Sueños

Los sueños van, los sueños vienen, totalmente dispares entre si, casi a diario.

Esta vez recibí la donación de una casona, fue tanta la alegría cuando me enteré que no veía la hora de ir a conocerla. Estaba en medio de un pueblito, en medio de la nada. Cuando la vi….me enamoré,  era una casona de estilo italiano de puertas y ventanas altas al igual que su techo, parecida a algunas antiguas estaciones ferroviarias,  pintada de blanco, llena de telarañas y me dijeron “es suya  la  casona y el poco terreno que la rodea”.

Me gustó aun así y pensé la quiero; no quiero venderla. La quiero…la quiero pintada de rosa fuerte…la quiero vestida con muebles de mimbres, algunos muebles antiguos y una  hamaca colgante afuera.

Me parecía el lugar exacto de descanso, donde pasar días mirando el cielo, escuchando el arrullo de los pájaros y haciendo lo que más me gusta… escribir, leer, tejer.

Quiero caminar… caminar  esas callecitas tranquilas…¿Será sólo  un sueño, o es una señal?

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Si yo no lo recuerdo no existió

Esa frase  me la dice siempre uno de mis hijos cuando le recuerdo las travesuras que hizo de niño. Esa frase que forma parte de nuestras reuniones y provoca risas  también puede contener su lado gris ,  hay muchas cosas que para ellos no existieron porque yo no les dije para evitar que se preocuparan. Aun cuando veían una mamá tirada en la cama descompuesta mi respuesta era no hay que preocuparlos y llegué a darle el nombre de “chiripiolca” extraída del programa del Chavo, programa que ellos miraban, de allí pasé ser la abuela chiri cuando vino el primer nieto, porque mis descomposturas eran casi a diario, y sé que fui un peso muy grande para mi familia.

Muchas veces por evitar preocupar a los hijos quitamos importancia a las cosas que nos pasan  hasta llegar al límite en que ya no somos capaces de manejarnos por nosotros mismos, de caer tan profundo que podemos llegar a trasformarnos en un ente al que todos miran con lástima.

Si hubiera sido realista con ellos y les hubiera contado que una vez subiendo las escaleras del edificio en el que trabajaba en el 3º piso (escalera que subía y bajaba todos los días) cuando llegué apenas pude caminar unos pasos porque todo giraba ante mi y no veía lo que tenia delante, caminé lentamente y pedí una silla para sentarme a “descansar”, cuando me sentí un poco mejor, agradecí y fui a mi lugar de trabajo con el solo comentario de que me había “cansado”.

Si les hubiera contado que al salir de la odontóloga y caminar tres cuadras para tomar el colectivo el mundo  me daba vueltas y el corazón latía a mil en  mi garganta , paré un remis y fui a ovillarme en mi cama esperando que pasara.

Si les hubiera contado que cuando volvía del trabajo, bajé del colectivo , caminé dos cuadras y me sentía tan ahogada por la falta de aire y las palpitaciones que la media cuadra que faltaba para llegar a casa fue un siglo en mis espaldas…caminar dos pasos parar, caminar dos pasos parar…hasta que pude golpear la puerta y caer en el primer sillón que encontré ante la mirada sorprendida de mi marido quien nunca comprendió lo que me pasaba.

Tardé muchos años en recuperar mi vida, mediando internaciones traumáticas en la unidad coronaria, pero ya era tarde, había perdido parte del crecimiento de mis hijos, vivencias de la familia, había perdido mi espacio en el hogar. Todos esos años de lucha en los que muy pocos me acompañaron, no sólo habían dejado lagunas en mis recuerdos, me habían restado espacio en mi hogar. Para mi familia la vida había continuado y se adaptaron a ella cada uno a su manera, pero faltaba alguien y ese alguien era yo. Es difícil reclamar un espacio que mi esposo y mis hijos habían ocupado por la necesidad natural,  la vida no para, transcurre, y nadie te devuelve lo perdido.

De muchas cosas me siento responsable… fui yo quien decidió no asustar a los chicos, fui yo quien quiso protegerlos, lo que nunca pensé es que lo pagaría tan caro.

Si,  nuestros hijos deben saber lo que nos pasa  de acuerdo con su edad y comprensión y tratando de no alarmarlos, pero deben conocer la verdad.

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Un trío de amor

Son tres…

Muy diferentes entre sí,

pero los confundo.

 

Son tres,

cada uno con calidades distintas,

cada uno, único en si mismo…

Pero, los confundo.

 

Son tres…

Varones ellos.

Son tres,

tres personas diferentes…

A las cuales instintivamente

me niego a individualizar.

 

Son tres, varones ellos.

Son tres, mis hijos…

Son tres, pero los confundo…!

*libro Reconociéndonos

35 aniversario