Historia de Familia · Homenajes/Recuerdos · Sentimientos

Abrazos infinitos

Salvador Antonio Lázaro Di Nubila, mi Salva, mi padre, mi edipo, eligió este día allá por 2005 para abandonar este mundo y mudarse a otra dimensión.

Desde ese día y luego de un duelo muy largo y doloroso, nos encontramos en el límite de ambos mundos para seguir compartiendo: consejos, vivencias y recuerdos. Solo necesito cerrar los ojos para que su rostro se dibuje en mis párpados, algunas veces solo me mira, otras me sonríe. El límite es tan tenue que puedo escuchar sus consejos para situaciones que vivo en la actualidad.

Allí está mi Salva amado. Ese niño grande que cerró sus ojos hace 18 años, pero nunca se fue.

Historias de vida/Memorias · Homenajes/Recuerdos

Doña Elena Saquer de Puente

Doña Elena Saquer de Puente, para muchos una institución de General San Martín, para mi…significa otra cosa. Ella fue alumna de mi madre en el Colegio «Ntra. Sra de Itatí» de Resistencia. Cuándo unos años después nos mudamos a San Martín fue la amiga que la recibió con los brazos abiertos, que la hizo no sentirse tan sola en un lugar desconocido. Fue su amiga de toda la vida, con los vaivenes que esta puede tener, con las discusiones y reencuentros, con los abrazos y las disputas. Amigas…hasta el momento en que mi madre partió. Fueron muchísimos años.

Para mi, Doña Elena viene a ser como una tía, una tía a la que respetaba por que también la tuve de Jefa de Preceptores en el secundario, y para ella, allí no había familia, yo era una más y en muchas ocasiones sentí el peso del reglamento.

Haberla visitado después de tantos años y verla tan bien, tan lúcida, tan entera, fue como volver a recuperar la memoria de mi madre, y  sumado a ello  también   parte de la memoria de mi tía Estela Quattrochio.

Doña Elena… a quien nunca pude llamar tía, salvo ahora que me surgió naturalmente. Es la persona que me puede contar historias desconocidas de mi familia y otras que conozco a través de la visión de la niña que fui, que siempre tiene un tinte diferente.

Doña Elena… con sus ochenta y largos años, que sigue tan activa, ocupada con el teléfono, el celular, llamadas y agendas, organizando cosas… es parte de mi infancia, de mi adolescencia, de mi juventud y también de mi madurez. Siempre estuvo allí, como esas hermanas de nuestros  padres a quien quizás no vemos mucho pero sabemos que están y que podemos volver a ellos en cualquier momento, que nos escucharán y que se harán oír.. ¡oh sí! ¡se harán oír! Contarán todo lo que han tenido guardado durante tantos años, con ciertos retoques por supuesto, cada uno le pone el acento en aquello que más quiere o más le disgusta.

De muchas maneras ella es parte de mi memoria, parte de la memoria que perdí con la partida de mi madre.

elena y mamá.-

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Un día como hoy

Hace nueve años decidiste partir y así lo creo porque  diste una dura lucha en un plazo muy corto. No te fuiste madre, te siento rondando muy cerca mio, escucho tu risa, tus enojos, es un murmullo constante que no molesta, acompaña. Nadie te describió mejor que tu nieto al despedirte aquel 10 de septiembre de 2007:

A PACITA

Pacita, mi Pacita, la de todos los que la queremos, la que conocemos y que acompañamos su trajinar, hoy cerró los ojos para siempre.

Nadie, que la haya conocido, puede evitar recordarla, con su presencia furibunda, su verborragia incontenible y su capacidad para generar amores y odios con igual intensidad. Siempre presente y siempre protagonista, ella nunca pasó desapercibida. Tenía una manera particular de demostrar afecto, y más particular de pedir ayuda. Tuvo solo dos miedos en la vida, temor a la soledad y a la muerte. Soledad con la que convivió abrazada durante décadas, y muerte que no sintió, porque Dios quiso que parta en Paz.

Nació en Victoria, un 24 de enero de 1923 y ese calor de verano entrerriano marcó a fuego su temple y moldeo su temperamento extrovertido y visceral. Siguió a su hermana Estela Quattrochio a Resistencia – maestra del colegio Itatí y mujer de la cultura cofundadora del Fogón de los Arrieros – e inició sus pasos como docente en el Chaco.

Tuvo tres hijos Monica, Diego y Poupée – mi madre – de su único matrimonio, con Salvador Di Nubila, que luego de brisas y tormenta llegó a sin mas temprano que tarde. Sin embargo el siempre la recordó con cariño hasta el último día.

Fue maestra de campo en Colonia La Dificultad y tuvo una destacada carrera docente en Colonias Unidad y General San Martín, donde fue declarada la Primer Ciudadana Ilustre.

Allí, en “El Zapallar”, esa tierra de algodón y surco, de gringos europeos que dieron esplendor al pueblo con su sudor, fue una destacada vecina de sociedad, y la profesora de Literatura por experiencia.

De vuelta a Resistencia trabajo pocos años hasta jubilarse y crear su propio templo en Padre Cerqueira 125 – su Finisterre -.

En esa casa pasé muchos momentos de mi infancia y mi adolescencia, era mi refugio, mi lugar de juegos y de compañías. Ella era mi profesora y quien me malcriaba. Yo era su regalón… lo soy.

Muchos amigos de la cultura partieron antes a esperar su llegada, Eduardo Fracchia –su amor platónico nunca reconocido- y Ricardo Jara por ejemplo.

Allí están todos, con una sonrisa, en la antesala de una fiesta eterna. Tu mamá, esa de la que tanto te costaba hablar; tu hermana Estela, aquella que marcó tu vida y te enseñó que el amor duele y es difícil de sobrellevar; las demás con quienes te reencontrarás como en la infancia; y por supuesto Salvador, el del corazón grande y sin rencores, quien te abre la puerta y será el gran anfitrión.

“Acuario te pintó” abuela… y virgo te despide.

Pablo Javier Mujica

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