#Pensamientos · #RecuerdosDeInfancia

Siempre Acuario

¿Te acordás cuando solo éramos dos? nada nos detenía…

o nada te detenía y yo tan pequeña te acompañaba.

En verano el sol quemaba, ardía y bajo nuestras sombrillas caminábamos los dos km que nos separaban de la entrada al pueblo, en plena siesta.

Llovía torrencialmente y vestíamos nuestras botas, pilotos, paraguas, y vos apoyada en un palo de escoba para afirmarte,

nos hundíamos en el lodo y esos dos km se sentían como cuatro.

Pero no nos detenía.

Invierno…el frio se sentía, arropadas, y contra el viento atravesábamos ese camino que a veces parecía interminable aún mas a la noche cuando volvíamos.

Creo que Acuario nos definía, no importaba el esfuerzo, simplemente lo hacíamos.

¿Lo recuerdas madre?

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#Pensamientos · #Reflexiones · #Sensaciones · #Sentimientos

El bendito pánico

Un día estar solo puede ser el disfrute total, se puede vivir la luz, la naturaleza, gozar plenamente, nada falta, solo uno y su entorno, nada más que el entorno y eso nos llena por completo.

Pero hay otros días en que estas solo, y esa soledad se siente muy pesada, el césped ya no es tan verde como uno lo vio, las flores ya no son tan brillantes, el sol no ilumina como antes, pero nada de eso tiene que ver con la naturaleza, está todo igual, es uno el que se siente incompleto y al sentirse incompleto da espacio al pánico… a la ansiedad.

Por un simple resquicio en el que pueda colarse hace un desastre, y ese pequeño resquicio donde le damos la oportunidad de ingresar es lo mínimo que necesita para hacer de nuestro día un desastre, porque son minutos, quizás una hora pero solo eso puede llegar arruinarnos el día.

¿Qué lo trae? ¿Qué vericuetos de nuestro cerebro lo invita? Es tan potente que puede cambiarnos en solo segundos.

El pánico …no importa los años de tratamiento y mentalizarnos que podemos sobrellevarlo, arremete, y es una bofetada porque se adentró en nuestras vidas, ¿cómo?, ¿en que momento? Me acompañó siempre, desde la infancia, simplemente no comprendía lo que me pasaba, pero en mis recuerdos son muchísimas las situaciones de pánico que viví desde muy pequeña.

¿Hay algo? ¿Una predisposición?, ¿una situación de mi infancia lo generó? ¿Por qué no puedo revertirlo? ¿No lo se? Sigue haciendo estragos en mí.

#Microreflexión, · #Prosa Poética

Si yo no lo recuerdo no existió

Esa frase  me la dice siempre uno de mis hijos cuando le recuerdo las travesuras que hizo de niño. Esa frase que forma parte de nuestras reuniones y provoca risas  también puede contener su lado gris ,  hay muchas cosas que para ellos no existieron porque yo no les dije para evitar que se preocuparan. Aun cuando veían una mamá tirada en la cama descompuesta mi respuesta era no hay que preocuparlos y llegué a darle el nombre de “chiripiolca” extraída del programa del Chavo, programa que ellos miraban, de allí pasé ser la abuela chiri cuando vino el primer nieto, porque mis descomposturas eran casi a diario, y sé que fui un peso muy grande para mi familia.

Muchas veces por evitar preocupar a los hijos quitamos importancia a las cosas que nos pasan  hasta llegar al límite en que ya no somos capaces de manejarnos por nosotros mismos, de caer tan profundo que podemos llegar a trasformarnos en un ente al que todos miran con lástima.

Si hubiera sido realista con ellos y les hubiera contado que una vez subiendo las escaleras del edificio en el que trabajaba en el 3º piso (escalera que subía y bajaba todos los días) cuando llegué apenas pude caminar unos pasos porque todo giraba ante mi y no veía lo que tenia delante, caminé lentamente y pedí una silla para sentarme a «descansar», cuando me sentí un poco mejor, agradecí y fui a mi lugar de trabajo con el solo comentario de que me había «cansado».

Si les hubiera contado que al salir de la odontóloga y caminar tres cuadras para tomar el colectivo el mundo  me daba vueltas y el corazón latía a mil en  mi garganta , paré un remis y fui a ovillarme en mi cama esperando que pasara.

Si les hubiera contado que cuando volvía del trabajo, bajé del colectivo , caminé dos cuadras y me sentía tan ahogada por la falta de aire y las palpitaciones que la media cuadra que faltaba para llegar a casa fue un siglo en mis espaldas…caminar dos pasos parar, caminar dos pasos parar…hasta que pude golpear la puerta y caer en el primer sillón que encontré ante la mirada sorprendida de mi marido quien nunca comprendió lo que me pasaba.

Tardé muchos años en recuperar mi vida, mediando internaciones traumáticas en la unidad coronaria, pero ya era tarde, había perdido parte del crecimiento de mis hijos, vivencias de la familia, había perdido mi espacio en el hogar. Todos esos años de lucha en los que muy pocos me acompañaron, no sólo habían dejado lagunas en mis recuerdos, me habían restado espacio en mi hogar. Para mi familia la vida había continuado y se adaptaron a ella cada uno a su manera, pero faltaba alguien y ese alguien era yo. Es difícil reclamar un espacio que mi esposo y mis hijos habían ocupado por la necesidad natural,  la vida no para, transcurre, y nadie te devuelve lo perdido.

De muchas cosas me siento responsable… fui yo quien decidió no asustar a los chicos, fui yo quien quiso protegerlos, lo que nunca pensé es que lo pagaría tan caro.

Si,  nuestros hijos deben saber lo que nos pasa  de acuerdo con su edad y comprensión y tratando de no alarmarlos, pero deben conocer la verdad.

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#Ficción/Relatos, · #Microrrelato

El dolor de Miranda

Todas las familias dichosas se parecen, pero las infelices lo son cada una a su manera.

Cuando piensa en ello todavía tiembla.

Tanto sufrimiento manifiesto… Esa expresión de tristeza pintada en el rostro. Toda ella es la imagen de un dolor muy profundo. Es una mujer hermosa, delicada, de esas bellezas nacidas desde el alma. No merecía el padecimiento que la vida le había deparado.

Miranda se casó muy joven con el hombre que la familia aprobaba y que estaba muy enamorado de ella. Le brindaba una vida acomodada pero vacía, ella sólo le tenía cariño, no había conocido el amor. Únicamente había experimentado el de madre por esa pequeña que era el centro de su mundo.

El motivo de tanta desdicha se inició en unas de esas reuniones que se llevaban a cabo en la casa de campo de la familia. Allí se dio cuenta de que los hombres despertaban otros sentimientos, además del cariño que sentía por su marido. Al ser presentada al apuesto amigo de su primo, quedó deslumbrada.

El día le resultó corto, a pesar de que la niñera se ocupó de la beba y ella dispuso de tiempo completo. Por primera vez escuchó palabras de halago. Por primera vez la hicieron sentir bella y deseada. El enamoramiento fue tan rápido que no le permitió notar la expresión de los rostros que la rodeaban; estaba más allá de los cuchicheos.

Mientras su esposo observaba con atención cada movimiento acumulando rencor, ellos dedicaron la tarde a recorrer los senderos del parque abstraídos en lo que estaban viviendo.

Llegó la noche… el regreso al hogar… la explosión del marido cuando estuvieron en la soledad del dormitorio. Nunca lo había visto así, su rostro era una máscara, estaba demudado, la trató de “mujerzuela”, de “mal ejemplo para su hija”, y de muchas otras cosas que cayeron en su corazón como piedras en el agua. Apenas se dio cuenta de que estaba preparando un bolso y que era expulsada de la casa con los brazos vacíos.

María se estremece y piensa con culpa que forma parte de la desdicha de su hija. Ella influyó en ese matrimonio de conveniencia. Levanta la taza de té y, por sobre el borde, mira a su marido manifestando con lentitud:

– Somos responsables de su desgracia y debemos asumirlo.

Fernando devuelve la mirada con desolación: Miranda, la niña de sus ojos está sufriendo, aquella pequeña que llenaba la casa de alegría y henchía su corazón de ternura, con el cascabel de su risa, hoy está hundida en un pozo de melancolía alejada del pequeño retoño.

– ¿Sigue en el dormitorio? –pregunta.

– Sí, no salió desde el momento en que regresó a casa. Debimos educarla mejor. Fortalecer su carácter y no presionar con ese matrimonio.

Los ruidos del corredor se hacen más intensos, la puerta se abre y la mucama con el rostro enrojecido anuncia:

– ¡La niña no despierta…!

Un grito de dolor y la silla que cae es la repuesta.

Lelia Di Nubila