Palabras Ausentes- Adolescencia- Cap.7

Vino cargada de dolores, incomprensiones, abusos. Pero para quienes tienen fe, ella los sostiene. Saltando piedras también hubo flores.
Los primeros enamoramientos, las fiestas, los amigos y los hermanos del alma que estaban para recoger las lágrimas.
Fue una adolescencia muy corta, no duró más de dos años. La vida hizo que madurara muy pronto y le robó ese periodo de irresponsabilidad y rebeldía tan necesario para afirmar la personalidad.
La historia se repetía mientras se mostraba como una adolescente casi normal, en su intimidad era muy madura y se refugiaba en la poesía. Las palabras calladas, los silencios, se manifestaban en poemas que eran su forma de comunicarse con el exterior. Cuánta palabra no pronunciada… cuánto silencio, cuanta ausencia no reclamada, por esa costumbre ancestral de ocultar historias aún dentro de la misma familia. Hechos considerados vergonzantes para los mayores pero que su importancia se diluye al compartirlos.
El tiempo libre estaba dedicado a la lectura, no importaba el tema, era preciso satisfacer la avidez de conocimiento y la necesidad infinita de evasión.
Las relaciones familiares eran cada vez más distantes y difíciles, la soledad alcanzó el punto de intentar el suicido como escape.

Pero alguien desde arriba vigila y tiene otros planes, no permitió que ese fuera el fin.
Como en un sainete mientras la tragedia ocurre puertas adentros en el exterior todo brillaba como en vidriera. A veces se vestían como mellizas: igual tela, similar modelo pero diferente color. Era costumbre usar las cosas de su madre: sus zapatos y medias, abrigos, el maquillaje y la bijou copiando su estilo recargado en el arreglo, se disfrazaba de mujer. No había observaciones por parte de ella, parecía no ver.
Estas actitudes a la distancia parecen psicóticas, pero en su momento, no llamaba la atención que imitara a la madre que le originaba temor y vergüenza.
Llegó el primer y único amor, otro problema en ese inestable núcleo familiar, no era aceptado. La violencia familiar se agudizó pero el amor permite enfrentarse a lo imposible no importa los costos. Y luchó con ellos. Esa familia que no había podido contenerla no le quitaría lo mejor que le había regalado la vida.
Los amigos envidiaban la libertad y la autonomía con que se movía, lo que no sabían era que ello disfrazaba el abandono y desinterés en que había sido criada.
Pero, para poder vivir debe existir un cierto equilibrio y ya tenía aprendido como sostenerse, no sólo adoptaba mamás ahora adoptaba familias y se refugiaba en ellas. Quizás su problema era percibido porque siempre era recibida como un miembro más y protegida como tal.
El padre, una figura lejana, a la que cada vez veía menos, pero más amaba y más defendía. Era el puerto de amor de su vida. Fue quien le enseñó que no se necesitan golpes ni ofensas para marcar límites, que con palabras dulces y tristes podía lograrse mucho más. Representaba sus raíces.
Él le inculcó el respeto a la familia grande, a querer a sus antepasados y a aquellos familiares que no conocía pero sus historias formaban parte de la memoria colectiva.

La madre, era lo más peculiar, aunque viviera con ella toda su vida no la conocía, había levantado un muro de silencios y secretos, por aquello de que: “… hay cosas que no se dicen, que deben mantenerse ocultas en la intimidad”.
La relación con ella era muy inestable, saltaba de la risa al llanto con demasiada frecuencia, creando un estado mental de intolerancia y permanente crítica. Le costaba vislumbrar si lo que las unía era cariño o miedo. El temor era el sentimiento que prevalecía. Tanta rebeldía acumulada por la incomprensión minó la relación madre-hija.
Los años pasaron, los estudios universitarios no fructificaron, causando un regreso a la casa materna con más alboroto del predecible.
A partir de aquí podríamos ingresar a la juventud, aunque ella ya estaba presente desde hace bastante tiempo.
Era una existencia muy extraña, no se media por parámetros normales, las distintas etapas se superponían, se truncaban, se vivían paralelamente con la confusión y marcas que quedan plasmadas en la personalidad.
Todo muy difícil, sobreviviendo…

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Palabras Ausentes-Cap.6

Se dio cuenta que aunque ocurrieran cosas desagradables se puede crecer, con muchas cicatrices pero haciéndose la promesa que tendría una familia distinta, una familia feliz, como la que representaba cuando jugaba con los lápices de colores, donde papá y mamá estaban juntos y querían mucho a sus hijitos. No repetiría errores.
Fue difícil crecer bajo el sometimiento, la amargura y el rencor, ya llegaba la adolescencia pero la infancia no se quería ir. Era el anclaje de una psiquis perturbada, era la casa protectora. Fue una transición larga donde convivieron ambas etapas. Para los demás era una adolescente, en su intimidad se encerraba y jugaba con sus muñecas como una niña.
Le costó hacer amigas, no podía abrirse y solo lograba compartir momentos, temporadas… pero más temprano o más tarde ese lazo se rompía.
Por más esfuerzo que hiciera en atarse a la niñez, la naturaleza era más fuerte y se impuso. Triunfó la adolescencia y
   con pena tuvo que dejar marchar la niñez, regalando sus juguetes y muñecas, menos una, la más linda y querida que su papá le regalara cuando cumplió doce años. Esa muñeca la acompañó por el camino de la vida.
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Palabras Ausentes-Cap.5

Su madre consideró que tenía mucho tiempo libre y había que ocuparlo en algo más que juegos solitarios y lectura, un día apareció con un cuaderno pentagramado, lápiz y borrador y le entregó simplemente diciendo: “A partir de mañana vas a estudiar piano…”

Sintió miedo ante esta decisión pero la acató sin una palabra, sin un gesto. Obediente, tomó sus clases pero además de aprender a ejecutar un instrumento le sirvió para desarrollar sus habilidades educativas, ocupaba el tiempo ayudando a la profesora, dando clases a aquellos que estaban en un nivel más bajo.

No fue suficiente, su madre le incorporó el estudio de tejido y bordado en un colegio religioso. El resultado fue el mismo: ayudaba a atender los pequeños del jardín de infantes que allí funcionaba y luego, hasta que la buscaran al anochecer para el regreso a su casa, se unía a las monjas en la oración de la tarde. Era un cuarto muy acogedor, austero, sólo tenía unos bancos y una mesita pero se sentía muy confortada en ese círculo de paz.

La madre no lo entendió así, le parecía tiempo perdido, no veía resultado en el aprendizaje de las labores, ella no percibía que lo que estaba haciendo era el aprendizaje de la vida y del servicio. Las monjas que la comprendieron desde el primer momento, se dieron cuenta que allí era feliz e intentaron retenerla. Fue inútil cuando su madre se proponía algo no había retroceso.

Era más fácil su relación con los adultos que con los niños. Sorprendentemente el desparpajo y la desinhibición con la que los niños hablan la hacían sentir avergonzada y su timidez se agudizaba aún más. No podía compartir juegos porque no disfrutaba. Era un adulto escondido en el cuerpo de una niña.

Pero por suerte se abrió una nueva puerta. Por propia iniciativa pidió permiso para estudiar danzas y se lo concedieron, fue su logro personal. La conjunción de la música y la danza la hacían vibrar y vivir con toda su intensidad, podía expresar sus miedos y alegrías, sus dolores y fantasías. Fue el lenguaje que le permitió liberarse y la acompañó toda la vida.

Pero había algo que se mantuvo como una constante, su disociación, cuando debía enfrentar cosas difíciles se enroscaba en si misma, oía y veía todo a través de una ventana, escuchaba su voz y observaba desde afuera, desde el espacio.         

Sus mejores momentos eran cuando deambulaba por el campo como un animalillo salvaje, descalza y con pantaloncitos cortos, disfrutando con su amigo de correrías a la orilla de la laguna juntando conchillas que después decoraría. Volvía desgreñada, llena de arañazos de las plantas y moretones por los golpes pero conforme con la aventura, no se quejaba y su madre no lo notaba.

Adoraba la libertad y la lograba leyendo. Durante sus expediciones, eran los únicos momentos en que podía sentirla en la realidad, por ello se relacionaba mejor con varones, ellos no competían, ni lloriqueaban, compartían pequeños descubrimientos como grandes hechos históricos, ellos no preguntaban.

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Palabras Ausentes-Cap.4

La infancia transcurre con altibajos, con muchas piedras en el camino, las que sirvieron para que creciera espiritualmente y aprendiera que siempre alguien nos protege.
Una parte muy importante de la infancia transcurre en la escuela, para ella era una prueba diaria, resultaba muy difícil integrarse, la vivía desde afuera como espectadora.
Lo contradictorio era la participación que tenía en todos los actos patrios, no sólo en la escuela, también en aquellos que se realizaban en la plaza del pueblo con toda la pompa que se les otorgaba. Parecía que recitando, actuando o llevando una ofrenda floral, se transformaba y allí sólo estaban ella y su voz, disociadas, ella flotando en el aire mientras caminaba delante del público.
En ese instante no era la tímida niña, era otra persona que vivía el momento a través del vidrio de una ventana.
La vida tiene esas cosas, las aceptamos o sucumbimos y ella aprendió que en su refugio íntimo nadie podía herirla, allí todo era amor, calor, color y belleza, allí practicaba formando familias con elementos insólitos, familias felices, donde mamá y papá estaban juntos y protegían a sus hijitos.
Unas vacaciones en casa de papá le prestaron una caja llena de lápices de colores de todos los tamaños, para que se
entretuviera a la siesta sin molestar su descanso. Nunca había visto tantos lápices, ni esa gama de colores tan completa y contrariamente a lo que hubiera hecho cualquier niño que era pintar, ella los separó por colores y creo familias, los mosaicos de la cocina se transformaron en casas con sus diferentes habitaciones donde vivían los rojos, con sus familiares rosados y vecinos azules y amarillos. En tan fecunda imaginación la cocina se transformó en un barrio, con adultos y niños viviendo
las rutinas comunes a cada uno, conviviendo en un ambiente alegre y amoroso. Como siempre todo terminó mal, con una crisis de llanto de su hermana porque había tocado sus lápices.
En casa de su mamá su habitación se transformaba en escuela, colocaba en fila los medicamentos, ubicando los frascos de acuerdo al tamaño, los chiquitos delante y los grandes detrás. Podía pasar horas dándoles clase y haciendo hincapié en los modales que debían mantener.
Esos juegos infantiles fueron su escudo y perduraron en el tiempo más allá de la infancia.
¿Cuál era el motivo de esa transformación? Ni ella lo sabía y menos que ella los demás, porque estas situaciones eran de las que “… no se hablan, no se cuentan, no se pregunta”.
Existía un mandato tan fuerte que no era necesario averiguar, ya se sabía la respuesta.

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Palabras Ausentes -Cap.3

Sus hermanos, un tema especial. No se habían criado juntos ni los habían educado como tal, sólo eran hermanos porque la vida lo había decidido así, porque sus padres eran los mismos. No tenían nada en común, nada por compartir. Eran nómadas, no poseían un hogar estable y según las circunstancias cambiaban de residencia, tratando de sacar el mejor provecho en cada caso. Sólo en ocasiones convivían y en esas pocas oportunidades marcaron la diferencia, no eran iguales siempre estaba sometida a ellos.
Con papá de por medio se sentía protegida, era algo que sus hermanos detestaban, era la intrusa, y no faltaba oportunidad de hacérselo saber.
¿Por qué tan agresivos? Nunca lo supo, eran dañinos por naturaleza. Pero Dios sabe que nada es por generación espontánea, probablemente era una forma de autodefensa. Esa respuesta sólo ellos la tienen y nunca la compartieron.

Las temporadas de convivencia no dejaban buenos recuerdos, cada uno luchaba por su espacio sin importar cuanto podía invadir el del otro ni cuanto daño podía causar.
Invariablemente quedaron cicatrices, no solamente en el cuerpo, comunes a todo niño, también en el espíritu. Esas cicatrices que a pesar del tiempo, siguen doliendo. Esto se
compensaba con los hermanos del alma, con los que la vida recompensa y que acompañan incondicionalmente.

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Palabras ausentes-Cap.2 – Infancia

Transcurre mirada de afuera, entre risas y terror, entre amor y abandono. Sólo quedan imágenes de momentos vividos.
Son estampas de un álbum similar a aquellas tomadas por los viejos fotógrafos de las plazas –con trípode y cajón– escondiendo la cabeza detrás de una cortinilla negra que los
hacia más ilusorios, más mágicos. Son imágenes instantáneas que dejan vislumbrar una historia que se quiere esconder. Fotografías perfectas, donde todos sonríen, donde todo parece demasiado prolijo.
A partir de allí aprendió a buscar amor y amparo entre la gente que conocía y aún muy pequeñita comprendió que existen madres del corazón y madres biológicas. Lo hizo para sobrevivir, por necesidad, carecía de lo más importante: cariño y atención. Siempre, en cada lugar donde vivió, adoptó una mamá, personas que se quedaron por siempre en su corazón.
La vida no fue fácil, pero se hicieron costumbre: las vacaciones con papá donde sobraba amor y mimos y el resto del año con mamá viviendo como una sombra. La sombra de su madre, era extremadamente  tímida.
Los años pasaban, los hermanos iban y venían, eran nómadas en una familia atípica, situación que aceptaba pero no comprendía. Se refugió en juegos solitarios y en la lectura.
La lectura le abrió otros horizontes, un mundo fascinante, de diferentes culturas e historias de vida. La clásica literatura infanto-juvenil. Había agotado los libros de la biblioteca del pueblo en que vivía.
Fue una vida solitaria que le enseñó que “… hay cosas que no se dicen, no se cuentan, se sobrellevan muy escondidas en el interior de uno mismo”.

En tanto conoció personas que llevan una doble vida, que actúan diferente según la ocasión. Tristemente sufrió el abuso desde muy pequeña, cuando aún no podía discernir que pasaba. Con los años se dio cuenta que aquellos que debían cuidarla era quienes atentaban contra ella física y psicológicamente.
Pero “de eso no se habla…” no tiene quien la escuche, vive en su mundo, en el que se siente segura. Un mundo de fantasías.
Los años pasan a veces muy lentos, desfilan imágenes, algunas felices. Su mayor anhelo eran las vacaciones, allí veía a su papá, era su niña, tenía sus amigos que año tras año la esperaban y compartían momentos divertidos: navidades, reyes, festejaban su cumpleaños y se ponían tristes cuando llegaba la hora de la despedida. Cargaba su bolso de cuero, tan grande como ella y con él arrastraba la tristeza de una larga despedida.

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Palabras ausentes- Capítulo I


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Esta es una historia muy peculiar, todavía no puedo descifrar si la he vivido o el imaginario colectivo la grabó en mi memoria.
Es una historia de vida, de alguien a quien conozco mucho. Alguien cuyos recuerdos se disparan desde muy pequeña, en el patio de la casa familiar, corriendo con sus hermanos mayores y gritando a viva voz, disfrutando, riendo.
El siguiente recuerdo es penoso la tiene como testigo mudo de una discusión entre su madre y una desconocida. Ella sentada en el suelo con una bolsa de juguetes, en una casa diferente de habitaciones grandes y muebles antiguos, sombría y silenciosa salvo por esas voces disonantes y rostros serios que no comprende. En otra provincia…
Son estampas grabadas a fuego, únicas por su significado: era testigo inocente del cambio de vida de una familia que se disolvía, pero no tenía la suficiente edad para advertirlo.
A partir de allí el álbum imaginario da vuelta sus páginas, a veces lentamente, otras muy rápido. Es como una cortina que se va corriendo y deja ver ciertas cosas, y por la gracia de la naturaleza sólo muestra aquellas que menos daño hacen, matizadas con otras más traumáticas.
Si los adultos pudieran adentrarse en la mente de un niño, serian diferentes, verían las marcas indelebles que plasman en ellos, pensar de otro modo sería perverso.
La infancia, la infancia merece un capítulo aparte.

El sueño prometido

  Cada vez que toma entre sus manos esa caja de plata con incrustaciones de nácar, proveniente de India,  se sume en un temor desconocido; a la vez, que queda subyugada.

  Había sido un regalo de Carlos, para su último cumpleaños, y todo lo que viniera de él tenía un interés especial.

   Alejandra, sentada al borde de la cama,  recuerda a Carlos como un  hombre posesivo, de aspecto rudo, pero de amores intensos. No  había tenido reparos en enlistarse en el ejército de su Majestad, la Reina de Inglaterra, para sostener el poder de la Corona, en la India. Para él era una necesidad demostrar persisténtemente su virilidad, pero de la forma más extrema, la exacerbaba.

   Se pone de pie, camina hasta su tocador y se mira en el espejo;  en él ve reflejada a una mujer de una belleza especial: cabellos oscuros que destacan sobre una piel de porcelana; estas evocaciones la retrotraen a las miradas que recibía al ingresar a un sitio, cuando el vaivén de su vestido acompañaba el movimiento de su cuerpo. Desde muy niña  había sido el centro de la familia gracias al carácter alegre y extrovertido que  poseyera siempre, y desde el momento en que comenzó a asistir a reuniones sociales se destacó  más que su hermana, todos la rodeaban de atenciones que ella aceptaba con naturalidad.

  Un sólo error  había cometido en su vida: enredarse en esa relación amorosa con Carlos,  relación que duró apenas un suspiro, pero que la marcó. A partir de  entonces, se volvió  mesurada y cuidadosa en el trato con los hombres, prueba de ello fue su matrimonio con Eduardo.

   El matrimonio le brindó una vida cómoda y buena, pero no impidió que continuara unida a Carlos a través de las cartas, mediante  las cuales se enteraba de la vida llena de riesgos que llevaba su ex enamorado, y eso la emocionaba.

   Piensa en Eduardo, tan diferente de Carlos. Él es un hombre elegante, de una prolijidad extrema. Desde su boda con  él, no existen los imprevistos, su vida está organizada hasta en los pequeños detalles, esto la tranquiliza… pero las cartas de Carlos le provocan esas cosquillas por lo impensado, por la aventura.

   Se siente aletargada, producto del discurrir por el camino de los recuerdos, se vuelve  y se echa en la cama abrazada a la caja de plata. Paso a paso va del letargo al sueño y la caja de plata se transforma en un cofre que contiene una botella verde con un raro líquido, y  la promesa de que al beberlo podrán vivirse  los sueños más escondidos, compartidos con la persona amada… Carlos.

Se estremece en la cama, profundamente dormida; desesperada, ve a su marido recriminándole por el abandono y rogándole que regrese al hogar que conformaron con tanto esfuerzo. Carlos, desde una esquina, con su risa sarcástica, agita la botella llena de promesas. Se encuentra tironeada por estos dos hombres que representan  pasado  y  presente de su vida. La decisión le resulta muy difícil.

  Ve una figura en las sombras que observa la escena: es su padre, quien con expresión dolorida le pide que regrese.

  Gira sobre si misma, se estira y lentamente  despierta; mientras lo hace, le parece escuchar a su padre que susurra a lo lejos:

  -¿Tomará ella la decisión de despertar?

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George Friedrich Kersting