Desde un retrato en la pared me viste crecer…
Desde allí me observaste,
siempre alegre, con esa generosa sonrisa pintada en tu rostro.
Fuiste la tía más presente, la de todos los días.
¡Qué paradoja!
Cuando nací ya te habías ido a recorrer otros mundos;
no obstante, desde allí tu sonrisa alegró mis días y
tus cartas me hablaron de ti.
¡Gracias!




