Poesía · Reflexiones

Penumbras

La noche lo cubre todo.
La noche está dentro de mí con sus sombras,
parecen reírse de mi miedo a la soledad, al olvido.

La noche me grita que nadie me recuerda,
que todo está olvidado;
que siempre me encontrará sola,
tan sola como hasta ahora.

Tengo miedo.
Tengo miedo a la noche, a las sombras,
a todo aquello que tenga sabor a soledad.
Quisiera dormir, dormir para siempre,
cerrar los ojos y no despertar jamás.

Tengo miedo, la traición me acecha
lastimándome en lo que más quiero,
burlándose de mi ingenuidad.

No, no te alejes… tengo miedo,
las noches son largas, la traición acecha.
Tómame la mano, quédate conmigo
sólo por un rato…
“cerraré los ojos para no despertar jamás”.

Lelia Di Nubila- libro»Reconociéndonos»

Pensamientos · Reflexiones

Aquellas vacaciones

-Sí, si volviera a vivir, repetiría mis pasos -dice Eloisa mirando el reflejo de su figura en el vidrio de la gran puerta que divide el estar de la terraza. Se observa con detenimiento, el vestido rojo la estiliza y marca su figura. No es bonita, pero su sencillez y modales suaves hacen de ella una mujer muy querida.

Con un movimiento apenas perceptible se vuelve hacia María. Su amiga se encuentra hundida en el mullido sillón con las piernas cruzadas, dejando ver el inicio de sus rodillas. María la alienta a continuar con un:

– ¿Porque lo decís?

– ¿Te acordás del viaje a San Fermín, aquel pueblito pesquero del sur?

María asiente con la cabeza y sonríe, sí lo recuerda.

– Ese paisaje era tan bonito. Los barcos pesqueros anclados a cierta distancia de la costa y los botes que esperaban en el muelle para trasladar a los pescadores. Al amanecer, los hombres llegando a la costa con sus bolsas al hombro, preparados para la pesada faena y, a lo lejos, los primeros barcos que avanzaban hacia alta mar se dibujaban contra un cielo cubierto de escasas nubes. Las largas caminatas por la arena con el sonido del mar y el canto de las gaviotas de fondo. Se puede decir que el lugar estaba robado de una postal.

– Sí… -dice María- lo que nunca entendí fue tu apuro por volver.

Se escucha un largo suspiro y Eloisa comienza a hilar el relato.

– Al segundo día de estadía en San Fermín, estaba sentada en uno de los barcitos de la costa cuando noté que me observaban desde la mesa del frente. Nuestras miradas se cruzaron y hubo algo así como un coqueteo; él era un hombre guapo, vestido muy elegante, con bigotes y barba  recortada con prolijidad, unas pequeñas lentes montadas sobre la nariz, tenía todo el aspecto de un hombre de negocios maduro y formal. Terminó  sentándose a mi lado y  conversamos como si nos conociéramos desde siempre. Se llamaba Carlos, y no me interesé mucho en su vida personal. Hablamos del paisaje, de la pesca… del verano.

Se ubica frente a María y continúa:

– Nos encontramos casi a diario en el mismo lugar  e hicimos largas caminatas por la playa. Del coqueteo inicial pasamos a tener mayor intimidad, y las caminatas al amanecer  terminaron en una casita de la playa. Todo  fue muy romántico.

El rostro de Eloisa se ruboriza:

– Una tarde, situada en el mismo bar entretenida con unas postales que quería enviar; en la mesa  contigua estaba una mujer con aspecto de madraza; observaba con ternura a sus hijos, tenía tres, dos niñas y un niñito, el más pequeñín. El varoncito era su debilidad y él lo sabía, correteaba a mí alrededor, terminé sentándolo en mi regazo y hablando animadamente con la madre. Me contó sobre su familia, las vacaciones que estaban disfrutando y lo que extrañaban los chicos al padre, porque  durante las mañanas  seguía trabajando. De pronto sacó del bolso una fotografía  y sentí que la sonrisa se me helaba.   Era él; se veía  feliz. Él, mi compañero de caminatas al amanecer. Él, que me acariciaba como si el tiempo del mundo se detuviera.

Se estira la falda, roza sus largas piernas y con lentitud levanta la vista hacía María que la mira fijamente, asombrada.

– No pude resistir un nuevo encuentro después de conocer a su familia. Esa noche tomé el micro de regreso. Pero, a pesar de ello, “si volviera a vivir, repetiría mis pasos”  -afirma mientras se incorpora retoca con diligencia el vestido, y extiende la mano para ayudar a María a pararse.

Tomadas del brazo caminan a paso lento hacia la terraza, envueltas en ese clima de complicidad que siempre las ha unido.

Lelia Di Nubila

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Historias de vida/Memorias · Homenajes/Recuerdos · Poesía/Poema

Abuelo

Frágil figura, de un pasado tierno.
Dulce palabra, de una infancia triste.

Único sobreviviente de una generación ida,
la de los “abuelos”.

Te has ido también tú, a acompañar la soledad
de quien durante tantos años,
esperó tu retorno a la tierra.
Pequeña silueta que en tus noventa y tantos…
cargados de sabiduría,
volviste a ser niño.

Hijo, de tus hijos.
Caprichos ingenuos de niño enfermo,
la voz cascada por tantos años.
No me olvides, yo aquí te estoy queriendo…
¡Abuelo!

Lelia Di Nubila-libro Reconociéndonos
Giuseppe Di Nubila

Historias de vida/Memorias · Poesía dramática

Recuerdos y Pesares

Me miras, te miro,
somos dos desconocidos estudiándonos.
La vida tiene esas cosas Padre,
Yo envejezco y tú vuelves a ser niño.

Eres un niño asustadizo pero con voz cascada.
Eres tú,
el padre que siempre adoré,
y no te reconozco.

Cierro los ojos, esto es un sueño,
todo volverá a ser como antes.
Dios en su grandeza, me está regalando más tiempo
y no sé aprovecharlo.

Cierro los ojos, te veo, con esa mirada
que pide clemencia,
y siento un dolor tan profundo
que me cuesta contener las lágrimas.

Eres tú.
El padre que marcó mi vida,
te estás despidiendo, de a poco, de a puchos.

Nos decimos cuanto nos queremos,
nos besamos, te acaricio, das las gracias, sin reconocerme.
Cierro los ojos, esto es un sueño,
todo volverá a ser como antes.

Lelia Di Nubila- libro Reconociéndonos