Cuentos y Relatos

Emma y el abanico

De pronto  Tomás recordó que  había guardado un abanico que encontrara, semanas atrás, sobre el escritorio. Abrió el cajón  y con el objeto en sus manos dejó volar la imaginación.

Era similar al que usara la señora de Sánchez y Pardo ¡qué familia tan extraña! Demasiado formales, el padre es profesor de música; la madre,  una mujer dedicada a la atención del hogar y al cuidado de las niñas, siempre con un estilo distante, sin demostrar cariño…eso quedaba para el padre. Ella era quien debía hacer cumplir las reglas de la buena conducta.

Sí, los  rememoró como si estuviera volviendo a ver  una estampa. El día en que debió concurrir a la casa para llevar un recado, lo recibieron en la salita. Lucía, la señora, sentada en la silla, muy erguida sin tocar el respaldo, se abanicaba con energía, y apenas deslizó:

— ¿Cómo se encuentra su señora madre? –más por cumplido que por verdadero interés.

— Recuperándose de unas dolencias –respondió Tomás, quien se sentía intimidado ante esa presencia.

Las niñas, dos hermosas jovencitas dóciles y bien educadas disfrutaban de los momentos de distracción con el padre, porque era él quien le daba calor y colorido a ese hogar. En esa oportunidad se encontraban sentadas en un sofá de terciopelo. Daban la impresión de posarse en él con la levedad de dos mariposas, las manitas juntas y los dedos cruzados como dispuestas para ser retratadas.

Don Gervasio, un hombre amable, se interesó por el bienestar de la familia de Tomás y fue quien llevó el hilo de la conversación, mientras la esposa soportaba con disgusto la escena haciendo flamear las varillas del abanico.

Durante esa visita Tomás se preguntó: ¿Cómo un elemento tan bonito y elegante podía convertirse en algo torpe en las manos de una mujer? Mientras lo hacía, lo abría y lo agitaba, continuaba con el hilo de las evocaciones.

Repentinamente, la puerta se abrió y en el vano se recortó Emma, la Nana. De ella emanaba calidez y dulzura; Tomás entendió que en ese momento se enamoró. Las niñas se transformaron, cobraron vida y en el rostro de Don Gervasio se dibujó una sonrisa

Emma era la encargada de llevarlas al conservatorio de danzas clásicas, una determinación tomada por el padre para cultivar el arte en esas mentes vírgenes y un modo de separarlas de la rígida educación impartida por la madre. Las clases de ballet eran más que eso, era un soplo de libertad. La Nana que se ocupaba de mostrarles la belleza del  mundo exterior, despertaba en las niñas un cariño incondicional.

Con el leve crujir del tafetán y las manitas tendidas en un saludo circunspecto las niñas se despidieron:

-Adiós Señor, mucho gusto en conocerlo -y con la ligereza de las mariposas desaparecieron entre los pliegues de la falda de Emma.

La mirada de Emma y esa sonrisa fueron la promesa que le hiciera volver a la casa de los Sánchez y Pardo.

Ve el abanico y tras él se dibujaba la silueta de su esposa.

Lelia Di Nubila

Ficción/Relatos

El regreso

Camino pausadamente por el sendero arbolado, al final está la casa paterna. Hay algo en esa visión que me detiene: los muros pálidos y  las ventanas cerradas que se guardan misteriosos a los ojos del visitante.

Mis pasos se hacen cada vez más lentos, quiero prolongar el tiempo que me queda para llegar a la puerta, muda protectora de sus moradores.

Las piernas me tiemblan y parece que  pisara en el vacío, sin avanzar; la figura de la casa paterna me provoca pánico y una pared invisible  impide que llegue.  Siento los latidos del corazón en la garganta, la vista nublada y mis manos… mis manos se agitan en el aire con desesperación. Paro… respiro profundo, tan profundo como mis pulmones me lo permiten, masajeo los brazos, las piernas, mientras  me repito como un latiguillo:

-Debo llegar, debo entrar.

Estoy agotada y triste, con esa tristeza permanente que queda como secuela de la depresión causada por la pérdida de un ser querido, y los libros son los únicos compañeros en esta crisis, hundirme en la lectura me permite flotar en el tiempo y olvidar por momentos ese dolor que se enclaustró en mi alma y no quiere desaparecer.

La casa está muy ligada a la imagen de mi padre. Ese anciano de cabeza cana y ademanes calmos que con su estampa llenaba cualquier habitación donde se  encontrara; la voz grave podía henchirse de ira ante la injusticia, en explosiones de un minuto que lo dejaban exhausto, o tomar el matiz de la caricia cuando decía palabras tiernas.

Desde su muerte no he podido volver. Apenas lo despedí tomé las vías que serpentean entre la arena y las matas, arraigadas con fuerza para evitar que el fuerte viento  las desplace. Así me sentía yo, como las matas, arraigada a su recuerdo.

La estación está solitaria, es el hito que sortean los hijos del pueblo que se van o aquellos que  regresan al hogar con la cabeza baja y el corazón dolorido. Las vías del tren serpentean entre la arena hasta el infinito.

Aquellas vías, encarnan el desgarramiento que produjo en mí la partida de mi padre.

Durante todo este tiempo  me vi  sentada a la vera del mar, de espaldas al mundo, acompañada sólo por las remembranzas. Evoco sus palabras llenas de ternura, los consejos acertados, a pesar de que me negaba a aceptarlos por la terquedad de mis años.

Ahora, con la cabeza entre las manos, ansío la posibilidad de volver al pasado como esas aguas que lamen la arena y vuelven mansas al mar. Me abrazaría a él y lucharía con el destino para que no lo arranque de mi lado. Con la voz desgarrada pregunto por enésima vez:

– ¿Padre, dónde estas?

Lelia Di Nubila

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Prosa Poética · Reflexiones de vida · Viajes y experiencias

Soñando con Tabarca

Soñar, soñar es liberar nuestro inconsciente para que, aún despiertos, podamos cerrar los ojos y sentirnos transportados a otra realidad. La mejor forma de soñar es soñar despiertos para poder disfrutar en su máximo esplendor lo que nuestros sentidos perciben, aunque nos encontremos del otro lado del mundo.
Soñar, es vivir, crear, permitirnos descubrir imágenes, sensaciones felices y dolorosas que alimentan nuestro espíritu.
Soñar con Tabarca, es un símbolo, es bello, es único.
Cierro los ojos y dejo volar mi imaginación: estoy sentada en la popa del catamarán que nos lleva a la isla, el ronroneo del motor se pierde, me abstraigo de los turistas que me rodean y sólo estamos el agua del Mediterráneo, que me moja, y ese viento tan particular que a pesar de su brío es acariciador, revuelve mis cabellos, roza mi piel.
El sol, es lo único que distrae mi mirada del mar y el cielo, una paleta donde se mezcla el azul con el verde en una continuidad constante.
Siento que la velocidad disminuye lentamente, aparece Tabarca, voy descubriendo mientras recorro con la mirada esa
costa escarpada, la piedra con sus diferentes rugosidades que el mar y el viento de tantos siglos lograron tallar en ese peñón.
Recorro ese camino empinado, despacio y con esfuerzo hasta llegar a la planicie. Sólo el cielo, el mar y el sol estamos en ese instante. Me siento abrazada, acariciada por la luminosidad y el murmullo del mar que me dice: por fin estas aquí, te esperaba.
Es bello. Me siento en intimidad con Dios. ¿Qué pudo lograr que la naturaleza creara ese lugar tan sólido, donde el espíritu puede elevarse y gozar sintiendo la protección de una fortaleza que nos aleja de odios, penurias, dolores y sólo podemos agradecer estar vivos?
La camino lentamente… sus construcciones sin edad me hace sentir un sintiempo donde pierdo los límites del ayer y el hoy, la gente vive su rutina como si ignorara el lugar que habita, las gaviotas deambulan, sobrevuelan con la libertad de sentirse dueñas de casa y como en las pinturas de Monet los turistas disfrutan del día, sentados en bares, paseando en su playa agreste o recorriendo pequeños negocios buscando algo que les recuerde que un día estuvieron allí… en Tabarca.
Soñar con Tabarca me permite revisar mi vida y meditar.
Sentada en una piedra, desde esa fortaleza, puedo verme de lejos y apreciar el camino recorrido, sorteando piedras, golpeándome con otras sabiendo que igual que en el camino a la isla, hay viento y sol que me acarician y me contienen… mi familia, mi hogar.

Soñar con Tabarca, es bello…

Lelia Di Nubila – libro «Reconociéndonos»

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Memorias y Afectos · Poesía

Padre

Tus ojos cansados de ver tantas veces cosas,
que no querías ver.

Tu paso lento y a la vez pausado,
como si te costara esfuerzo arrastrar el volumen de tu cuerpo.
Tu cachaza provinciana, esa,
que trajiste desde la cuna.

Y tu infaltable humor,
hasta en los momentos más duros.

Esos arranques de furia que muy pronto se apagan.

Toda esa sarta de cosas que cuanto te veo,
se resume en un: “¡Papá!”.

Lelia Di Nubila -libro «Reconociéndonos»

Salva.1

Historias de vida/Memorias · Homenajes/Recuerdos · Poesía/Poema

Abuelo

Frágil figura, de un pasado tierno.
Dulce palabra, de una infancia triste.

Único sobreviviente de una generación ida,
la de los “abuelos”.

Te has ido también tú, a acompañar la soledad
de quien durante tantos años,
esperó tu retorno a la tierra.
Pequeña silueta que en tus noventa y tantos…
cargados de sabiduría,
volviste a ser niño.

Hijo, de tus hijos.
Caprichos ingenuos de niño enfermo,
la voz cascada por tantos años.
No me olvides, yo aquí te estoy queriendo…
¡Abuelo!

Lelia Di Nubila-libro Reconociéndonos
Giuseppe Di Nubila