Ellos y sus sombras

En momentos como este cuándo el cuerpo se relaja y la mente despierta…y la madrugada avanza…Avanza tanto que se acerca el alba sin poder dormir, pienso en mis amores, los que me acompañan y los otros que han partido pero siguen aquí conmigo.

Ruego por ellos, por la paz de sus almas y su bienestar.

Hablo con ellos como tantas veces lo he hecho desde el silencio o en sueños.

Los siento aquí…acurrucados junto a mí.

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Angustia oral

Y si, todos pasamos por esos momentos que llamamos de “angustia oral”. Justo lo que me pasa ahora, y como muchos hacemos voy a “papá Google” dónde encuentro cantidades de  artículos, todos hablan de los mismo: enojo, desilusión, carencia de esperanza, descontrol, sentirse despreciado, aburrimiento.

¿Pues que pasa conmigo? no me encuadro en ninguno de ellos. No estoy enojada con nadie y menos conmigo misma. ¿Desilusión ? por supuesto que casi todos los días pasamos por una pero eso no me lleva a enterrarme en la alacena y la heladera. ¿ Carencia de esperanza?Nunca me falta  esperanza, siempre veo la luz a través de oscuridad. ¿Sentirme despreciado? la verdad … nunca me lo plantee y si fuera así no me enteré, por lo tanto tampoco es un motivo. ¿Descontrol? …¿cuándo, cómo, donde? Aburrimiento?, no tengo tiempo, tengo tantos proyectos de todos los tamaños y se me dificulta plasmarlos.

Bien he llegado hasta aquí sin una respuesta. Resultado… estoy padeciendo angustia oral de origen desconocido y si no encuentro pronto la solución mi cuerpo no me lo agradecerá, mis huesos crujirán más fuerte y las neuralgias aumentarán.

Si alguien tiene una solución a mi problema espero su ayuda.

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Cómo decir adiós

Hay muchos libros que explican los pasos del duelo, pero nadie te dice lo duro que puede ser. No soy psicóloga, ni tengo una preparación especial. Soy una mujer común que ha transitado la vida golpeándose y aprendiendo, cayendo…cayendo hasta tocar fondo y levantándose tambaleante. La lectura y los psiquiatras fueron de relativa ayuda, tuve que vivir paso a paso y reconstruirme lentamente hasta que llegó el día  en que me sentí entera.

Pero aprendí  …y me dí cuenta que habían sanado mis heridas  el día en que dejé de recordar la fecha de sus muertes para celebrar sus cumpleaños. A partir de allí, conviven conmigo en las alegrías y las tristezas para acompañarme, aconsejarme en sueños y compartir.

Hoy puedo recordarlos con una sonrisa, evocar anécdotas, sentirme sensible, percibir unas lágrimas resbalar por mi rostro, pero no hay dolor en ello.

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Vladimir Kusch

Cuando nuestros seres queridos comienzan a despedirse.

Para quienes traspasamos la mitad de nuestra vida, hay experiencias que se repiten y nos hacen revivir otras que fueron dolorosas pero  de las que guardamos vivencias ricas.

Hoy me enfrento con la misma situación que pasé con mis padres, por momentos trato con un bebé y al rato hablamos del novio que está rondando. No importa el tema…es enriquecedor, porque la relación que tuvimos durante muchísimos años se transforma, los roles cambian y solo podemos agradecer a Dios estar allí para acompañarlos en esos diálogos extraños donde el pasado y el presente se juntan y a veces nos miran como a simples desconocidos, pero eso no importa…solo resta agradecer.

Como decirte…

Como decirte que todo lo que pasó yo ya lo sabía?, si algo entendí en el transitar de mi vida es que las experiencias ajenas no alcanzan, sólo se aprende de los propios errores. Ese enjambre de abejas que te rodeaban se llevaría parte de tu vida y mis palabras no sirvieron.

Los que podemos ver del otro lado del camino percibimos mas allá, pero tu dolor era tan grande que te anestesiaba…

Y …como enjambre de abejas, una vez robado lo mas preciado se alejaron bien lejos, pero para saborear las mieles hay que trabajar, y el trabajo no es parte de su cultura.

Un ángel presente

Al festejo de Don Bosco no podías faltar. Allí estabas acompañando tus hijos que disfrutaban en sus comparsas, bailando alegres. Miré al otro lado de la avenida, y allí estabas…como siempre…pero esta vez vez tu presencia fue más fuerte… Allí estabas, con tu remera de rayas azul y blanca y el pelo al viento, saludando con la mano en alto y la sonrisa iluminando tu rostro. La emoción fue tan intensa que no me animé a compartirte y aún hoy cuando revivo ese momento las lágrimas resbalan por mis mejillas.