El sueño prometido

  Cada vez que toma entre sus manos esa caja de plata con incrustaciones de nácar, proveniente de India,  se sume en un temor desconocido; a la vez, que queda subyugada.

  Había sido un regalo de Carlos, para su último cumpleaños, y todo lo que viniera de él tenía un interés especial.

   Alejandra, sentada al borde de la cama,  recuerda a Carlos como un  hombre posesivo, de aspecto rudo, pero de amores intensos. No  había tenido reparos en enlistarse en el ejército de su Majestad, la Reina de Inglaterra, para sostener el poder de la Corona, en la India. Para él era una necesidad demostrar persisténtemente su virilidad, pero de la forma más extrema, la exacerbaba.

   Se pone de pie, camina hasta su tocador y se mira en el espejo;  en él ve reflejada a una mujer de una belleza especial: cabellos oscuros que destacan sobre una piel de porcelana; estas evocaciones la retrotraen a las miradas que recibía al ingresar a un sitio, cuando el vaivén de su vestido acompañaba el movimiento de su cuerpo. Desde muy niña  había sido el centro de la familia gracias al carácter alegre y extrovertido que  poseyera siempre, y desde el momento en que comenzó a asistir a reuniones sociales se destacó  más que su hermana, todos la rodeaban de atenciones que ella aceptaba con naturalidad.

  Un sólo error  había cometido en su vida: enredarse en esa relación amorosa con Carlos,  relación que duró apenas un suspiro, pero que la marcó. A partir de  entonces, se volvió  mesurada y cuidadosa en el trato con los hombres, prueba de ello fue su matrimonio con Eduardo.

   El matrimonio le brindó una vida cómoda y buena, pero no impidió que continuara unida a Carlos a través de las cartas, mediante  las cuales se enteraba de la vida llena de riesgos que llevaba su ex enamorado, y eso la emocionaba.

   Piensa en Eduardo, tan diferente de Carlos. Él es un hombre elegante, de una prolijidad extrema. Desde su boda con  él, no existen los imprevistos, su vida está organizada hasta en los pequeños detalles, esto la tranquiliza… pero las cartas de Carlos le provocan esas cosquillas por lo impensado, por la aventura.

   Se siente aletargada, producto del discurrir por el camino de los recuerdos, se vuelve  y se echa en la cama abrazada a la caja de plata. Paso a paso va del letargo al sueño y la caja de plata se transforma en un cofre que contiene una botella verde con un raro líquido, y  la promesa de que al beberlo podrán vivirse  los sueños más escondidos, compartidos con la persona amada… Carlos.

Se estremece en la cama, profundamente dormida; desesperada, ve a su marido recriminándole por el abandono y rogándole que regrese al hogar que conformaron con tanto esfuerzo. Carlos, desde una esquina, con su risa sarcástica, agita la botella llena de promesas. Se encuentra tironeada por estos dos hombres que representan  pasado  y  presente de su vida. La decisión le resulta muy difícil.

  Ve una figura en las sombras que observa la escena: es su padre, quien con expresión dolorida le pide que regrese.

  Gira sobre si misma, se estira y lentamente  despierta; mientras lo hace, le parece escuchar a su padre que susurra a lo lejos:

  -¿Tomará ella la decisión de despertar?

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George Friedrich Kersting

 

 

 

La obra de teatro

Con pasos lentos recorre la sala con un libro apretado en sus manos. Pedro comenta a su amigo Alejandro el bosquejo de la obra que intenta escribir, la misma estará ambientada en el siglo XVII:

-En esa época, el pueblo no tenía la mínima educación, no existía la intimidad ni el respeto, se vivía expuesto y con temor. Se mezclaban la doncella con la comadrona, el anciano con el rufián, el caballero con el granjero. Estaban agobiados por los impuestos que debían pagar para cubrir la vida pródiga de los Señores.

Pedro se arrima al escritorio revuelve unos papeles y toma una libreta de apuntes. Es alto y esbelto. Tiene una mirada penetrante e inteligente. Se sienta en el borde del escritorio  y continúa:

-El protagonista principal es un hombre sumiso, acostumbrado a pasar horas estudiando, alejado de la vida mundana. De modo encubierto, apoya la lucha contra la diferencia de clases sociales; mas, su postura es puramente intelectual. Es considerado la inteligencia del grupo, respetado por sus pares y por las clases bajas que se suman al movimiento. Además, es médico y pelea por evitar muertes provocadas por las epidemias que resultan de esa vida promiscua y carente de higiene.

Levanta la vista, mira a Alejandro para asegurarse que le está prestando atención.

-El segundo protagonista, partícipe importante del grupo, es representante fiel del hombre del siglo XVII, con barba, bigote y cabello largo, desprolijo, que cae sobre los hombros,  viste la infaltable chaqueta de piel; en ese rostro cetrino se destacan sus ojos de mirada desconfiada. Alejado de las creencias religiosas, lucha contra el poder de la iglesia. Tú me entiendes, ¿verdad? –dice consultando a su amigo-, es lo que llamamos un idealista, su fe está ligada a la igualdad de clases y a acabar con las artimañas de los poderosos, de él se puede decir que está librando una lucha heroica sin final previsible.

Se acerca al ventanal y por un minuto queda enganchado de la maravillosa estampa del sol perdiéndose en el ocaso, con una sonrisa camina hacia el sillón que ocupa Alejandro y le ofrece un cigarrillo, agita la cabeza y vuelve a hablar:

-Este último personaje tiene una debilidad, el amor por Elizabeth. Ella es una mujer educada en la riqueza, pero de una sencillez que no  afecta la relación con los demás. Su figura inspira respeto, y en la mirada se refleja comprensión por el sufrimiento ajeno. Lleva una doble vida, participa del grupo social al que pertenece, y a través del hombre que ama ayuda a la revolución.

Alejandro se remueve en el sillón para cambiar posición y se prende del  vaso de whisky que está en la mesita ratona mientras sigue con atención el relato.

-La situación se ve agravada cuando Isabel, cortesana de la época, en una reunión importante, denuncia ante el rey las actividades del protagonista principal. Le susurra que el médico investiga con la alquimia, nuevos remedios mágicos, y que los usa con gente del pueblo. Tal acusación enfurece al rey que imparte la orden de detención inmediata. Todos saben que quien cae en desgracia termina en un calabozo y de allí a la muerte no hay muchos pasos.

La alta figura de Pedro se recorta en el vano de la ventana, los débiles rayos del sol lo envuelven dando un brillo especial a su cabello, sigue el hilo de la historia mientras hojea la libreta:

-Él es una persona muy querida en el palacio y la maledicencia de Isabel tiene pronta respuesta de la Princesa -joven bella y generosa- quien con un suave ademán impide que continúen los comentarios.

Este es un personaje pequeño pero de mucho peso- dice mirando a Alejandro-

La Princesa, con su dulzura, sabe que tiene poder de convicción sobre el padre, por ello insiste en la defensa. Con palabras elogiosas, presenta al médico como uno de los sabios más importantes de la corte y recuerda que fue él quien la salvó de la grave fiebre que padeciera  impidiendo que muriera. Está convencida de que este recuerdo cambiará la decisión del rey.

Pedro se  entusiasma  tanto con el tema que  olvida el transcurrir del tiempo; la oficina se llena de sombras, y el bostezo de Alejandro lo vuelve a la realidad. Suspira, sonríe y pregunta:

-¿Te parece una buena base para la historia?

 

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Christian Shloe

Caos en la oficina

-Es Juan, el hombre que reparte la correspondencia, enloqueció y cree que lo están acosando.

El desorden lo cubre todo, la gente corre desesperada mientras unos yacen en el suelo. El caos es tan grande que solo piensan en salvarse.

Desde mí puesto de observador miro como en una película lo que está sucediendo a mí alrededor. No puede ser Juan quien haya sacado el arma y disparado a mansalva. Lo veo a diario, recorre las oficinas repartiendo la correspondencia, es un hombre tranquilo, que para cada uno de los empleados tiene una palabra amable.

Hoy vino desquiciado,  nos miró con desconfianza, y se sentía perseguido y gritaba frases incoherentes. Solo entendí  que se dirigió al gerente diciendo:

-¿Me ha estado observando? -inquirió con una mirada rencorosa dibujada en su cadavérico rostro.

 El gerente es un hombre que no acostumbra mentir.

-Confieso -dijo- que he observado su comportamiento y que ha despertado mi interés y curiosidad en el más alto grado.

El hombre sacó un revolver  que tenía oculto en el pecho, giró sobre si mismo y comenzaron los balazos.

-Es Juan, el hombre que reparte la correspondencia, enloqueció y cree que lo están acosando –me repito para que no me queden dudas.

Veo algunos compañeros tirados en el piso con graves heridas, otros escondidos tras los escritorios. ¿Yo?, estoy aquí detrás de él, oculto pues me molestaría mucho que me acosaran con preguntas; afortunadamente Juan no me ha visto. Las sirenas se escuchan muy cerca, los gritos continúan y yo sigo diciéndome, no vaya a quedar alguna duda:

-Es Juan, el hombre suave y cordial que todas las mañanas me da la correspondencia.

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Un día perfecto

 Estoy sentada en la terraza del Hotel Presidente, mirando en  derredor, buscando inspiración mientras espero a Rosario.

 A las ocho y media de la mañana el lugar se encuentra medianamente lleno. Las mesitas redondas vestidas con  manteles de colores pasteles y sillas vienesas aguardan a sus ocupantes. El día es hermoso, el sol apenas calienta y el viento trae el aroma del mar. Me gusta disfrutar de este momento mientras espero a Rosario.

 El mozo se acerca, apoya la bandeja en la mesa, corre apenas la copa donde descansa lánguida una rosa amarilla, para bajar el pocillo y servirme el humeante café. Respiro ese aroma mientras el líquido se escurre. Lo completa con un toque de leche que parece no querer mezclarse nunca; mientras tanto, varios platitos con diferente contenido  rodean la taza de café. Respiro profundamente y esa mezcla de aromas me invade, despertando el apetito. Espero que el mozo se retire y continúo con la misión.

 ¡Qué día tan bello!, es especial para la tarea que me he propuesto. Mi mirada se pierde entre las personas que comparten la terraza; busco con detenimiento aquellas que se asemejen a  los personajes del nuevo libro en el que estoy trabajando.

 Sí, allí está ella, sentándose en la mesita de la esquina, bajo una sombrilla. Bonita, de una sensualidad ingenua puede con una simple mirada decir más que cien palabras. Es perfecta, ella es  Rosario, el personaje principal de la novela. Mientras la observo, un hombre asciende por la escalinata, se para a su lado, cruzan unas palabras y se sienta frente a ella. Podría ser otro de los personajes, tiene la apariencia de un joven a quien las experiencias extremas han madurado rápidamente; el brillo de sus ojos es el de dos brazas candentes, un hombre apasionado que se juega  entero por aquello que ama.

 Saco mi libreta de apuntes y tomo notas, trato de ser discreta para no llamar su atención. El joven está muy nervioso, no puede dejar quietas las manos, el mozo se acerca, y él con ademán brusco le hace saber que no ordenará nada. ¿Qué estará pasando en esa mesa? Ella tiene un atisbo de sonrisa en el ángulo izquierdo de la boca y lo mira con curiosidad, analizando su reacción.

 El bullicio me distrae y, de pronto, el ruido que produce el corrimiento de una silla y el tono de voz alterado llaman mi  atención  y la de los demás concurrentes.

 En ese momento ella desliza un papel sobre la mesa. Discreta, mira en derredor quitando importancia a la situación. Se incorpora y con paso lento recorre la terraza. Tiene el raro ángel con que se nace y de ningún modo se aprende; las largas piernas le dan a su caminar una cadencia felina de la que ni ella misma se da cuenta, toda ella es expresividad. Pasa a mi lado dejando la estela de su perfume. Se desliza por las escalinatas y comienza a avanzar por la arena hacia la orilla del mar.

 Vuelvo la cabeza hacia la mesa que dejara y veo al hombre que la acompañaba con la cabeza hundida entre las manos, abatido.

 La gente conversa y ríe, disfrutan del desayuno y del lugar.

 ¿Yo?, sólo pienso en qué pudo haber ocurrido entre esas dos personas. ¿Quién es en la vida real mi Rosario?

 Me levanto dando por concluida la tarea, guardo la libreta, dejo una propina y desciendo los escalones hacia la playa, respiro lo más profundo que puedo hasta sentir mis pulmones cargados de ese aire puro, me quito los zapatos y hundo los pies en la arena. Que sensación maravillosa…

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Esculpido en piedra

       Los tres hombres cabizbajos, en una esquina de la sala velatoria, estaban abrumados por la situación. Comentaban los hechos y los dichos del pueblo sobre la tragedia. Las miradas ausentes no permitían hurgar en sus sentimientos.

      ¿Quién hubiera sospechado que el desenlace sería el suicidio?

      María y Pablo, una pareja hermosa, vivían alegremente en la casa de campo. El lugar  era rústico, de casas pobres de madera, con ese exterior tan descuidado que hace imaginar que su interior no es mejor, pero el paisaje,  es bonito: el riachuelo que corre a la vera, los prados de la otra orilla, y esos caseríos en medio de bosquecillos hacen soñar con un entorno mejor.

      La pareja se veía feliz  aun  en ese marco de pobreza, dedicaban sus días a las labores del establecimiento, siempre cordiales con los vecinos, siempre generosos y atentos.

Un día se sumó Flora, la hermana de María. Había enviudado muy joven,  sin oportunidad de tener hijos y, por solidaridad, la invitaron a convivir con ellos.

Flora era rara, rígida en sus modales y no hacía ningún esfuerzo por esconder el malestar que le provocaba la situación, podía decirse que no agradecía la mano que se le tendía a pesar de la estrechez de la familia.

La rutina se modificó, los días resultaron más largos y más pesados, el ambiente perdió la cordialidad original y como si esto fuera poco, Fernando, primo de Pablo, apareció una mañana calurosa.

      La llegada conmovió al matrimonio, una persona como él de mirada fría y carácter duro que se traslucía en sus gestos, acostumbrado a conseguir lo que se proponía sin importar cómo, no era de buen augurio.

      Al concluir la jornada, se sentaron los cuatro a la mesa, silenciosos, cada uno atento a su plato; sólo se escuchaba el tintineo de las cucharas al chocar contra el borde de los platos. El  golpe de la cuchara de Fernando al caer con fuerza hizo que las cabezas se levantaran a un tiempo.

El primo los estaba mirando con atención; con una mueca hosca les recriminó la vida que llevaban y…  llegó la frase esperada:

-No puedo esperar más, ¡quiero el dinero que me deben!, el plazo ya pasó sobradamente y tengo un comprador para la granja.

Por el rostro de María resbalaron lágrimas de impotencia, su esposo  la tomó de la mano  y miró a su primo; tristemente sentía que la vida se desplomaba; al fin  dijo con voz estrangulada:

-Por favor, Fernando, sólo un último plazo.

-No, ya esperé lo suficiente -fue la respuesta helada.

      Semejante noticia dio por terminada la cena, las mujeres lavaron los enceres y limpiaron la cocina, en silencio, mientras los primos seguían sentados envueltos en un frío mutismo. Al momento de ir a dormir, hubo cruce de saludos entre las hermanas; los primos no se  hablaron.

       El matrimonio apenas discutió lo necesario para confirmar que no  tenían el dinero para retener la granja,  ese hogar que por años los había cobijado y donde eran felices. Estaban sometidos a la decisión de Fernando. Pablo tenía una expresión extraña, ausente, sentía que el problema era sólo suyo por no haber luchado lo suficiente.

       Fue una larga noche, se revolvió en la cama hasta que su esposa se durmió. Se levantó con el mayor  sigilo, abrió el ropero, tomó la escopeta y marchó al riachuelo.

En el silencio de la noche se escuchó el ruido seco del disparo. María saltó de la cama y corrió al exterior, la siguieron Fernando y Flora.

Los gritos de María eran desgarradores, mientras abrazaba a su marido, acunándolo como si de esa forma fuera a despertarlo; a pesar de los esfuerzos, Flora no consiguió desprenderla.

¿Qué hizo Fernando? Mirar, sólo mirar. Su rostro parecía esculpido en piedra.

Lelia Di Nubila

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El símbolo

Es un día caluroso, Elisa y sus amigas se reúnen bajo la glorieta para oír música y hablar, es un lugar muy placentero, están tumbadas en los sillones, envueltas por el perfume de las flores y la vista perdida en el prado que se extiende hasta el horizonte, sólo el sonido de los pájaros las acompaña. Es el lugar preferido para las reuniones; allí pueden conversar libremente sin que las interrumpan. Entre tantos temas se  filtra una historia contada por Sara.

Tumbada en su asiento, casi desmayada, revuelve los cubos de hielo de su vaso con la punta de un dedo;  luego, lo lleva a la boca y dice:

 – Hace un tiempo, leí una novela que me impactó, quizás porque en ese momento estaba sensible. Los personajes tenían nombres muy particulares: ella, Enero; él, Macías. Ella   era una doncella de naturaleza sensual pero con alma de niña, pelo renegrido, suelto sobre sus espaldas, túnica envolvente y pies siempre descalzos. Tenía una debilidad: un bonsai cultivado en una bella vasija y que se encontraba  bajo la ventana de la sala; lo mimaba y hablaba con él como si fuera un amigo, le contaba sus secretos y, a vista de todos, parecía  que la planta le  devolvía la atención creciendo hermosa y saludable. En los momentos de tristeza se abrazaba a la vasija y la acariciaba suavemente.

Sara levanta la vista, mira a sus amigas con detenimiento para asegurarse de recibir la atención general y luego de un suspiro continúa:

– Macías  era demasiado bello para ser terrenal: la versión del ángel de la tentación, el óvalo del rostro perfecto, sus labios  tenían un toque de femineidad, los ojos almendrados, de un tono verdoso,  traslucían sus pensamientos y el pelo le caía  desordenado  dándole un toque aniñado que lo  hacía irresistible.

 Enero  vivía con su madre, una dama educada en la alta sociedad, de modales y conducta acorde a su posición a la que se le sumaba una inteligencia cultivada por los mejores profesores. Era una persona especial que cuidaba de su hija con esmero.

El trino de un zorzal distrae la atención. Elisa y su grupo de amigas aprovechan para disfrutar del refresco y, acomodándose en sus butacas, se vuelven a Sara que espera tranquila a que regrese el silencio.

– En una de las visitas a su enamorada, Macías se  acercó a la ventana para correr las cortinas; lo  hizo con tanta fuerza que la vasija  rodó al piso y la planta  mostró sus raíces desgarradas y el follaje semidestruido. Enero  cayó  con un grito desgarrador, desvaneciéndose. Su madre que  conocía la enfermedad, la  acunó mientras esperaron la llegada del médico.

Poco pudo hacerse con una criatura tan frágil, el médico  aconsejó reposo  y que no la  dejaran sola.

 Llegado a este punto el grupo de amigas se distiende y comienzan a apostar si Enero despertará o no. Sara las mira con una sonrisa comprensiva; las conoce y sabe que no pueden callar por mucho tiempo. El parloteo sigue por unos minutos más hasta que un gesto de Elisa logra silenciarlas. El relato continúa:

 – Macías se  culpó por   lo ocurrido, se  sentó junto a la cabecera del lecho con la mano de Enero entre las suyas y, prometiéndose salvarla, inició un relato de dioses y héroes que  lucharían por recuperarla de las profundidades. No se dio  cuenta del transcurrir del tiempo. Su mente  era un espacio inagotable de ideas que volcaba sin darse cuenta exactamente de lo que  decía. Las luces se  encendieron dejando ver largas sombras de la habitación, el joven continuó hablando mientras retenía la lánguida mano de Enero. Le ofrecieron alimento pero él,  apenas calló, sólo  movió la cabeza rechazándolo. El sin tiempo  invadió la casona. Las luces se apagaron con el amanecer y el leve chasquido  despertó a Macias que  continuó   con sus míticas historias. Al cuarto día, un leve suspiro y un parpadeo  indicaron que Enero regresaba a este mundo. Sonrió a su enamorado y le  contó que  había estado en las profundidades del mar y hasta allí alguien igual a él había bajado para narrarle bellas historias;  y que  si lo hacía durante tres días seguidos, el rey que la tenía prisionera la liberaría.

 Sara se para y se estira como desperezándose mientras dice:

 – El médico la auscultó, la encontró recuperada y sin síntomas  –levanta los brazos al cielo y exclama: “¡Oh Dios, como me falta un Macías!”

 La respuesta no se  hace esperar: un coro de carcajadas y el grupo de amigas  alza los vasos simulando un brindis.

Mi profesora de piano

Cuando veo un piano pienso en ella, mi profesora, sentada marcando la partitura y corrigiendo con su voz cascada de tanto fumar. Era muy expresiva, si estaba alegre inclinaba la cabeza hacia atrás y reía con todo el cuerpo, sus manos temblaban permanentemente, pero bastaba que se posaran en el teclado para que lo hiciera vibrar con una melodía clásica o un tango.

 Esther era muy personal. Amiga de mi madre, compañera de viajes y secretos. Ambas estaban solas y con hijos, pero hacían de sus vacaciones periodos de soltería; creo que juntas lograron ese punto de locura donde el bien y el mal se unen para redimirse.

 ¿Como la veo a la distancia? La veo como ese cuadro de McNeill Whistler donde la niña vestida primorosamente de blanco, con balerinas negras atadas a los tobillos y los brazos cruzados apoyados con suavidad en el piano escucha a la profesora ejecutar el instrumento; la dama tiene un aire místico, el pelo recogido en la nuca deja el rostro al descubierto y con él sus sentimientos que se traslucen con el correr de los dedos sobre el teclado. La mujer y la niña son la representación del amor y la admiración. Esa pintura me la recuerda por la magia que lograba despertar en mí.

 Esther era de estructura pequeña y cuerpo esbelto, lucía polleras muy ajustadas o pantalones que marcaban su silueta, y tenía la sonrisa pintada en el rostro.

 ¿Cómo la veo a la distancia?, igual, eternamente igual, los años no pasaron para ella, siempre estaba igual.

 Un día enfermó de gravedad y con Esther sufrió mi madre, se perdían sus encuentros, la memoria compartida. Llegó la jornada de la despedida y también se fue el corazón de mamá. Nunca volvió a ser la misma, con la amiga partió parte del alma. Los secretos tan bien guardados por tantas décadas, los amores de verano, todo quedó enterrado en lo profundo de su ser y reflotó la pena y el resentimiento que la acompañó en el último período.

 ¿Como recuerdo a Esther? Como a la gemela de mi madre en un período en que lo guardaron para sí, un tiempo que permaneció en la nebulosa. La evoco con la imagen que quedó grabada en mí… riendo, mientras su cuerpo se agita tembloroso.

Lelia Di Nubila

CUENCA, ESTOY ALLÍ… NO ME HE IDO

        Recorrí medio mundo, sin saber que encontraría. Lo único que conocía de España era una parte de mi familia que se desmembró y buscó otro rumbo, cuando en Argentina se vivía el peligro a diario, aunque muchos perteneciéramos a esa gran mayoría que se mantenía en la ignorancia, con nuestras rutinas, sin ver la trastienda.
España, algo tan lejano por años, sólo el hogar que cobijó a los míos.
Y llegó el día… fue un largo viaje… con el corazón oprimido esperamos en Barajas, con mi marido, que mi hermana nos buscara. Estaba parada frente a mí y no podía reaccionar. ¿Cuántos años habían pasado? Una década desde que nos había visitado, pero sentía que no nos habíamos separado, que no existía el tiempo entre nosotras.
Subimos y bajamos escaleras, subimos y bajamos subterráneos, caminamos por Madrid, todo dentro de una nebulosa, no era yo, era mi espíritu, el espíritu que se liberaba y descubría otro mundo, tan lejano a mi vida habitual.
Y por fin llegamos a Cuenca, la casa de mi hermana… nuestra habitación, a partir de allí nos miramos con mi esposo
y ninguno pudo expresar lo que sentía. Nos consideramos transportados a otra cultura, otro espacio que nada tenía que ver con nuestra Resistencia de origen.
Aún hoy cierro los ojos y camino por esas callecitas empedradas de la antigua Cuenca, me pierdo en sus pasadizos,
descubro sus edificios a los que los siglos no han podido quitar su majestuosidad. Abro una puerta y una pequeña Capilla con su Santo Patrono me envuelve en su espiritualidad. Camino un par de cuadras y un balcón me invita a disfrutar de una naturaleza pródiga, un vergel, rodeado de siglos, de puentes que cuelgan en el vacío casi infinito.
Estoy de vuelta en mi casa, pero una parte de mi ser quedó allá, quedó disfrutando de esas caminatas por callecitas
empinadas, estoy frente a la Virgen de las Angustias que impacta en su esplendor, estoy sentada en un barcito de la plaza rodeada de casas pintadas de colores vivos con sus balcones floridos sin perder su historia. Sí… me siento rodeada de una historia de siglos que me abraza cálidamente y ni los transportes con abuelos, niños, jóvenes, ni su bullicio, sus risas y su sorpresa empañan el espectáculo… es sólo el marco de uno de los cuadros más hermosos de mi vida.
Recorrer museos, sorprenderme con cada cosa que veo, ingresar a una casa colgante y sentir que estoy entre el cielo y el abismo y no tengo miedo. El pánico que nubla mi vida desapareció, ante tanta fortaleza.
Cuenca está allí al alcance de mi imaginación, nunca me fui una parte de mi ser sigue paseando por sus callejuelas…

Lelia Di Nubila del libro “Reconociéndonos”

Cuenca