué pienso?

A mi edad rememoro el pasado. Evoco aquel arbolado parque que nos regalaba un pulmón de libertad. Pienso en Daniela. La veo tumbada sobre el césped, con un dejo de inocencia en su postura, con una mano sosteniéndose la cabeza, mientras que con la otra volvía las páginas del libro que estaba leyendo. Ella vivía la plenitud de la adolescencia, abierta a experiencias nuevas, y la lectura la llevaba por los senderos de los sueños, sueños que deseaba transitar.

Cómo me hubiera gustado cuando tenía sus años disfrutar del lugar tal lo hacía ella.

En ese momento me contentaba con ver pasar a la gente por los senderos y me entretenía la risa de los niños persiguiendo algún globo que había escapado de sus manitas.

Entonces me complacía observar a Daniela y a Esteban.

Esteban… tan joven, tan puro, todavía no había aprendido a disimular sus sentimientos; apuesto, miraba con embeleso el paisaje que se le presentaba. Sus ojos eran dos ventanas abiertas al mundo que lo maravillaba. No podía esconder la admiración que le despertaba Daniela. Sólo la acariciaba con la mirada.

¿En qué pienso? ¿Me preguntas en qué pienso?

Pienso en los años que pasaron. Hoy vi a Esteban, todo un hombre ya, reservado, su mirada perdida rozaba las cosas como si no existieran. El matrimonio con Daniela no tuvo un final feliz, debieron separarse para no seguir lastimándose, los celos fueron el centro de la discusión.

¿En qué pienso?

Pienso en Daniela que se refugió en la casa del lago, y cómo en su adolescencia pasaba los días tumbada sobre el césped con un libro en el regazo. Perdió la inocencia, pero no los sueños, los sueños navegan como los veleros que se balancean a la distancia.

¿En qué pienso? ¿Me preguntas en qué pienso?

Pienso en la vida que nos regala cosas, en tanto nos quita otras.

Lelia Di Nubila