Historias de vida/Memorias · LíricaNocturna · Memorias y Afectos

Esa niña

Estoy acostada, la madrugada  está avanzada y mis fantasmas me rodean.

Lentamente mi mente vuelve al pasado; mi madre está parada a la vera de mi cama, se cobija a mi lado. Sé que ya no está, vi  cuando su cuerpo descendía a la fosa en ese turbador ataúd, pero el espíritu no quiso marchar y ronda por las noches.

Recorro mi vida, las imágenes saltan en mi derredor, alucino y el tiempo discurre sin medida. Hago un gran esfuerzo y vuelvo a la realidad pero me quedo colgada en un lejano recuerdo que recurrentemente retorna mientras duermo:

“Una pequeña niña sujeta a la mano de su madre camina por las calles con paso rápido y en silencio, tratando de no perder ese contacto que la hace sentir segura. La mujer, ensimismada sólo trasmite su presencia jugando con sus largas uñas en las yemas de sus dedos, es  un movimiento imperceptible   e inconsciente”.

Ese leve contacto va más allá de mi imaginación y mis sueños, es una sensación internalizada, lo intuyo y como un eco me repito:

-“Esa niña fui yo”

El cuadro  me retrotrae, en un juego irreal, a  la relación  con mi madre. Hasta su último día  fui esa chiquilla que con pasos rápidos perseguía un vínculo ideal.

Las horas pasan, con los ojos abiertos añoro el peso de los párpados como anuncio de  que el descanso está por llegar, pero se hace rogar y el juego continúa.

Busco palabras para expresar lo que siento y me resulta muy difícil. Nada  fue sencillo. Mi existencia fue una continuidad de pruebas a sortear y los golpes dolieron, y dolieron mucho.

Como una técnica de defensa  mi mente creó esos periodos de ausencia, que no sé si son descansos o pérdidas; vuelvo de ellos pidiendo permiso para ocupar mi espacio como si nunca me hubiera pertenecido. Durante ese tiempo fui la hija de mis hijos y me apena mucho.

-¡Oh, Señor…!- musito en el silencio- dame paz.

Se que no es tan simple, he rogado a Dios por años, y no he aprendido a escucharme, quizá deba comenzar perdonando y perdonándome y reiniciar el camino con quienes quedan a mi lado.

El dolor se hace intenso cuando pienso en mis padres, el rol de ellos quedó inconcluso, partieron porque el destino así lo quiso y porque en sus largas vidas habían  cumplido su etapa, no para mí,  me cuesta aceptar y no puedo cerrar el círculo; me faltan raíces y memoria.

Vuelve la niña con pasitos rápidos colgada de la mano de su madre y  siento la presión en las yemas de los dedos, que tortura…, un escalofrío me recorre.

Giro en la cama buscando alivio y veo la espalda de mi esposo que descansa con placidez, se me presenta  la necesidad de despertarlo para escuchar su voz tranquilizadora pero se que es un  pensamiento egoísta, regreso a la postura anterior, me distiendo respirando con lentitud, las imágenes se van perdiendo, la niña se desdibuja como si una nube la cubriera, mis párpados pesan…

Reflexiones · Sensaciones y Sentimientos

Desde el Sendero

Desde el sendero y tras el grupo de matas bajas que lo bordean, se distingue el pueblo. Es un pueblito cuyas casas de techos rojos se recortan contra el cielo; entre ellas se destacan algunas torres y desde allí pareciera que los fantasmas se entrometieran hasta el infinito.

Desde el sendero recorro el pasado cuadro por cuadro, como en una vieja película en blanco y negro, pero con destellos de color  en aquellos momentos que me afligieron.

Desde el sendero recuerdo a Eva, con la mirada altiva y el gesto despectivo, toda ella emanando perfidia.

Desde el sendero evoco aquel día… mi cuerpo erguido con los brazos en alto, bello en su desnudez, mientras me ponía las enaguas disfrutando del goce que la prenda me producía al resbalar sobre la piel. En ese momento me sentía sola, sola con mi cuerpo y hasta el aroma de las flores era más sutil y a la vez profuso; la atmósfera era envolvente; el deslizar de la seda sobre la piel me causaba un placer sublime. A mi lado, Rebeca luchaba con el cierre del corpiño sin percibir mis sentimientos. Fue una situación ingenua aunque confusa a los ojos de Eva, que espiaba desde la puerta con la picardía procaz que la caracteriza. Era la oportunidad que necesitaba.

Desde el sendero imagino que Eva no precisó mucho tiempo para urdir su desquite. Con lentitud se acercó Julián que se encontraba sentado en un sillón de en la sala, esperándome, fumando un interminable cigarrillo, relajado y tranquilo como si el tiempo no le pesara. Esta imagen enloqueció a Eva e hizo más colorido su relato sobre lo que creyó descubrir en la habitación.

Desde el sendero y entre la bruma del tiempo pasado la escucho hablar con saña y percibo la palidez del dulce rostro de Julián, tratando de comprender tanta maldad.

Desde el sendero me veo corriendo a sus brazos que se abrieron como un círculo de ternura y comprensión para cobijarme.

Desde el sendero vivo el instante y veo a Eva que tiesa cual estatua observa con odio la escena.

Desde el sendero recorro con dolor mi pasado, cuadro por cuadro…

Lelia Di Nubila

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Pensamientos · Reflexiones · Sensaciones y Sentimientos

Mi amiga la luna

Me gusta mirar la luna, imagino que camino sobre ella, levantando el polvo blanco, que dicen que la cubre. Lo que no puedo imaginarme es encerrada en ese traje con escafandra
y la mochila de oxigeno para poder respirar. No podría hacer eso. No podría disfrutarla.
Cuando miro el cielo, esas noches de luna llena, me figuro deleitándome con la vista del universo, parada en ella. Tan pequeña desde aquí pero tan luminosa, tan mágica. Caminar
por su superficie hundiendo mis pies en el polvo, asomándome a sus cráteres, mudos testigos de los golpes que recibiera desde su misma creación.
¿Qué sentiría? Que estoy parada en la cumbre del universo y desde allí puedo observar otros mundos, otras vidas. Sentiría la emoción de disfrutar de una soledad sin tiempo, donde todo puede ocurrir, dónde el cielo es un gran océano por el que puedo flotar y cada estrella una isla que me espera para ser descubierta.
Miro la luna desde mi ventana y siento que me invita, que su aura está al alcance de mi mano, sólo debo extenderla y me transportará donde yo quiera. Miro hacia atrás y en la cama de al lado mi hermana duerme plácidamente iluminada por su luz, se la ve distinta, como un ángel.
¿Existirán habitantes originarios de la luna? Los científicos dicen que no, que no sería posible la vida. Pero… ¿acaso nosotros tenemos la última palabra, porqué todo debe ser desde nuestro punto de vista? Es una duda que me persigue, quien dijo que somos los únicos habitantes del universo. Si nosotros podemos vivir en este mundo contaminado, ¿por qué otros seres no pueden hacerlo en los suyos? Sólo deben adaptarse a su clima.
La luna abre mi mente, rompe los límites que la lógica impone, me pierdo imaginariamente y camino… camino, sobre esa superficie blanca buscando ese ser que la habita y, que como yo, quizá en ese mismo momento está mirando a la tierra
investigando algo similar.
¿Qué sorpresa sería encontrarnos? ¿Cómo nos comunicaríamos? ¿Cómo será? ¿Qué impresión le causaré? ¿Le pareceré horrorosa?
Son demasiadas preguntas la que me hago mientas disfruto en mi ventana, con la cabeza apoyada en las manos transportada por tanta belleza y curiosidad.
No importa que el tiempo pase, las noches de luna llena me transportaré a ella y dejaré en su suelo una flor, “la flor de la amistad”.

Lelia Di Nubila -libro «Reconociéndonos»

Ficción/Relatos · Microrrelato

El dolor de Miranda

Todas las familias dichosas se parecen, pero las infelices lo son cada una a su manera.

Cuando piensa en ello todavía tiembla.

Tanto sufrimiento manifiesto… Esa expresión de tristeza pintada en el rostro. Toda ella es la imagen de un dolor muy profundo. Es una mujer hermosa, delicada, de esas bellezas nacidas desde el alma. No merecía el padecimiento que la vida le había deparado.

Miranda se casó muy joven con el hombre que la familia aprobaba y que estaba muy enamorado de ella. Le brindaba una vida acomodada pero vacía, ella sólo le tenía cariño, no había conocido el amor. Únicamente había experimentado el de madre por esa pequeña que era el centro de su mundo.

El motivo de tanta desdicha se inició en unas de esas reuniones que se llevaban a cabo en la casa de campo de la familia. Allí se dio cuenta de que los hombres despertaban otros sentimientos, además del cariño que sentía por su marido. Al ser presentada al apuesto amigo de su primo, quedó deslumbrada.

El día le resultó corto, a pesar de que la niñera se ocupó de la beba y ella dispuso de tiempo completo. Por primera vez escuchó palabras de halago. Por primera vez la hicieron sentir bella y deseada. El enamoramiento fue tan rápido que no le permitió notar la expresión de los rostros que la rodeaban; estaba más allá de los cuchicheos.

Mientras su esposo observaba con atención cada movimiento acumulando rencor, ellos dedicaron la tarde a recorrer los senderos del parque abstraídos en lo que estaban viviendo.

Llegó la noche… el regreso al hogar… la explosión del marido cuando estuvieron en la soledad del dormitorio. Nunca lo había visto así, su rostro era una máscara, estaba demudado, la trató de “mujerzuela”, de “mal ejemplo para su hija”, y de muchas otras cosas que cayeron en su corazón como piedras en el agua. Apenas se dio cuenta de que estaba preparando un bolso y que era expulsada de la casa con los brazos vacíos.

María se estremece y piensa con culpa que forma parte de la desdicha de su hija. Ella influyó en ese matrimonio de conveniencia. Levanta la taza de té y, por sobre el borde, mira a su marido manifestando con lentitud:

– Somos responsables de su desgracia y debemos asumirlo.

Fernando devuelve la mirada con desolación: Miranda, la niña de sus ojos está sufriendo, aquella pequeña que llenaba la casa de alegría y henchía su corazón de ternura, con el cascabel de su risa, hoy está hundida en un pozo de melancolía alejada del pequeño retoño.

– ¿Sigue en el dormitorio? –pregunta.

– Sí, no salió desde el momento en que regresó a casa. Debimos educarla mejor. Fortalecer su carácter y no presionar con ese matrimonio.

Los ruidos del corredor se hacen más intensos, la puerta se abre y la mucama con el rostro enrojecido anuncia:

– ¡La niña no despierta…!

Un grito de dolor y la silla que cae es la repuesta.

Lelia Di Nubila

Poesía Romántica · Poesía/Poema

Hijo

Hoy,
cuando la noche inunda mi ser,
te pienso.

Observo una rosa que ayer fue pimpollo,
sus cálidos pétalos,
dándose a la vida en cada centímetro
semejan mi ser en entrega amorosa.

Miro la noche a través de la ventana,
la primavera se mezcla en mi sangre.
Mis venas palpitan la ilusión de tu nombre.

Las opacas caras que rodean mi noche,
parecen borrarse en disimulado escape.
Te estoy soñando, hijo mío.

Tu cuerpo pequeño,
de carnes rosadas;
tus ojos auténticos,
sin contaminarte del odio reinante.

Te quiero, pequeño,
te siento en mi sangre aunque pasen años,
sin poder conocerte.

Tu ser ya palpita en mis entrañas
aún sin florecer.

Te tengo conmigo, pequeño diablillo.
Tus ojos en mis ojos, tu boca en mi boca,
tu sangre en mi sangre, tu ser en el mío.

Te tengo en cada instante de mi duro vivir.
Te canto por las noches.
Te arrullo por las mañanas.
Te siento todo el día.

Lelia Di Nubila  -libro Reconociéndonos

LibroReconociéndonos · Poesía

Insomnio

Sueño,
que te has ido por laberínticos caminos vuelve a mí.
Me encontrarás inmersa entre las sábanas,
dispuesta a abrazar tu dulce inconciencia.

¿Por qué quiebras mis tranquilas noches,
con tensos insomnios que a nada conducen?

¿Por qué tu tierno abrazo no vence mis párpados
cansados de esperar?

Sueño, ven a mí…
Cansada de esperar por ti,
atino sólo a escribir, ilusiones tontas que la soledad provoca.

Sueño, ven a mí…
Espero tu llegada.
¿Por qué..? ¿Para qué..?

No quiero pensar.
¡Ven pronto, ven!

Lelia Di Nubila -libro

«Reconociéndonos»