Filosofía de vida · Poesía/Poema

Francia 2981

Cuatro paredes, anidan mis noches.

Cuatro paredes sedientas de amor.

Cuatro paredes, repletas de sueños.

Cuatro paredes, de una pensión.

La más pequeña,

la última pieza de la casa.

Esa, es mi habitación, mi mundo,

mi hogar, mi ilusión.

Esas cuatro paredes cubiertas de afiches,

la mesa pequeña frente a la ventana,

el ropero en guardia frente a la cama,

Y en medio…

Ese cajón de frutas como mesa de luz.

Que hermosa es mi pieza.

Que hermoso su mundo.

Cuanta vida anida en ella,

En su humedad y desorden.

Cuatro paredes de un verde pálido.

Cuatro paredes color esperanza

Son cuatro paredes de una pensión.

Lelia Di Nubila

Poesía · Sentimientos

Recordándote

En la fina llovizna
que a la ciudad mojaba.
En la bruma londinense
que a Resistencia asolaba.
Tu presencia estaba.

En el húmedo sol
que a la siesta asomó.
En el sueño
que a mi habitación me empujó,
tu sombra continuaba.

Eres más que una sombra.
Eres sol y lluvia,
bruma y sueño.
Eres todo y nada.
Solamente eres TÚ.

Lelia Di Nubila-libro Reconociéndonos

Ficción/Relatos

El regreso

Camino pausadamente por el sendero arbolado, al final está la casa paterna. Hay algo en esa visión que me detiene: los muros pálidos y  las ventanas cerradas que se guardan misteriosos a los ojos del visitante.

Mis pasos se hacen cada vez más lentos, quiero prolongar el tiempo que me queda para llegar a la puerta, muda protectora de sus moradores.

Las piernas me tiemblan y parece que  pisara en el vacío, sin avanzar; la figura de la casa paterna me provoca pánico y una pared invisible  impide que llegue.  Siento los latidos del corazón en la garganta, la vista nublada y mis manos… mis manos se agitan en el aire con desesperación. Paro… respiro profundo, tan profundo como mis pulmones me lo permiten, masajeo los brazos, las piernas, mientras  me repito como un latiguillo:

-Debo llegar, debo entrar.

Estoy agotada y triste, con esa tristeza permanente que queda como secuela de la depresión causada por la pérdida de un ser querido, y los libros son los únicos compañeros en esta crisis, hundirme en la lectura me permite flotar en el tiempo y olvidar por momentos ese dolor que se enclaustró en mi alma y no quiere desaparecer.

La casa está muy ligada a la imagen de mi padre. Ese anciano de cabeza cana y ademanes calmos que con su estampa llenaba cualquier habitación donde se  encontrara; la voz grave podía henchirse de ira ante la injusticia, en explosiones de un minuto que lo dejaban exhausto, o tomar el matiz de la caricia cuando decía palabras tiernas.

Desde su muerte no he podido volver. Apenas lo despedí tomé las vías que serpentean entre la arena y las matas, arraigadas con fuerza para evitar que el fuerte viento  las desplace. Así me sentía yo, como las matas, arraigada a su recuerdo.

La estación está solitaria, es el hito que sortean los hijos del pueblo que se van o aquellos que  regresan al hogar con la cabeza baja y el corazón dolorido. Las vías del tren serpentean entre la arena hasta el infinito.

Aquellas vías, encarnan el desgarramiento que produjo en mí la partida de mi padre.

Durante todo este tiempo  me vi  sentada a la vera del mar, de espaldas al mundo, acompañada sólo por las remembranzas. Evoco sus palabras llenas de ternura, los consejos acertados, a pesar de que me negaba a aceptarlos por la terquedad de mis años.

Ahora, con la cabeza entre las manos, ansío la posibilidad de volver al pasado como esas aguas que lamen la arena y vuelven mansas al mar. Me abrazaría a él y lucharía con el destino para que no lo arranque de mi lado. Con la voz desgarrada pregunto por enésima vez:

– ¿Padre, dónde estas?

Lelia Di Nubila

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Cuentos y Relatos · Pensamientos · Reflexiones

Remembranzas

¿En qué pienso? ¿Me preguntas en qué pienso?

A mi edad rememoro el pasado. Evoco aquel arbolado parque que nos regalaba un pulmón de libertad. Pienso en Daniela. La veo tumbada sobre el césped, con un dejo de inocencia en su postura, con una mano sosteniéndose la cabeza, mientras que con la otra volvía las páginas del libro que estaba leyendo. Ella vivía la plenitud de la adolescencia, abierta a experiencias nuevas, y la lectura la llevaba por los senderos de los sueños, sueños que deseaba transitar.

Cómo me hubiera gustado cuando tenía sus años disfrutar del lugar tal lo hacía ella.

En ese momento me contentaba con ver pasar a la gente por los senderos y me entretenía la risa de los niños persiguiendo algún globo que había escapado de sus manitas.

Entonces me complacía observar a Daniela y a Esteban.

Esteban… tan joven, tan puro, todavía no había aprendido a disimular sus sentimientos; apuesto, miraba con embeleso el paisaje que se le presentaba. Sus ojos eran dos ventanas abiertas al mundo que lo maravillaba. No podía esconder la admiración que le despertaba Daniela. Sólo la acariciaba con la mirada.

¿En qué pienso? ¿Me preguntas en qué pienso?

Pienso en los años que pasaron. Hoy vi a Esteban, todo un hombre ya, reservado, su mirada perdida rozaba las cosas como si no existieran. El matrimonio con Daniela no tuvo un final feliz, debieron separarse para no seguir lastimándose, los celos fueron el centro de la discusión.

¿En qué pienso?

Pienso en Daniela que se refugió en la casa del lago, y cómo en su adolescencia pasaba los días tumbada sobre el césped con un libro en el regazo. Perdió la inocencia, pero no los sueños, los sueños navegan como los veleros que se balancean a la distancia.

¿En qué pienso? ¿Me preguntas en qué pienso?

Pienso en la vida que nos regala cosas, en tanto nos quita otras.

Lelia Di Nubila

Pensamientos · Reflexiones

Aquellas vacaciones

-Sí, si volviera a vivir, repetiría mis pasos -dice Eloisa mirando el reflejo de su figura en el vidrio de la gran puerta que divide el estar de la terraza. Se observa con detenimiento, el vestido rojo la estiliza y marca su figura. No es bonita, pero su sencillez y modales suaves hacen de ella una mujer muy querida.

Con un movimiento apenas perceptible se vuelve hacia María. Su amiga se encuentra hundida en el mullido sillón con las piernas cruzadas, dejando ver el inicio de sus rodillas. María la alienta a continuar con un:

– ¿Porque lo decís?

– ¿Te acordás del viaje a San Fermín, aquel pueblito pesquero del sur?

María asiente con la cabeza y sonríe, sí lo recuerda.

– Ese paisaje era tan bonito. Los barcos pesqueros anclados a cierta distancia de la costa y los botes que esperaban en el muelle para trasladar a los pescadores. Al amanecer, los hombres llegando a la costa con sus bolsas al hombro, preparados para la pesada faena y, a lo lejos, los primeros barcos que avanzaban hacia alta mar se dibujaban contra un cielo cubierto de escasas nubes. Las largas caminatas por la arena con el sonido del mar y el canto de las gaviotas de fondo. Se puede decir que el lugar estaba robado de una postal.

– Sí… -dice María- lo que nunca entendí fue tu apuro por volver.

Se escucha un largo suspiro y Eloisa comienza a hilar el relato.

– Al segundo día de estadía en San Fermín, estaba sentada en uno de los barcitos de la costa cuando noté que me observaban desde la mesa del frente. Nuestras miradas se cruzaron y hubo algo así como un coqueteo; él era un hombre guapo, vestido muy elegante, con bigotes y barba  recortada con prolijidad, unas pequeñas lentes montadas sobre la nariz, tenía todo el aspecto de un hombre de negocios maduro y formal. Terminó  sentándose a mi lado y  conversamos como si nos conociéramos desde siempre. Se llamaba Carlos, y no me interesé mucho en su vida personal. Hablamos del paisaje, de la pesca… del verano.

Se ubica frente a María y continúa:

– Nos encontramos casi a diario en el mismo lugar  e hicimos largas caminatas por la playa. Del coqueteo inicial pasamos a tener mayor intimidad, y las caminatas al amanecer  terminaron en una casita de la playa. Todo  fue muy romántico.

El rostro de Eloisa se ruboriza:

– Una tarde, situada en el mismo bar entretenida con unas postales que quería enviar; en la mesa  contigua estaba una mujer con aspecto de madraza; observaba con ternura a sus hijos, tenía tres, dos niñas y un niñito, el más pequeñín. El varoncito era su debilidad y él lo sabía, correteaba a mí alrededor, terminé sentándolo en mi regazo y hablando animadamente con la madre. Me contó sobre su familia, las vacaciones que estaban disfrutando y lo que extrañaban los chicos al padre, porque  durante las mañanas  seguía trabajando. De pronto sacó del bolso una fotografía  y sentí que la sonrisa se me helaba.   Era él; se veía  feliz. Él, mi compañero de caminatas al amanecer. Él, que me acariciaba como si el tiempo del mundo se detuviera.

Se estira la falda, roza sus largas piernas y con lentitud levanta la vista hacía María que la mira fijamente, asombrada.

– No pude resistir un nuevo encuentro después de conocer a su familia. Esa noche tomé el micro de regreso. Pero, a pesar de ello, “si volviera a vivir, repetiría mis pasos”  -afirma mientras se incorpora retoca con diligencia el vestido, y extiende la mano para ayudar a María a pararse.

Tomadas del brazo caminan a paso lento hacia la terraza, envueltas en ese clima de complicidad que siempre las ha unido.

Lelia Di Nubila

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