Recuerdos de Infancia·Sentimientos

Abuso

Y es ese juego perverso del abusador, que no sólo te roba la inocencia de la infancia sino que luego, pasado el tiempo, te lo recuerda disfrutando.

Y se enrosca tanto, que pasan los años, y ya anciano, vuelve a recordártelo, mientras tratas de anclarte apretando las manitas de tus niños…

Y aún muerto, ese juego perverso sigue en tu mente sin que tengas culpa alguna.

Sentimientos

Recuerdos de infancia

Si me remonto a mi infancia, en una casa dónde no faltaban libros y tampoco la libertad para leerlos, me viene a la memoria una niña de apenas ocho años recitando el “Piu Avanti” de Almafuerte y seguramente allí estaba mi madre sonriendo:

¡PIU AVANTI!
No te des por vencido, ni aun vencido,
no te sientas esclavo, ni aun esclavo;
trémulo de pavor, piénsate bravo,
y arremete feroz, ya mal herido.
Ten el tesón del clavo enmohecido
que ya viejo y ruin, vuelve a ser clavo;
no la cobarde estupidez del pavo
que amaina su plumaje al primer ruido.
Procede como Dios que nunca llora;
o como Lucifer, que nunca reza;
o como el robledal, cuya grandeza
necesita del agua y no la implora…
Que muerda y vocifere vengadora,
ya rodando en el polvo, tu cabeza!

(Pedro Bonifacio Palacios) Almafuerte

cuento·Libro Reconociéndonos·narración

Palabras Ausentes- Adolescencia- Cap.7

Vino cargada de dolores, incomprensiones, abusos. Pero para quienes tienen fe, ella los sostiene. Saltando piedras también hubo flores.
Los primeros enamoramientos, las fiestas, los amigos y los hermanos del alma que estaban para recoger las lágrimas.
Fue una adolescencia muy corta, no duró más de dos años. La vida hizo que madurara muy pronto y le robó ese periodo de irresponsabilidad y rebeldía tan necesario para afirmar la personalidad.
La historia se repetía mientras se mostraba como una adolescente casi normal, en su intimidad era muy madura y se refugiaba en la poesía. Las palabras calladas, los silencios, se manifestaban en poemas que eran su forma de comunicarse con el exterior. Cuánta palabra no pronunciada… cuánto silencio, cuanta ausencia no reclamada, por esa costumbre ancestral de ocultar historias aún dentro de la misma familia. Hechos considerados vergonzantes para los mayores pero que su importancia se diluye al compartirlos.
El tiempo libre estaba dedicado a la lectura, no importaba el tema, era preciso satisfacer la avidez de conocimiento y la necesidad infinita de evasión.
Las relaciones familiares eran cada vez más distantes y difíciles, la soledad alcanzó el punto de intentar el suicido como escape.

Pero alguien desde arriba vigila y tiene otros planes, no permitió que ese fuera el fin.
Como en un sainete mientras la tragedia ocurre puertas adentros en el exterior todo brillaba como en vidriera. A veces se vestían como mellizas: igual tela, similar modelo pero diferente color. Era costumbre usar las cosas de su madre: sus zapatos y medias, abrigos, el maquillaje y la bijou copiando su estilo recargado en el arreglo, se disfrazaba de mujer. No había observaciones por parte de ella, parecía no ver.
Estas actitudes a la distancia parecen psicóticas, pero en su momento, no llamaba la atención que imitara a la madre que le originaba temor y vergüenza.
Llegó el primer y único amor, otro problema en ese inestable núcleo familiar, no era aceptado. La violencia familiar se agudizó pero el amor permite enfrentarse a lo imposible no importa los costos. Y luchó con ellos. Esa familia que no había podido contenerla no le quitaría lo mejor que le había regalado la vida.
Los amigos envidiaban la libertad y la autonomía con que se movía, lo que no sabían era que ello disfrazaba el abandono y desinterés en que había sido criada.
Pero, para poder vivir debe existir un cierto equilibrio y ya tenía aprendido como sostenerse, no sólo adoptaba mamás ahora adoptaba familias y se refugiaba en ellas. Quizás su problema era percibido porque siempre era recibida como un miembro más y protegida como tal.
El padre, una figura lejana, a la que cada vez veía menos, pero más amaba y más defendía. Era el puerto de amor de su vida. Fue quien le enseñó que no se necesitan golpes ni ofensas para marcar límites, que con palabras dulces y tristes podía lograrse mucho más. Representaba sus raíces.
Él le inculcó el respeto a la familia grande, a querer a sus antepasados y a aquellos familiares que no conocía pero sus historias formaban parte de la memoria colectiva.

La madre, era lo más peculiar, aunque viviera con ella toda su vida no la conocía, había levantado un muro de silencios y secretos, por aquello de que: “… hay cosas que no se dicen, que deben mantenerse ocultas en la intimidad”.
La relación con ella era muy inestable, saltaba de la risa al llanto con demasiada frecuencia, creando un estado mental de intolerancia y permanente crítica. Le costaba vislumbrar si lo que las unía era cariño o miedo. El temor era el sentimiento que prevalecía. Tanta rebeldía acumulada por la incomprensión minó la relación madre-hija.
Los años pasaron, los estudios universitarios no fructificaron, causando un regreso a la casa materna con más alboroto del predecible.
A partir de aquí podríamos ingresar a la juventud, aunque ella ya estaba presente desde hace bastante tiempo.
Era una existencia muy extraña, no se media por parámetros normales, las distintas etapas se superponían, se truncaban, se vivían paralelamente con la confusión y marcas que quedan plasmadas en la personalidad.
Todo muy difícil, sobreviviendo…

59663_551797594846140_275254935_n

 

cuento·Libro Reconociéndonos·narración

Palabras Ausentes-Cap.6

Se dio cuenta que aunque ocurrieran cosas desagradables se puede crecer, con muchas cicatrices pero haciéndose la promesa que tendría una familia distinta, una familia feliz, como la que representaba cuando jugaba con los lápices de colores, donde papá y mamá estaban juntos y querían mucho a sus hijitos. No repetiría errores.
Fue difícil crecer bajo el sometimiento, la amargura y el rencor, ya llegaba la adolescencia pero la infancia no se quería ir. Era el anclaje de una psiquis perturbada, era la casa protectora. Fue una transición larga donde convivieron ambas etapas. Para los demás era una adolescente, en su intimidad se encerraba y jugaba con sus muñecas como una niña.
Le costó hacer amigas, no podía abrirse y solo lograba compartir momentos, temporadas… pero más temprano o más tarde ese lazo se rompía.
Por más esfuerzo que hiciera en atarse a la niñez, la naturaleza era más fuerte y se impuso. Triunfó la adolescencia y
   con pena tuvo que dejar marchar la niñez, regalando sus juguetes y muñecas, menos una, la más linda y querida que su papá le regalara cuando cumplió doce años. Esa muñeca la acompañó por el camino de la vida.
59663_551797594846140_275254935_n