Pensamientos · Recuerdos de Infancia

Siempre Acuario

¿Te acordás cuando solo éramos dos? nada nos detenía…

o nada te detenía y yo tan pequeña te acompañaba.

En verano el sol quemaba, ardía y bajo nuestras sombrillas caminábamos los dos km que nos separaban de la entrada al pueblo, en plena siesta.

Llovía torrencialmente y vestíamos nuestras botas, pilotos, paraguas, y vos apoyada en un palo de escoba para afirmarte,

nos hundíamos en el lodo y esos dos km se sentían como cuatro.

Pero no nos detenía.

Invierno…el frio se sentía, arropadas, y contra el viento atravesábamos ese camino que a veces parecía interminable aún mas a la noche cuando volvíamos.

Creo que Acuario nos definía, no importaba el esfuerzo, simplemente lo hacíamos.

¿Lo recuerdas madre?

Imagen Pinterest
Historia de Familia · Inspiración · Recuerdos de Infancia · Reflexiones de vida

Recuerdos de infancia

Si me remonto a mi infancia, en una casa dónde no faltaban libros y tampoco la libertad para leerlos, me viene a la memoria una niña de apenas ocho años recitando el «Piu Avanti» de Almafuerte y seguramente allí estaba mi madre sonriendo:

¡PIU AVANTI!
No te des por vencido, ni aun vencido,
no te sientas esclavo, ni aun esclavo;
trémulo de pavor, piénsate bravo,
y arremete feroz, ya mal herido.
Ten el tesón del clavo enmohecido
que ya viejo y ruin, vuelve a ser clavo;
no la cobarde estupidez del pavo
que amaina su plumaje al primer ruido.
Procede como Dios que nunca llora;
o como Lucifer, que nunca reza;
o como el robledal, cuya grandeza
necesita del agua y no la implora…
Que muerda y vocifere vengadora,
ya rodando en el polvo, tu cabeza!

(Pedro Bonifacio Palacios) Almafuerte

Historias de vida/Memorias · Recuerdos de Infancia

Mi Escuela N°363

A casi todos nos pasa que cuándo recordamos hechos de nuestro pasado, imaginamos su entorno, lo vemos tal cual fue en la época que ocurrió. Cuando volvemos, podemos encontrarlo igual, peor o desconocido. Esto fue lo que me ocurrió en mi vuelta al pueblo.

Quise visitar la escuela donde viví muchos años e hice casi toda mi primaria. La escuela estaba cambiada, algo ampliada, bastante abandonada y su entorno desconocido. Mis sentimientos fueron tan dispares: alegría por volver y desilusión por lo que encontré. Mis recuerdos se agolpaban. El gran aserradero que existía enfrente hoy es un baldío, sucio y abandonado, no queda nada; la casa de los dueños, que estaba edificada detrás también desapareció. ¡Que tristeza!

Sé que no todos lo comprenden porque no vivieron la escuela de la que yo disfruté, de mi patio… Entre la casa y la escuela no habían divisorias; sus hamacas, sube y baja, balancín y galerías eran mis lugares de juego habituales los fines de semana y cuando las clases concluían. Podía disfrutar de  andar en bicicleta en su patio áspero que dejaba mis rodillas machucadas cuando me caía.

Fue una infancia solitaria pero de muchas aventuras. A unos cien metros había una  laguna donde buscábamos conchillas para después pintarlas y al anochecer se escuchaba el aullido de los monos carayá proveniente del monte cercano. No había luz, dependíamos del «sol de noche», lámpara que primero fue a querosen y luego a gas. Si nos sentábamos en el patio la luna y las estrella iluminaban para nosotras, siempre con los pies sobre un banco para evitar que nos sorprendieran las serpientes.

Hermosos recuerdos de una época que para muchos quedó en el olvido, pero para mí  sigue presente en la memoria.