¿Qué como estoy hoy? Estoy… Ahora somos hermanas, hablamos de papá y mamá, muy pocas palabras… las necesarias, ella sigue en su mundo y yo en el mío, pero compartimos música.

¿Qué como estoy hoy? Estoy… Ahora somos hermanas, hablamos de papá y mamá, muy pocas palabras… las necesarias, ella sigue en su mundo y yo en el mío, pero compartimos música.

Para quienes traspasamos la mitad de nuestra vida, hay experiencias que se repiten y nos hacen revivir otras que fueron dolorosas pero de las que guardamos vivencias ricas.
Hoy me enfrento con la misma situación que pasé con mis padres, por momentos trato con un bebé y al rato hablamos del novio que está rondando. No importa el tema…es enriquecedor, porque la relación que tuvimos durante muchísimos años se transforma, los roles cambian y solo podemos agradecer a Dios estar allí para acompañarlos en esos diálogos extraños donde el pasado y el presente se juntan y a veces nos miran como a simples desconocidos, pero eso no importa…solo resta agradecer.
Me miras tan triste…
Me miras sin ver…
Eres mi padre, el padre que amo y amaré.
Ya no me reconoces,
y yo no te reconozco.
Miro tu rostro y en el se reflejan los golpes que te dio la vida.
Tu cuerpo tan frágil y etéreo
no se parece a aquel otro,
voluminoso y de caminar cansino.
Poso mis manos en tu cabeza,
acaricio tu cuerpo,
Tus ojos se cierran y te relajas.
Estás en paz.
Noviembre de 2004-libro Reconociéndonos

Experimentar la pérdida de un ser querido es muy doloroso. Hay dos formas de transitar el camino. Cuando la sentimos directamente nosotros y cuando nos trasciende a través de un hijo.
La pérdida de nuestros padres por ejemplo nos arranca de cuajo el corazón y podemos abandonarnos al dolor, caer cuanto sea necesario, ausentarnos por el tiempo necesario, no existir y volver lentamente. Pero cuando la pérdida nos trasciende a través de un hijo, ese tiempo no existe…el dolor debemos llevarlo en silencio, no tenemos tiempo para llorar, primero está nuestro hijo a quien debemos acompañar en este camino. El dolor que sentimos es muy profundo pero no podemos permitir que nos inmovilice.
Así transcurrió este año, fue una experiencia única, te tuve día a día, con el dolor de mi hijo, de los nietos, en las anécdotas, en las risas. Me costó mucho llorarte, debía ser fuerte…ser el hombro en que se apoye Pablo para no derrumbarse, mirarte a través de él y los nietos, continuar sus vidas. Es un camino duro y lo hice lo mejor que pude, porque nadie nos enseña cómo actuar en estas circunstancias, surge instintivamente y como siempre aprendemos de nuestros errores.
Hoy se cumple un año desde que Dios decidió llevarte y creo que no te lloré lo suficiente, no hubo ninguna posibilidad de que me abandonara al dolor. Te fuiste luchando, a pesar de lo inesperado de tu partida, el último domingo compartido dijiste que sólo pedías un año más de vida, que ya sentías cumplida tu existencia. Cuando pregunté por tus hijos tu respuesta fue clara “para eso están ustedes…los abuelos” y nada hacía presagiar lo que ocurriría salvo ese profundo presentimiento de pérdida que yo sentía y que lo interpreté erróneamente mientras hablaba del tema con vos, que hacías de mi confidente.
Gracias por los años compartidos, por los nietos que me diste y por acompañarme cada día de este año que pasó. ¡¡Te extraño Mosa!!
Hoy hace ochos años que tu vida se apagó, fue duro, me quedé sin memoria, ya había perdido raíces con la partida de papá, quedé flotando sin saber a que asirme para no caer… y caí, muy profundo, tan profundo que costó remontar vuelo.
Pero no te fuiste, quedaste a mi lado y me acompañaste en sueños, mientas dormía teníamos largas conversaciones… y a partir de entonces aprendí otra forma de comunicación, están… no sólo en el recuerdo estático de una fotografía o una anécdota, están en el día a día…
En estos ocho años participaste de mi vida, me aconsejaste, me contaste cosas y hablamos de aquellas otras que nunca habíamos compartido. Gracias por acompañarme, te espero en ese espacio de tiempo entre el todo y la nada, en la nebulosa del sueño. Hasta luego…
Camino pausadamente por el sendero arbolado, al final está la casa paterna. Hay algo en esa visión que me detiene: los muros pálidos y las ventanas cerradas que se guardan misteriosos a los ojos del visitante.
Mis pasos se hacen cada vez más lentos, quiero prolongar el tiempo que me queda para llegar a la puerta, muda protectora de sus moradores.
Las piernas me tiemblan y parece que pisara en el vacío, sin avanzar; la figura de la casa paterna me provoca pánico y una pared invisible impide que llegue. Siento los latidos del corazón en la garganta, la vista nublada y mis manos… mis manos se agitan en el aire con desesperación. Paro… respiro profundo, tan profundo como mis pulmones me lo permiten, masajeo los brazos, las piernas, mientras me repito como un latiguillo:
-Debo llegar, debo entrar.
Estoy agotada y triste, con esa tristeza permanente que queda como secuela de la depresión causada por la pérdida de un ser querido, y los libros son los únicos compañeros en esta crisis, hundirme en la lectura me permite flotar en el tiempo y olvidar por momentos ese dolor que se enclaustró en mi alma y no quiere desaparecer.
La casa está muy ligada a la imagen de mi padre. Ese anciano de cabeza cana y ademanes calmos que con su estampa llenaba cualquier habitación donde se encontrara; la voz grave podía henchirse de ira ante la injusticia, en explosiones de un minuto que lo dejaban exhausto, o tomar el matiz de la caricia cuando decía palabras tiernas.
Desde su muerte no he podido volver. Apenas lo despedí tomé las vías que serpentean entre la arena y las matas, arraigadas con fuerza para evitar que el fuerte viento las desplace. Así me sentía yo, como las matas, arraigada a su recuerdo.
La estación está solitaria, es el hito que sortean los hijos del pueblo que se van o aquellos que regresan al hogar con la cabeza baja y el corazón dolorido. Las vías del tren serpentean entre la arena hasta el infinito.
Aquellas vías, encarnan el desgarramiento que produjo en mí la partida de mi padre.
Durante todo este tiempo me vi sentada a la vera del mar, de espaldas al mundo, acompañada sólo por las remembranzas. Evoco sus palabras llenas de ternura, los consejos acertados, a pesar de que me negaba a aceptarlos por la terquedad de mis años.
Ahora, con la cabeza entre las manos, ansío la posibilidad de volver al pasado como esas aguas que lamen la arena y vuelven mansas al mar. Me abrazaría a él y lucharía con el destino para que no lo arranque de mi lado. Con la voz desgarrada pregunto por enésima vez:
– ¿Padre, dónde estas?
Lelia Di Nubila
-Memorias de una Princesa-
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Escribo para sanar el corazón.
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Este es el blog de Chelo Puente, donde descubrirás algo sobre mí a través de las palabras escritas y leídas.
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Ese tiempo desperdiciado no se recupera, piensa bien lo que haces.