Historias de vida/Memorias · LibroReconociéndonos · Poesía/Poema · Sentimientos

Pesares

Me miras tan triste…
Me miras sin ver…
Eres mi padre, el padre que amo y amaré.
Ya no me reconoces,
y yo no te reconozco.
Miro tu rostro y en el se reflejan los golpes que te dio la vida.
Tu cuerpo tan frágil y etéreo
no se parece a aquel otro,
voluminoso y de caminar cansino.
Poso mis manos en tu cabeza,
acaricio tu cuerpo,
Tus ojos se cierran y te relajas.
Estás en paz.

Noviembre de 2004-libro Reconociéndonos

salva

Poema · Sentimientos

Déjame olvidarte

Siento que te quiero,

pero esto nada cambia.

Te mantienes lejos, a igual distancia.

Puedo hacer miles de cosas

pero antes de todas ellas, estas tú.

Ante cada libro, ante cada verso,

tu rostro aparece,

fantasma, de un pasado reciente

orlado de recuerdos sin fin.

Persigues mis noches.

Persigues mis días.

¿Porqué?…

Sino piensas darme tan sólo un minuto.

Deja tranquila mi imaginación.

Olvida que existo.

Esconde tu recuerdo para que no venga a mí.

Te quiero, pero ya nada importa,

tus noches se han ido muy lejos de mí.

Sólo tus recuerdos bailan en mi mente

al son de un disco de jazz.

Lelia Di Nubila

Poesía · Reflexiones Personales/Pensamientos

Ella, soledad

Cada hora que pasa,

siento el olvido más cerca.

Cada hora que pasa,

el mundo está más cerrado ante mí.

Siento la soledad

en su más dolorosa forma.

Ella está dentro mío.

Ha hecho nido en mi cuerpo.

La gente me rodea.

La gente está conmigo,

pero…no la siento.

Se ha apoderado de mí.

Mi cuerpo está con ellos.

Mi espíritu parece una pequeña isla

Rodeado por un océano que lo aprisiona.

Ficción/Relatos · Microrrelato

El dolor de Miranda

Todas las familias dichosas se parecen, pero las infelices lo son cada una a su manera.

Cuando piensa en ello todavía tiembla.

Tanto sufrimiento manifiesto… Esa expresión de tristeza pintada en el rostro. Toda ella es la imagen de un dolor muy profundo. Es una mujer hermosa, delicada, de esas bellezas nacidas desde el alma. No merecía el padecimiento que la vida le había deparado.

Miranda se casó muy joven con el hombre que la familia aprobaba y que estaba muy enamorado de ella. Le brindaba una vida acomodada pero vacía, ella sólo le tenía cariño, no había conocido el amor. Únicamente había experimentado el de madre por esa pequeña que era el centro de su mundo.

El motivo de tanta desdicha se inició en unas de esas reuniones que se llevaban a cabo en la casa de campo de la familia. Allí se dio cuenta de que los hombres despertaban otros sentimientos, además del cariño que sentía por su marido. Al ser presentada al apuesto amigo de su primo, quedó deslumbrada.

El día le resultó corto, a pesar de que la niñera se ocupó de la beba y ella dispuso de tiempo completo. Por primera vez escuchó palabras de halago. Por primera vez la hicieron sentir bella y deseada. El enamoramiento fue tan rápido que no le permitió notar la expresión de los rostros que la rodeaban; estaba más allá de los cuchicheos.

Mientras su esposo observaba con atención cada movimiento acumulando rencor, ellos dedicaron la tarde a recorrer los senderos del parque abstraídos en lo que estaban viviendo.

Llegó la noche… el regreso al hogar… la explosión del marido cuando estuvieron en la soledad del dormitorio. Nunca lo había visto así, su rostro era una máscara, estaba demudado, la trató de “mujerzuela”, de “mal ejemplo para su hija”, y de muchas otras cosas que cayeron en su corazón como piedras en el agua. Apenas se dio cuenta de que estaba preparando un bolso y que era expulsada de la casa con los brazos vacíos.

María se estremece y piensa con culpa que forma parte de la desdicha de su hija. Ella influyó en ese matrimonio de conveniencia. Levanta la taza de té y, por sobre el borde, mira a su marido manifestando con lentitud:

– Somos responsables de su desgracia y debemos asumirlo.

Fernando devuelve la mirada con desolación: Miranda, la niña de sus ojos está sufriendo, aquella pequeña que llenaba la casa de alegría y henchía su corazón de ternura, con el cascabel de su risa, hoy está hundida en un pozo de melancolía alejada del pequeño retoño.

– ¿Sigue en el dormitorio? –pregunta.

– Sí, no salió desde el momento en que regresó a casa. Debimos educarla mejor. Fortalecer su carácter y no presionar con ese matrimonio.

Los ruidos del corredor se hacen más intensos, la puerta se abre y la mucama con el rostro enrojecido anuncia:

– ¡La niña no despierta…!

Un grito de dolor y la silla que cae es la repuesta.

Lelia Di Nubila