#Cuento · #Narración, · #Sentimientos

La carta

  Sentada frente a su escritorio, con la pluma en la mano vacilante, mientras acaricia el papel, Clara intenta escribir el primer capítulo del libro de memorias que acordara con su editor; tarea difícil pues no viene a su mente ninguna idea.

  Los golpes en la puerta la vuelven a la realidad, es Marta la mucama, que  se recorta en el vano y le entrega una carta.

  Se queda mirándola irse mientras retiene el sobre; es entonces cuando reconoce la letra de Susana, y lo lleva a la boca con sorpresa. No lo puede creer… Susana reapareció.

  La compañera de tantas expediciones, de los momentos felices, de los descubrimientos. Los recuerdos del último viaje se agolpan en su mente: Susana y los camellos, Susana en el mercado, la risa tintineante esparciéndose en el aire mientras su melena vuela agitada por el viento. Susana como centro de atracción, alegre, siempre bien dispuesta.

  Fue una experiencia casi mágica, el viaje en tren, la visita  a ciudades exóticas con culturas tan dispares, donde los turistas eran atendidos con esa trato único; ellas dos invariablemente juntas, riendo por todo y de todo.

  Rápida y con gestos nerviosos toma el sobre y lo abre; hace mucho tiempo que no tiene noticias de su amiga y la extraña.

  Mientras lee las primeras líneas va empalideciendo:

  “Querida Clara, ayer fui a hablar con el Padre Ignacio; no podía esperar más, por fin liberé mi espíritu de la angustia que traje de nuestro último viaje. Sé que no te diste cuenta de lo que pasó, porque yo misma lo evité mostrándome divertida, para no arruinar la oportunidad de tu vida. Este viaje era muy importante para ti, lo habías planificado hasta el mínimo detalle y no quería ser yo quien lo cubriera de sombras.

  Me hizo bien hablar con el sacerdote; pude desbloquear el dolor que me causó la actitud de Horacio. ¿Te acordas del joven que conocimos en el hotel y que nos acompañó en la visita a Marruecos? «

 En este  punto aleja la carta y recuerda a Horacio, moreno, alto de cuerpo atlético, siempre impecable, con ese mechón que le caía sobre la frente, no tan descuidadamente como quería hacer creer; claro que lo recordaba,  desconfió de esa actitud de extrema cortesía. El rechazo natural que sentía por él le parecía  algo personal por eso no se lo dijo a Susana, le parecían excesivas las atenciones para con su amiga.

Retoma la lectura con mayor interés:

“Ese lugar tan especial, con sus callejuelas y pasadizos, me mareó, me llevó a creer que podría sostener, sin consecuencias posteriores, una aventura con Horacio. Sí, Clara, la noche de Marruecos nos transformó y vivimos un romance. ¿Te acordas cuando Horacio y yo desaparecimos y, al regreso, trataste de averiguar dónde habíamos estado? Mi silencio te molestó, lo sé, te pido que me comprendas.

Te lo responderé hoy, con esta carta: le conté que estaba embarazada y él me confesó que estaba casado y que no abandonaría a su mujer. Te pido perdón por haber callado. Sabe Dios cuánto sufrí por hacerlo. Me gustaría que nos encontráramos nuevamente y olvidáramos lo pasado.

  Te quiero mucho. Susana”

  Las manos le tiemblan, se siente culpable y con el puño cerrado se golpea en la sien.

¿Por qué siempre esa bendita costumbre de callar y no decir  lo que siente y piensa? Podría haber evitado  tanta angustia a su mejor amiga. ¿Que pasó, acaso estaba ciega?, le parecía imposible no haber reconocido en la actitud de Susana lo que estaba padeciendo. Es tan trasparente que tuvo que haber hecho un esfuerzo muy grande para impedir que ella se diera cuenta.

-Perdón Susana- susurra- yo también te quiero mucho.

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#Cuento · #Narrativa · #Sentimientos

A la luz de los leños

Acompañado por mi amigo ingresé al palco del teatro Orfeo de Madrid; estábamos decididos a disfrutar de la obra que tan buenas críticas había conseguido.

Santiago, mi amigo, tiene dos particularidades bien definidas: ojos pequeños de mirar soñador con un dejo de tristeza, y un rictus nervioso en su boca, además viste elegante y peina el pelo ensortijado  hacia atrás, con sencillez. Yo soy lo opuesto, y creo que por eso nos llevamos tan bien, nos complementamos.

Ubicados ya en nuestras butacas nos distrajimos mirando a la gente, inclinando la cabeza al cruzar  miradas con alguien conocido. Un leve murmullo en el palco contiguo llamó nuestra atención, y… ¡vaya sorpresa!: Sofía hizo su aparición.

Sofía es una digna representante de la mujer de alta sociedad, cuya educación tan refinada le quita  naturalidad a su expresividad. No es bella, tiene una sonrisa eterna que no se condice con la mirada misteriosa de esos bellos ojos celestes. Inmediatamente nos reconoció y su sonrisa se hizo más amplia, levantó con sutileza una mano en señal de saludo.

Rememoré los días de la Universidad y dije:

-¿Te acordás de las noches pasadas en casa de Sofía, estudiando las benditas matemáticas?

– ¡Cómo no hacerlo! –respondió Santiago-, si iban acompañadas de aquellas exquisitas comidas.

– Sí, es cierto, conformábamos un grupo estupendo, hasta que me enamoré de ella y vos te alejaste.

Santiago se calló.

Puesto que me encontraba sentado en el límite entre ambos palcos, escribí unas líneas detrás del programa y se lo alcancé a Sofía. Ella lo leyó y asintió.

-¿De qué se trató eso? -preguntó Santiago.

– La invité a que se nos uniera al final del espectáculo.

Miré a mi amigo y al encontrarlo  taciturno,  perdido en su mundo, me recordó viejas épocas.

Las luces se apagaron, el telón se levantó y luego del nutrido aplauso se hizo silencio, sólo se escucharon las voces de los actores que con su histrionismo lograron nuestra completa atención.

Ya en el final de la obra, miré de reojo a mi amigo y lo noté distraído. En ese momento concluyó y el público expresó su agrado con un prolongado aplauso. Volvieron las luces y salimos del palco.  Fuera esperaba Sofía que se colgó de nuestros brazos y, así escoltada, bajó las escaleras mientras discutíamos el rumbo a tomar;  ganó, por decisión de la mayoría, la casa de Sofía.

El trayecto es corto, los hombres fuimos en silencio y sólo se escuchaba el parloteo de ella. Su casa es la misma que visitábamos de jóvenes: la casa de sus padres.

Charlamos animadamente mientras  comíamos unos bocaditos y tomábamos unas copas de vino. Me sorprendieron las miradas furtivas entre Sofía y Santiago. Traté de concentrarme en los leños de la chimenea en tanto decidía qué hacer. Algo ocurría entre ambos. Algo los incomodaba. Con mi mejor sonrisa solté:

-¿Qué está pasando aquí que yo desconozco?

Los colores no tardaron en subir al rostro de Sofía y con un imperceptible gesto, esperó a que fuera Santiago quien lo explicara.

Él se tomó su tiempo, cruzó las piernas, bebió un largo sorbo de vino, introdujo la mano en el bolsillo y la abrió ante mis ojos. En  su palma estaba el camafeo del que Sofía jamás se desprendía.

Los miré en silencio, me levanté del sillón donde me encontraba hundido, reí hasta las lágrimas, los abracé y me senté a un costado y ellos se tomaron  las manos. En ese momento comprendí algo que tuve frente a mí por años sin darme cuenta: el amor que Santiago tenía por Sofía, algo tan simple pero que él se ocupó de mantener escondido.

La noche fue envejeciendo, yo  escuché la historia contada por ambos, que se miraban como tórtolas, y la luz de los leños encendidos proyectaba tres contornos contra la pared de la recámara.

Lelia Di Nubila