Te extraño

Anoche estuviste presente en la mesa familiar, en mis sueños por supuesto. ¡Cómo te disfruté padre! Eras vos y no lo eras. Estabas algunos años más joven, con traje blanco, y hablando del cigarrillo como una debilidad tuya. Lejos, muy lejos de la realidad, lo detestabas y cuándo de jovencita saqué uno de mi cartera en una fiesta y fumé delante tuyo, sentí tu mirada punzante y un dejo de desilusión.

Anoche también hablamos de eso, de que mi rebeldía sólo duró un par de años.

Que lindo verte sentado a la cabecera de la mesa, chispeante, recién llegado de un “largo viaje”.

¿Puedo decirte que te extraño?

¡Te extraño Salva!. No importa la cantidad de años que hayan pasado desde tu partida. Si voy a visitarte sé que terminaré postrada sobre tu lápida llorando.

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Soñando en voz alta

Soñar en voz alta es algo que me acompaña hace mucho tiempo. No siempre me escucho, pero cuando lo hago, es un placer escucharme dialogar con aquellas personas que hace rato que ya no están.

Anoche lo hice en una reunión, una divertida reunión  con mi tía paterna. Una tía singular porque soy su homónima, porque me costó mucho aceptar el nombre que llevaba hasta que comprendí el significado del mismo. Estaban presentes mi tía, mis primas y yo hablando de historias pasadas…hablando de los últimos días de mi padre.

Esto, sólo puede ocurrir en sueños, porque mi tía partió mucho antes que mi padre, le contaba sobre su enfermedad y de mis conversaciones con él cuando ya estaba muy perdido, y ella me contestaba, si… me contestaba como lo habría hecho ella, con esa personalidad tan especial, tan única, de tía soltera que cobijó a toda la familia y que era su unión. Fue hermoso. Encontré respuestas a ciertas dudas que me acompañaban hace mucho, no se como expresarlo. Fue tan vívido, tan dulce . Fue otro de mis sueños en voz alta…

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Te extraño

Que si te extraño? por supuesto que sí, veo tu fotografía al lado de mi cama y siento que me estas mirando con ese cariño incondicional  que siempre tuviste, pero sé que a lo largo de estos once años en que partiste, lo mas importante de vos quedó aquí…y tu abrazo es tan cálido como antes…y tus consejos…esos consejos tan especiales que terminaban en una humorada quebrando mis enojos y haciéndome sonreír.

Que si te extraño?? Claro que te extraño Salva…pero Dios me dio el mejor papá del mundo!!

¡¡Te quiero!!

salva--

 

Emma y el abanico

De pronto  Tomás recordó que  había guardado un abanico que encontrara, semanas atrás, sobre el escritorio. Abrió el cajón  y con el objeto en sus manos dejó volar la imaginación.

Era similar al que usara la señora de Sánchez y Pardo ¡qué familia tan extraña! Demasiado formales, el padre es profesor de música; la madre,  una mujer dedicada a la atención del hogar y al cuidado de las niñas, siempre con un estilo distante, sin demostrar cariño…eso quedaba para el padre… ella era quien debía hacer cumplir las reglas de la buena conducta.

Sí, los  rememoró como si estuviera volviendo a ver  una estampa. El día en que debió concurrir a la casa para llevar un recado, lo recibieron en la salita. Lucía, la señora, sentada en la silla, muy erguida sin tocar el respaldo, se abanicaba con energía, y apenas deslizó:

– ¿Cómo se encuentra su señora madre? –más por cumplido que por verdadero interés.

– Recuperándose de unas dolencias –respondió Tomás, que se sentía intimidado ante esa presencia.

Las niñas, dos hermosas jovencitas dóciles y bien educadas disfrutaban de los momentos de distracción con el padre; porque era él quien le daba calor y colorido a ese hogar. En esa oportunidad se encontraban sentadas en un sofá de terciopelo. Daban la impresión de posarse en él con la levedad de dos mariposas, las manitas juntas y los dedos cruzados como dispuestas para ser retratadas.

Don Gervasio, un hombre amable, se interesó por el bienestar de la familia de Tomás y fue quien llevó el hilo de la conversación, mientras la esposa soportaba con disgusto la escena haciendo flamear las varillas del abanico.

Durante esa visita Tomás se preguntó: ¿Cómo un elemento tan bonito y elegante podía convertirse en algo torpe en las manos de una mujer? Mientras lo hacía, lo abría y lo agitaba, continuaba con el hilo de las evocaciones.

Repentinamente, la puerta se abrió y en el vano se recortó Emma, la Nana. De ella emanaba calidez y dulzura, Tomás entendía que en ese momento se enamoró. Las niñas se transformaron, cobraron vida y en el rostro de Don Gervasio se dibujó una sonrisa

Emma era la encargada de llevarlas al conservatorio de danzas clásicas, una determinación tomada por el padre para cultivar el arte en esas mentes vírgenes y un modo de separarlas de la rígida educación impartida por la madre. Las clases de ballet eran más que eso, era un soplo de libertad. La Nana que se ocupaba de mostrarles la belleza del  mundo exterior, despertaba en las niñas un cariño incondicional.

Con el leve crujir del tafetán y las manitas tendidas en un saludo circunspecto las niñas se despidieron:

-Adiós Señor, mucho gusto en conocerlo -y con la ligereza de las mariposas desaparecieron entre los pliegues de la falda de Emma.

La mirada de Emma y esa sonrisa fueron la promesa que le hiciera volver a la casa de los Sánchez y Pardo.

Ve el abanico y tras él se dibujaba la silueta de su esposa.

Lelia Di Nubila

El regreso

Camino pausadamente por el sendero arbolado, al final está la casa paterna. Hay algo en esa visión que me detiene: los muros pálidos y  las ventanas cerradas que se guardan misteriosos a los ojos del visitante.

Mis pasos se hacen cada vez más lentos, quiero prolongar el tiempo que me queda para llegar a la puerta, muda protectora de sus moradores.

Las piernas me tiemblan y parece que  pisara en el vacío, sin avanzar; la figura de la casa paterna me provoca pánico y una pared invisible  impide que llegue.  Siento los latidos del corazón en la garganta, la vista nublada y mis manos… mis manos se agitan en el aire con desesperación. Paro… respiro profundo, tan profundo como mis pulmones me lo permiten, masajeo los brazos, las piernas, mientras  me repito como un latiguillo:

-Debo llegar, debo entrar.

Estoy agotada y triste, con esa tristeza permanente que queda como secuela de la depresión causada por la pérdida de un ser querido, y los libros son los únicos compañeros en esta crisis, hundirme en la lectura me permite flotar en el tiempo y olvidar por momentos ese dolor que se enclaustró en mi alma y no quiere desaparecer.

La casa está muy ligada a la imagen de mi padre. Ese anciano de cabeza cana y ademanes calmos que con su estampa llenaba cualquier habitación donde se  encontrara; la voz grave podía henchirse de ira ante la injusticia, en explosiones de un minuto que lo dejaban exhausto, o tomar el matiz de la caricia cuando decía palabras tiernas.

Desde su muerte no he podido volver. Apenas lo despedí tomé las vías que serpentean entre la arena y las matas, arraigadas con fuerza para evitar que el fuerte viento  las desplace. Así me sentía yo, como las matas, arraigada a su recuerdo.

La estación está solitaria, es el hito que sortean los hijos del pueblo que se van o aquellos que  regresan al hogar con la cabeza baja y el corazón dolorido. Las vías del tren serpentean entre la arena hasta el infinito.

Aquellas vías, encarnan el desgarramiento que produjo en mí la partida de mi padre.

Durante todo este tiempo  me vi  sentada a la vera del mar, de espaldas al mundo, acompañada sólo por las remembranzas. Evoco sus palabras llenas de ternura, los consejos acertados, a pesar de que me negaba a aceptarlos por la terquedad de mis años.

Ahora, con la cabeza entre las manos, ansío la posibilidad de volver al pasado como esas aguas que lamen la arena y vuelven mansas al mar. Me abrazaría a él y lucharía con el destino para que no lo arranque de mi lado. Con la voz desgarrada pregunto por enésima vez:

– ¿Padre, dónde estas?

Lelia Di Nubila

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Un último adiós

Porque en tus últimos días nos dijimos
tantas veces cuánto nos queríamos,
porque, te acaricié y te dije al oído
lo que no te había dicho en una vida,
porque el dolor de tu última mirada fue la despedida.

Pensé que me costaría menos cortar raíces.
Pero dolió, fue como si te estuviera pariendo.

Y cada nuevo día arrastro mi cuerpo
por la casa queriendo volar nuevamente.

La otra noche volviste,
con tu cuerpo etéreo me envolviste como cuando era niña,
besaste mis mejillas.

Y te vi… Padre, sentada en la cama,
te vi partir con una sonrisa…

Lelia Di Nubila-libro Reconociéndonos