Sabes que extraño?
Despertar por la mañana con un mate antes de ir a la escuela.
En otras casas, seguramente era distinto, habría un desayuno en la mesa.
Para nosotras ese mate era el inicio de la jornada.
Para vos y para mi eso bastaba….

Cuentos, Poemas, Sentimientos , Genealogía
Sabes que extraño?
Despertar por la mañana con un mate antes de ir a la escuela.
En otras casas, seguramente era distinto, habría un desayuno en la mesa.
Para nosotras ese mate era el inicio de la jornada.
Para vos y para mi eso bastaba….

En mi casa no faltaban libros y menos de poesías. Mi madre mantenía correspondencia desde su adolescencia con escritores y algunos de ellos fueron sus profesores.
Una de ellas era Rosa María Sobrón de Trucco y esta poesía estaba en una de sus cartas. Seguramente algunos alumnos de mi madre la recuerden.
Elegía para una muerte anónima No conocí tu nombre. Trepabas las mañanas con alas de colores prendidas en las manos (El féretro pequeño: espuma. Casi nácar) Silencio en el azul, Procesión de silencios en la clara mañana. No conocí tu nombre. Mas tu ausencia pequeña me lloviznaba el alma... El silencio sonaba entre flores y pinos Crecía una canción en la mañana clara. (Mas era una canción que solo yo escuchaba) No conocí tu nombre. Ni tampoco tu rostro. Sólo anduve la pena de la madre escalando tu cuerpecito inerte. -Ángel. Y un verde en alas- y niños, muchos niños que besaban tu caja... Enero se detuvo en el aire crecido. El sol para regarte su cuerpo acomodaba. (Tampoco el sol podía desnudarse en tu caja). No conocí tu nombre. Era un enero pleno y una mañana clara. Tu cuna pequeñita erizada en la loma, frente a la casa blanca parecía tan mínima, ay,tan mínima y blanca... No conocí tu nombre, Me sumé a la mañana y mirando hacia Dios vi que lo acompañabas.... Muerte chiquita anónima- -Muerte grande con nombre- Acomodé mi pena al lado de la madre. Flor-rocío de lágrima. Intenté en su mejilla un beso sin palabras. Y me alejé corriendo. ...Y adiviné su cara... No conocí tu nombre. Trepabas la mañana. Y mirando hacia Dios vi que lo acompañabas... (Rosa María Sobrón de Trucco- 1901/1978)
¿Cuántos hijos tenemos en la vida?
Los que concebimos y aquellos otros,
los hijos del corazón.
¿Cuántos hijos tengo en mi vida?
Muchos, muchos…
He pasado por la vida buscando amor,
amor de madre, amor de pareja, amor de hijos, amor…
He buscado hijos, los que concebí por amor
y aquellos otros que me regaló la vida, los del corazón.
¿Cuántos hijos tengo?
Muchos, muchos…
Siento la necesidad de proteger a todos.
Siento que me crecen alas, alas para abrazar.

Se mudaron de ciudad y comenzó la búsqueda de trabajo. No fue fácil, pero llegó y con él la libertad.
Ya no dependía económicamente de su madre y eso le permitía tomar sus propias decisiones aunque no por ello las disputas cesaron, siempre habría un motivo.
La única forma de salir de su timidez era la agresión, y cada acto de agresividad le traía más dolor a ella que a los demás, pero hasta entonces no había encontrado otro medio de defenderse.
La convivencia era difícil, ocurrían cosas en su vida y no podía compartirlas porque la reacción de su madre era desmesurada, podía saltar como una leona para defenderla o vociferar día y noche haciéndola responsable de todos sus problemas y enfermedades.
Tanto insistir en el tema había logrado responsabilizarla de sus enfermedades y continuas descomposturas haciéndola temer por su muerte porque ella también sería su culpa.
Un vínculo tan enfermo era totalmente inestable y hacia que su modo de relacionarse con los demás fuera muy complejo y difícil. Pero hubo gente buena a su alrededor. De
algún modo surgía el abrazo protector que la levantaba y le prometía una existencia mejor de la que ella seria responsable y debía trabajar para no repetir errores.
Su noviazgo sufría altibajos como consecuencia de la influencia materna. La lucha diaria y el convencimiento de que juntos podían enfrentarla mejor los llevó a la decisión del casamiento.
Hubo que renunciar a muchas cosas, entre ellas la intimidad. Debieron convivir con su madre, transformando en un departamento las cuatro paredes de una habitación, pero todo valía con tal de estar juntos, sumaban fuerzas y caminaban hacia delante, con muchas frustraciones, pero nadie les podría quitar esa fortaleza que los unía.
Fueron tiempos duros, la economía estaba quebrada y ellos la sufrían aún más. Papá ayudaba como podía, aunque más no fuera acompañando, tenía otra familia, otros hijos y con ello más obligaciones, pero seguía siendo su niña y siempre que lo buscaba estaba allí.
La relación con su madre tenía altos y bajos, no se podía predecir su actitud.
Y llegó la noticia más hermosa… estaba embarazada, a partir de allí se sintió más fuerte aún, era el fruto del amor y lo único que importaba.

Vino cargada de dolores, incomprensiones, abusos. Pero para quienes tienen fe, ella los sostiene. Saltando piedras también hubo flores.
Los primeros enamoramientos, las fiestas, los amigos y los hermanos del alma que estaban para recoger las lágrimas.
Fue una adolescencia muy corta, no duró más de dos años. La vida hizo que madurara muy pronto y le robó ese periodo de irresponsabilidad y rebeldía tan necesario para afirmar la personalidad.
La historia se repetía mientras se mostraba como una adolescente casi normal, en su intimidad era muy madura y se refugiaba en la poesía. Las palabras calladas, los silencios, se manifestaban en poemas que eran su forma de comunicarse con el exterior. Cuánta palabra no pronunciada… cuánto silencio, cuanta ausencia no reclamada, por esa costumbre ancestral de ocultar historias aún dentro de la misma familia. Hechos considerados vergonzantes para los mayores pero que su importancia se diluye al compartirlos.
El tiempo libre estaba dedicado a la lectura, no importaba el tema, era preciso satisfacer la avidez de conocimiento y la necesidad infinita de evasión.
Las relaciones familiares eran cada vez más distantes y difíciles, la soledad alcanzó el punto de intentar el suicido como escape.
Pero alguien desde arriba vigila y tiene otros planes, no permitió que ese fuera el fin.
Como en un sainete mientras la tragedia ocurre puertas adentros en el exterior todo brillaba como en vidriera. A veces se vestían como mellizas: igual tela, similar modelo pero diferente color. Era costumbre usar las cosas de su madre: sus zapatos y medias, abrigos, el maquillaje y la bijou copiando su estilo recargado en el arreglo, se disfrazaba de mujer. No había observaciones por parte de ella, parecía no ver.
Estas actitudes a la distancia parecen psicóticas, pero en su momento, no llamaba la atención que imitara a la madre que le originaba temor y vergüenza.
Llegó el primer y único amor, otro problema en ese inestable núcleo familiar, no era aceptado. La violencia familiar se agudizó pero el amor permite enfrentarse a lo imposible no importa los costos. Y luchó con ellos. Esa familia que no había podido contenerla no le quitaría lo mejor que le había regalado la vida.
Los amigos envidiaban la libertad y la autonomía con que se movía, lo que no sabían era que ello disfrazaba el abandono y desinterés en que había sido criada.
Pero, para poder vivir debe existir un cierto equilibrio y ya tenía aprendido como sostenerse, no sólo adoptaba mamás ahora adoptaba familias y se refugiaba en ellas. Quizás su problema era percibido porque siempre era recibida como un miembro más y protegida como tal.
El padre, una figura lejana, a la que cada vez veía menos, pero más amaba y más defendía. Era el puerto de amor de su vida. Fue quien le enseñó que no se necesitan golpes ni ofensas para marcar límites, que con palabras dulces y tristes podía lograrse mucho más. Representaba sus raíces.
Él le inculcó el respeto a la familia grande, a querer a sus antepasados y a aquellos familiares que no conocía pero sus historias formaban parte de la memoria colectiva.
La madre, era lo más peculiar, aunque viviera con ella toda su vida no la conocía, había levantado un muro de silencios y secretos, por aquello de que: “… hay cosas que no se dicen, que deben mantenerse ocultas en la intimidad”.
La relación con ella era muy inestable, saltaba de la risa al llanto con demasiada frecuencia, creando un estado mental de intolerancia y permanente crítica. Le costaba vislumbrar si lo que las unía era cariño o miedo. El temor era el sentimiento que prevalecía. Tanta rebeldía acumulada por la incomprensión minó la relación madre-hija.
Los años pasaron, los estudios universitarios no fructificaron, causando un regreso a la casa materna con más alboroto del predecible.
A partir de aquí podríamos ingresar a la juventud, aunque ella ya estaba presente desde hace bastante tiempo.
Era una existencia muy extraña, no se media por parámetros normales, las distintas etapas se superponían, se truncaban, se vivían paralelamente con la confusión y marcas que quedan plasmadas en la personalidad.
Todo muy difícil, sobreviviendo…

Se dio cuenta que aunque ocurrieran cosas desagradables se puede crecer, con muchas cicatrices pero haciéndose la promesa que tendría una familia distinta, una familia feliz, como la que representaba cuando jugaba con los lápices de colores, donde papá y mamá estaban juntos y querían mucho a sus hijitos. No repetiría errores.
Fue difícil crecer bajo el sometimiento, la amargura y el rencor, ya llegaba la adolescencia pero la infancia no se quería ir. Era el anclaje de una psiquis perturbada, era la casa protectora. Fue una transición larga donde convivieron ambas etapas. Para los demás era una adolescente, en su intimidad se encerraba y jugaba con sus muñecas como una niña.
Le costó hacer amigas, no podía abrirse y solo lograba compartir momentos, temporadas… pero más temprano o más tarde ese lazo se rompía.
Por más esfuerzo que hiciera en atarse a la niñez, la naturaleza era más fuerte y se impuso. Triunfó la adolescencia y con pena tuvo que dejar marchar la niñez, regalando sus juguetes y muñecas, menos una, la más linda y querida que su papá le regalara cuando cumplió doce años. Esa muñeca la acompañó por el camino de la vida.

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-Memorias de una Princesa-
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