Despedida

Dos años,

Dos años significan poco en el almanaque común,

pero en el del corazón,

son mucho, mucho más largos.

 

Dos años de aquel día, comienzos de clase

en que te vi como una más de nosotras.

 

¿Te acuerdas Antonia?

La algarabía cundía en las filas.

 

Pasaron días y días,

días de alegría,

días de tristeza,

pero todos… días de compañerismo.

 

Hoy seguimos juntas

pero por muy poco tiempo.

Ha llegado el momento en que nuestros caminos,

como aquellos que enmarañan el mapa,

se dirigen a rumbos distintos.

En esa bifurcación hay un cartel que dice: ADIÓS

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Hasta siempre Ino

Mientras estábamos solas, conversando…hablando yo, y vos respondiendo con un movimiento de cabeza, Ennia nos acompañaba, tu respiración se aceleró, mi inquieté, llamé con urgencia a mi marido y en minutos teníamos la emergencia en casa sin darme cuenta  corrí detrás de la camilla, trepé a la ambulancia y continué hablándote.

Después de unas horas pudimos visitarte, ya no estabas allí, tu mirada estaba vacía y supe que te estaba despidiendo. Decidiste partir en la primera hora del 5 de abril y sentí que cumpliste tu deseo. Te quedaste con nosotros. Quienes mejor describieron tu adiós fueron tu nieto y tu biznieta:

CERRASTE EL CIRCULO.

Llegaste a El Zapallar muy joven, con una sonrisa rubia, y una historia bajo el brazo que no quedó en tu paraguayo Pilar natal sino que permaneció en tus pupilas hasta que un día un ser de luz a quien amo abrió esa puerta y tu historia de niña salió a borbotones.

Tu adoración por tu padre Ernesto, ese hombre trabajador y emprendedor de ojos celestes; tu respeto a la instransigente madre Eulogia; la admiración por tus hermanas mayores “Evangelina” (la morocha grandota) y “Pochó” (rubia de ojos claros) y el vago recuerdo de un niño gateando. “Pachín” o “Papachín”.

Sembraste tu simiente en General San Martín con siete sueños que se multiplicaron y desperdigaron detrás de mejores oportunidades pero siempre volvieron a vos, aunque sea por unos días.

Creaste una familia poco convencional, con hijos que no se pelean, que no se recelan, que no se envidian, que pueden estar separados a miles de kilómetros pero están pendientes entre sí, que comparten amor, dolores y hasta algunos silencios que no necesitabas enterarte. Para qué.

Y eso se replicó en decenas de nietos que nos conocemos, nos disfrutamos y con la adultez nos redescubrimos. A veces es difícil describir las ramas porque en vez de un árbol somos una telaraña, una inmensidad de redes unidas que con cada anécdota se fortalece.

Nos diste un apellido y una identidad, y de golpe somos más de 300 Mujica interrelacionados por redes sociales y mensajes telefónicos. Un esfuerzo de amor que regresó a vos multiplicado porque te permitió cerrar tu historia, conocer a tu hermano Dahomey (si, el “Pachín”) y la voz tras el teléfono de la más pequeña Maura Graciela, cuyo hobby es acunar a todos desde la distancia.

Quizás la adultez nos roba la inteligencia de la niñez, la más pura, la genuina, la que me ayudó a entender este momento…

Abril, “la bailarina” me dijo anoche -“la Ino cerró el circulo, porque cuando sos viejita ya fuiste feliz y viste crecer a tus nietos asi que se va a ir en paz.”

Seguramente a esa hora vos ya habías descubierto el único secreto que tus hijos se guardaron para que no sufras, porque seguramente Carlos y “el Flaco” estaban sentados a cada lado de la cama mientras vos expirabas en paz.

Allá estás ahora plantando eternamente las pencas de ananá con el abuelo Ernesto y corriendo por las habitaciones de la vieja casa junto a Eva y Pochó. Y entre nosotros, te pido un favor: -cuidame a mi Mosita.

Yo por mi lado te agradezco por mi viejo, por la gran familia. Por hacerlos buena gente y laburantes que es cosa difícil en estos años. Te agradezco el Apellido y las últimas charlas

Hasta dentro de un rato abuela Inocencia. Vos ya cerraste el círculo, nosotros ya vamos para allá.

Foto de Pablo Mujica.
Pablo Mujica

Cuando nuestros seres queridos comienzan a despedirse.

Para quienes traspasamos la mitad de nuestra vida, hay experiencias que se repiten y nos hacen revivir otras que fueron dolorosas pero  de las que guardamos vivencias ricas.

Hoy me enfrento con la misma situación que pasé con mis padres, por momentos trato con un bebé y al rato hablamos del novio que está rondando. No importa el tema…es enriquecedor, porque la relación que tuvimos durante muchísimos años se transforma, los roles cambian y solo podemos agradecer a Dios estar allí para acompañarlos en esos diálogos extraños donde el pasado y el presente se juntan y a veces nos miran como a simples desconocidos, pero eso no importa…solo resta agradecer.

Emma y el abanico

De pronto  Tomás recordó que  había guardado un abanico que encontrara, semanas atrás, sobre el escritorio. Abrió el cajón  y con el objeto en sus manos dejó volar la imaginación.

Era similar al que usara la señora de Sánchez y Pardo ¡qué familia tan extraña! Demasiado formales, el padre es profesor de música; la madre,  una mujer dedicada a la atención del hogar y al cuidado de las niñas, siempre con un estilo distante, sin demostrar cariño…eso quedaba para el padre… ella era quien debía hacer cumplir las reglas de la buena conducta.

Sí, los  rememoró como si estuviera volviendo a ver  una estampa. El día en que debió concurrir a la casa para llevar un recado, lo recibieron en la salita. Lucía, la señora, sentada en la silla, muy erguida sin tocar el respaldo, se abanicaba con energía, y apenas deslizó:

– ¿Cómo se encuentra su señora madre? –más por cumplido que por verdadero interés.

– Recuperándose de unas dolencias –respondió Tomás, que se sentía intimidado ante esa presencia.

Las niñas, dos hermosas jovencitas dóciles y bien educadas disfrutaban de los momentos de distracción con el padre; porque era él quien le daba calor y colorido a ese hogar. En esa oportunidad se encontraban sentadas en un sofá de terciopelo. Daban la impresión de posarse en él con la levedad de dos mariposas, las manitas juntas y los dedos cruzados como dispuestas para ser retratadas.

Don Gervasio, un hombre amable, se interesó por el bienestar de la familia de Tomás y fue quien llevó el hilo de la conversación, mientras la esposa soportaba con disgusto la escena haciendo flamear las varillas del abanico.

Durante esa visita Tomás se preguntó: ¿Cómo un elemento tan bonito y elegante podía convertirse en algo torpe en las manos de una mujer? Mientras lo hacía, lo abría y lo agitaba, continuaba con el hilo de las evocaciones.

Repentinamente, la puerta se abrió y en el vano se recortó Emma, la Nana. De ella emanaba calidez y dulzura, Tomás entendía que en ese momento se enamoró. Las niñas se transformaron, cobraron vida y en el rostro de Don Gervasio se dibujó una sonrisa

Emma era la encargada de llevarlas al conservatorio de danzas clásicas, una determinación tomada por el padre para cultivar el arte en esas mentes vírgenes y un modo de separarlas de la rígida educación impartida por la madre. Las clases de ballet eran más que eso, era un soplo de libertad. La Nana que se ocupaba de mostrarles la belleza del  mundo exterior, despertaba en las niñas un cariño incondicional.

Con el leve crujir del tafetán y las manitas tendidas en un saludo circunspecto las niñas se despidieron:

-Adiós Señor, mucho gusto en conocerlo -y con la ligereza de las mariposas desaparecieron entre los pliegues de la falda de Emma.

La mirada de Emma y esa sonrisa fueron la promesa que le hiciera volver a la casa de los Sánchez y Pardo.

Ve el abanico y tras él se dibujaba la silueta de su esposa.

Lelia Di Nubila

El regreso

Camino pausadamente por el sendero arbolado, al final está la casa paterna. Hay algo en esa visión que me detiene: los muros pálidos y  las ventanas cerradas que se guardan misteriosos a los ojos del visitante.

Mis pasos se hacen cada vez más lentos, quiero prolongar el tiempo que me queda para llegar a la puerta, muda protectora de sus moradores.

Las piernas me tiemblan y parece que  pisara en el vacío, sin avanzar; la figura de la casa paterna me provoca pánico y una pared invisible  impide que llegue.  Siento los latidos del corazón en la garganta, la vista nublada y mis manos… mis manos se agitan en el aire con desesperación. Paro… respiro profundo, tan profundo como mis pulmones me lo permiten, masajeo los brazos, las piernas, mientras  me repito como un latiguillo:

-Debo llegar, debo entrar.

Estoy agotada y triste, con esa tristeza permanente que queda como secuela de la depresión causada por la pérdida de un ser querido, y los libros son los únicos compañeros en esta crisis, hundirme en la lectura me permite flotar en el tiempo y olvidar por momentos ese dolor que se enclaustró en mi alma y no quiere desaparecer.

La casa está muy ligada a la imagen de mi padre. Ese anciano de cabeza cana y ademanes calmos que con su estampa llenaba cualquier habitación donde se  encontrara; la voz grave podía henchirse de ira ante la injusticia, en explosiones de un minuto que lo dejaban exhausto, o tomar el matiz de la caricia cuando decía palabras tiernas.

Desde su muerte no he podido volver. Apenas lo despedí tomé las vías que serpentean entre la arena y las matas, arraigadas con fuerza para evitar que el fuerte viento  las desplace. Así me sentía yo, como las matas, arraigada a su recuerdo.

La estación está solitaria, es el hito que sortean los hijos del pueblo que se van o aquellos que  regresan al hogar con la cabeza baja y el corazón dolorido. Las vías del tren serpentean entre la arena hasta el infinito.

Aquellas vías, encarnan el desgarramiento que produjo en mí la partida de mi padre.

Durante todo este tiempo  me vi  sentada a la vera del mar, de espaldas al mundo, acompañada sólo por las remembranzas. Evoco sus palabras llenas de ternura, los consejos acertados, a pesar de que me negaba a aceptarlos por la terquedad de mis años.

Ahora, con la cabeza entre las manos, ansío la posibilidad de volver al pasado como esas aguas que lamen la arena y vuelven mansas al mar. Me abrazaría a él y lucharía con el destino para que no lo arranque de mi lado. Con la voz desgarrada pregunto por enésima vez:

– ¿Padre, dónde estas?

Lelia Di Nubila

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Despedida

Acongojado la miro. Lucía, triste  y con  expresión totalmente ausente,  la cabeza inclinada, mirando un punto inexistente se aferra a mi mano para no caer; es la imagen misma del dolor. Siento una rara sensación, no sé discernir quién de los dos es el más fuerte, parece que nos sostuviéramos mutuamente.

La noticia de la muerte de su madre llegó inesperadamente, la sabíamos enferma pero no esperabamos un desenlace tan rápido.

Observo a Lucía y no puedo dejar de ver en ese rostro a Laura; es igual a ella, y los recuerdos me atormentan aún más.

Laura, de una belleza inigualable, con  larga cabellera rubia que suelta o recogida en una trenza era el marco perfecto. ¿Cuántas veces caminamos juntos por los senderos del jardín? ¿Cuántas veces besé su mano sintiendo el temblor que le producía? No lo sé, pero había tanta pasión en ese beso que lograba trasmitirle todo el amor que en mí cuerpo estallaba.

Fue inútil nuestro amor compartido; la familia buscaba un excelente matrimonio para su única hija y yo no era el mejor partido. Sólo era un joven noble que había perdido riqueza en una desafortunada vida de despilfarros. Era inexperto y me dejé llevar por las amistades, vivíamos cada día como si fuera el último, mis padres lo perdonaban todos y creían que si disfrutaba de los placeres de la vida luego sería un buen esposo, un esposo sosegado y austero.

En algo tuvieron razón: cuando perdí a Laura me convertí en un hombre sosegado y austero, pero de un solo amor. Nunca pude encontrar otra mujer, viví  en la sombra, a la sombra de su familia, disfruté alegrías y la acompañé en los pesares.

La imagino durmiendo el sueño eterno en aquella habitación que conocí cuando la visité durante  la enfermedad. Su cama que se recorta en el centro del ambiente con una imagen angelada en la cabecera;  ese rincón preferido, la pequeña mesa y una banqueta con todo lo necesario para escribir. La imagino durmiendo, pero imagino a mi Laura. La Laura que conocí hace veinte años.

La presión de la mano de Lucía,  me trae a la realidad. Laura se nos fue. Laura ya no está.

Lelia Di Nubila