Historia de Familia · Mundo Onírico · Relatos · Sueños compartidos

Sueños compartidos: Mateo

  Mateo tiene por costumbre verbalizar sus sueños y muchas veces tienen una interpretación libre, como  en este caso…

    La Argentina estaba destruida y había  zombis….muchos zombis que comían a los hombres. Corríamos y corríamos y unos zombis comían a los dinosaurios….y un tiranosaurio rex zombi casi comió a papá y a mamá.  Ya de día encontramos  una chica y un chico, nos quedamos allí…y después se sacaron la máscara y eran zombis y pum comieron a Emma y Agustin, yo tenía una pistola pequeña y piuf …piuf,  los maté, solo quedé yo y me convertí en superhéroe. Fin

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Mundo Onírico · Relatos

Sueños

Los sueños van, los sueños vienen, totalmente dispares entre si, casi a diario.

Esta vez recibí la donación de una casona, fue tanta la alegría cuando me enteré que no veía la hora de ir a conocerla. Estaba en medio de un pueblito, en medio de la nada. Cuando la vi….me enamoré,  era una casona de estilo italiano de puertas y ventanas altas al igual que su techo, parecida a algunas antiguas estaciones ferroviarias,  pintada de blanco, llena de telarañas y me dijeron «es suya  la  casona y el poco terreno que la rodea».

Me gustó aun así y pensé la quiero; no quiero venderla. La quiero…la quiero pintada de rosa fuerte…la quiero vestida con muebles de mimbres, algunos muebles antiguos y una  hamaca colgante afuera.

Me parecía el lugar exacto de descanso, donde pasar días mirando el cielo, escuchando el arrullo de los pájaros y haciendo lo que más me gusta… escribir, leer, tejer.

Quiero caminar… caminar  esas callecitas tranquilas…¿Será sólo  un sueño, o es una señal?

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Cuentos y Relatos · RelatosTrágicos

Esculpido en piedra

       Los tres hombres cabizbajos, en una esquina de la sala velatoria, estaban abrumados por la situación. Comentaban los hechos y los dichos del pueblo sobre la tragedia. Las miradas ausentes no permitían hurgar en sus sentimientos.

      ¿Quién hubiera sospechado que el desenlace sería el suicidio?

      María y Pablo, una pareja hermosa, vivían alegremente en la casa de campo. El lugar  era rústico, de casas pobres de madera, con ese exterior tan descuidado que hace imaginar que su interior no es mejor, pero el paisaje,  es bonito: el riachuelo que corre a la vera, los prados de la otra orilla, y esos caseríos en medio de bosquecillos hacen soñar con un entorno mejor.

      La pareja se veía feliz  aun  en ese marco de pobreza, dedicaban sus días a las labores del establecimiento, siempre cordiales con los vecinos, siempre generosos y atentos.

Un día se sumó Flora, la hermana de María. Había enviudado muy joven,  sin oportunidad de tener hijos y, por solidaridad, la invitaron a convivir con ellos.

Flora era rara, rígida en sus modales y no hacía ningún esfuerzo por esconder el malestar que le provocaba la situación, podía decirse que no agradecía la mano que se le tendía a pesar de la estrechez de la familia.

La rutina se modificó, los días resultaron más largos y más pesados, el ambiente perdió la cordialidad original y como si esto fuera poco, Fernando, primo de Pablo, apareció una mañana calurosa.

      La llegada conmovió al matrimonio, una persona como él de mirada fría y carácter duro que se traslucía en sus gestos, acostumbrado a conseguir lo que se proponía sin importar cómo, no era de buen augurio.

      Al concluir la jornada, se sentaron los cuatro a la mesa, silenciosos, cada uno atento a su plato; sólo se escuchaba el tintineo de las cucharas al chocar contra el borde de los platos. El  golpe de la cuchara de Fernando al caer con fuerza hizo que las cabezas se levantaran a un tiempo.

El primo los estaba mirando con atención; con una mueca hosca les recriminó la vida que llevaban y…  llegó la frase esperada:

-No puedo esperar más, ¡quiero el dinero que me deben!, el plazo ya pasó sobradamente y tengo un comprador para la granja.

Por el rostro de María resbalaron lágrimas de impotencia, su esposo  la tomó de la mano  y miró a su primo; tristemente sentía que la vida se desplomaba; al fin  dijo con voz estrangulada:

-Por favor, Fernando, sólo un último plazo.

-No, ya esperé lo suficiente -fue la respuesta helada.

      Semejante noticia dio por terminada la cena, las mujeres lavaron los enceres y limpiaron la cocina, en silencio, mientras los primos seguían sentados envueltos en un frío mutismo. Al momento de ir a dormir, hubo cruce de saludos entre las hermanas; los primos no se  hablaron.

       El matrimonio apenas discutió lo necesario para confirmar que no  tenían el dinero para retener la granja,  ese hogar que por años los había cobijado y donde eran felices. Estaban sometidos a la decisión de Fernando. Pablo tenía una expresión extraña, ausente, sentía que el problema era sólo suyo por no haber luchado lo suficiente.

       Fue una larga noche, se revolvió en la cama hasta que su esposa se durmió. Se levantó con el mayor  sigilo, abrió el ropero, tomó la escopeta y marchó al riachuelo.

En el silencio de la noche se escuchó el ruido seco del disparo. María saltó de la cama y corrió al exterior, la siguieron Fernando y Flora.

Los gritos de María eran desgarradores, mientras abrazaba a su marido, acunándolo como si de esa forma fuera a despertarlo; a pesar de los esfuerzos, Flora no consiguió desprenderla.

¿Qué hizo Fernando? Mirar, sólo mirar. Su rostro parecía esculpido en piedra.

Lelia Di Nubila

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Relatos

El símbolo

Es un día caluroso, Elisa y sus amigas se reúnen bajo la glorieta para oír música y hablar, es un lugar muy placentero, están tumbadas en los sillones, envueltas por el perfume de las flores y la vista perdida en el prado que se extiende hasta el horizonte, sólo el sonido de los pájaros las acompaña. Es el lugar preferido para las reuniones; allí pueden conversar libremente sin que las interrumpan. Entre tantos temas se  filtra una historia contada por Sara.

Tumbada en su asiento, casi desmayada, revuelve los cubos de hielo de su vaso con la punta de un dedo;  luego, lo lleva a la boca y dice:

 – Hace un tiempo, leí una novela que me impactó, quizás porque en ese momento estaba sensible. Los personajes tenían nombres muy particulares: ella, Enero; él, Macías. Ella   era una doncella de naturaleza sensual pero con alma de niña, pelo renegrido, suelto sobre sus espaldas, túnica envolvente y pies siempre descalzos. Tenía una debilidad: un bonsai cultivado en una bella vasija y que se encontraba  bajo la ventana de la sala; lo mimaba y hablaba con él como si fuera un amigo, le contaba sus secretos y, a vista de todos, parecía  que la planta le  devolvía la atención creciendo hermosa y saludable. En los momentos de tristeza se abrazaba a la vasija y la acariciaba suavemente.

Sara levanta la vista, mira a sus amigas con detenimiento para asegurarse de recibir la atención general y luego de un suspiro continúa:

– Macías  era demasiado bello para ser terrenal: la versión del ángel de la tentación, el óvalo del rostro perfecto, sus labios  tenían un toque de femineidad, los ojos almendrados, de un tono verdoso,  traslucían sus pensamientos y el pelo le caía  desordenado  dándole un toque aniñado que lo  hacía irresistible.

 Enero  vivía con su madre, una dama educada en la alta sociedad, de modales y conducta acorde a su posición a la que se le sumaba una inteligencia cultivada por los mejores profesores. Era una persona especial que cuidaba de su hija con esmero.

El trino de un zorzal distrae la atención. Elisa y su grupo de amigas aprovechan para disfrutar del refresco y, acomodándose en sus butacas, se vuelven a Sara que espera tranquila a que regrese el silencio.

– En una de las visitas a su enamorada, Macías se  acercó a la ventana para correr las cortinas; lo  hizo con tanta fuerza que la vasija  rodó al piso y la planta  mostró sus raíces desgarradas y el follaje semidestruido. Enero  cayó  con un grito desgarrador, desvaneciéndose. Su madre que  conocía la enfermedad, la  acunó mientras esperaron la llegada del médico.

Poco pudo hacerse con una criatura tan frágil, el médico  aconsejó reposo  y que no la  dejaran sola.

 Llegado a este punto el grupo de amigas se distiende y comienzan a apostar si Enero despertará o no. Sara las mira con una sonrisa comprensiva; las conoce y sabe que no pueden callar por mucho tiempo. El parloteo sigue por unos minutos más hasta que un gesto de Elisa logra silenciarlas. El relato continúa:

 – Macías se  culpó por   lo ocurrido, se  sentó junto a la cabecera del lecho con la mano de Enero entre las suyas y, prometiéndose salvarla, inició un relato de dioses y héroes que  lucharían por recuperarla de las profundidades. No se dio  cuenta del transcurrir del tiempo. Su mente  era un espacio inagotable de ideas que volcaba sin darse cuenta exactamente de lo que  decía. Las luces se  encendieron dejando ver largas sombras de la habitación, el joven continuó hablando mientras retenía la lánguida mano de Enero. Le ofrecieron alimento pero él,  apenas calló, sólo  movió la cabeza rechazándolo. El sin tiempo  invadió la casona. Las luces se apagaron con el amanecer y el leve chasquido  despertó a Macias que  continuó   con sus míticas historias. Al cuarto día, un leve suspiro y un parpadeo  indicaron que Enero regresaba a este mundo. Sonrió a su enamorado y le  contó que  había estado en las profundidades del mar y hasta allí alguien igual a él había bajado para narrarle bellas historias;  y que  si lo hacía durante tres días seguidos, el rey que la tenía prisionera la liberaría.

 Sara se para y se estira como desperezándose mientras dice:

 – El médico la auscultó, la encontró recuperada y sin síntomas  –levanta los brazos al cielo y exclama: “¡Oh Dios, como me falta un Macías!”

 La respuesta no se  hace esperar: un coro de carcajadas y el grupo de amigas  alza los vasos simulando un brindis.