Cuando te acostumbraste a vivir en aguas turbulentas es muy difícil aprender a navegar en aguas mansas.
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Cuando te acostumbraste a vivir en aguas turbulentas es muy difícil aprender a navegar en aguas mansas.

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No temas, si la oscuridad te rodea, pintaré un sol que te ilumine.
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Si acaso un día el mundo dejara de girar, la tormenta que me atrapa me mantendría en movimiento.
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La vida no es otra cosa que un camino de inicio y un final impredecible.
Recorremos tantas curvas, sinuosas o no, según nuestras opciones.
Tantos atajos como elijamos o se nos presenten.
Tanta fronda como nos propongamos, aún siendo difícil.
Ella será dura o sencilla según nuestros deseos y acciones.
Se nos regala en el mismo instante de nacer y nuestros padres nos transmiten sus deseos más frustrados tratando que seamos mejores que ellos.
Solo nosotros decidimos el camino a recorrer, la fuerza y empuje que pondremos.
Solo nosotros y nuestras circunstancias somos los hacedores de esta vida.

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Y un día cualquiera todo vino a la memoria,
aquellos secretos ocultos tras millones de compuertas
-cómo solo la mente humana puede hacerlo-
estallaron en la superficie, quebrando cristales ya cascados,
haciendo de mi mundo un pantano, difícil de caminar.
Y un día mi castillo se derrumbó como cartas sopladas por el viento
y debí aprender a vivir perdonándome por algo de lo que no fui culpable.
Y un día… ya en el otoño de mi vida todavía quedan piedras por sortear.

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¿Cómo describirla…?
Ella era distinta a todas. Una mujer que nadaba en un caos.
Podía estar muy alegre, cariñosa o pasar al otro extremo… el odio.
No fue fácil. Nunca fue fácil.
Aprendí a vivir nadando en ese caos.
Hoy, a tantos años, cuando ya me creía en paz… ya había perdonado situaciones…las había olvidado, encuentro un poema para la persona que más me torturó…abusó… golpeó.
Y duele… vaya si duele.
Si bien nunca había hablado de esto con ella porque temía el caos. Temía esas reacciones imposibles de prever. Desde muy pequeña callé mucho, había cosas que no se contaban.
¿Fue mi culpa?. No, fue un arma de defensa. Me cubría una túnica de acero para que nada traspasara, mientras mi mente volaba, escondía en lo más profundo los recuerdos que me dañaban.
Tanto fue así que hasta llegué a creer que no existieron, hasta que un día hizo eclosión… y todos los recuerdos de mi vida volvieron…necesité hablar, necesité contar…menos a ella.
Hoy ordenando papeles encuentro una poesía dedicada a mi verdugo.
¿Cómo responder? ¿Cómo olvidar cuando todo vuelve a la superficie?
¿Cómo calmar el enojo que brota en mi?

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