Porque en tus últimos días nos dijimos
tantas veces cuánto nos queríamos,
porque, te acaricié y te dije al oído
lo que no te había dicho en una vida,
porque el dolor de tu última mirada fue la despedida.
Pensé que me costaría menos cortar raíces.
Pero dolió, fue como si te estuviera pariendo.
Y cada nuevo día arrastro mi cuerpo
por la casa queriendo volar nuevamente.
La otra noche volviste,
con tu cuerpo etéreo me envolviste como cuando era niña,
besaste mis mejillas.
Y te vi… Padre, sentada en la cama,
te vi partir con una sonrisa…
Estoy acostada, la madrugada está avanzada y mis fantasmas me rodean.
Lentamente mi mente vuelve al pasado; mi madre está parada a la vera de mi cama, se cobija a mi lado. Sé que ya no está, vi cuando su cuerpo descendía a la fosa en ese turbador ataúd, pero el espíritu no quiso marchar y ronda por las noches.
Recorro mi vida, las imágenes saltan en mi derredor, alucino y el tiempo discurre sin medida. Hago un gran esfuerzo y vuelvo a la realidad pero me quedo colgada en un lejano recuerdo que recurrentemente retorna mientras duermo:
“Una pequeña niña sujeta a la mano de su madre camina por las calles con paso rápido y en silencio, tratando de no perder ese contacto que la hace sentir segura. La mujer, ensimismada sólo trasmite su presencia jugando con sus largas uñas en las yemas de sus dedos, es un movimiento imperceptible e inconsciente”.
Ese leve contacto va más allá de mi imaginación y mis sueños, es una sensación internalizada, lo intuyo y como un eco me repito:
-“Esa niña fui yo”
El cuadro me retrotrae, en un juego irreal, a la relación con mi madre. Hasta su último día fui esa chiquilla que con pasos rápidos perseguía un vínculo ideal.
Las horas pasan, con los ojos abiertos añoro el peso de los párpados como anuncio de que el descanso está por llegar, pero se hace rogar y el juego continúa.
Busco palabras para expresar lo que siento y me resulta muy difícil. Nada fue sencillo. Mi existencia fue una continuidad de pruebas a sortear y los golpes dolieron, y dolieron mucho.
Como una técnica de defensa mi mente creó esos periodos de ausencia, que no sé si son descansos o pérdidas; vuelvo de ellos pidiendo permiso para ocupar mi espacio como si nunca me hubiera pertenecido. Durante ese tiempo fui la hija de mis hijos y me apena mucho.
-¡Oh, Señor…!- musito en el silencio- dame paz.
Se que no es tan simple, he rogado a Dios por años, y no he aprendido a escucharme, quizá deba comenzar perdonando y perdonándome y reiniciar el camino con quienes quedan a mi lado.
El dolor se hace intenso cuando pienso en mis padres, el rol de ellos quedó inconcluso, partieron porque el destino así lo quiso y porque en sus largas vidas habían cumplido su etapa, no para mí, me cuesta aceptar y no puedo cerrar el círculo; me faltan raíces y memoria.
Vuelve la niña con pasitos rápidos colgada de la mano de su madre y siento la presión en las yemas de los dedos, que tortura…, un escalofrío me recorre.
Giro en la cama buscando alivio y veo la espalda de mi esposo que descansa con placidez, se me presenta la necesidad de despertarlo para escuchar su voz tranquilizadora pero se que es un pensamiento egoísta, regreso a la postura anterior, me distiendo respirando con lentitud, las imágenes se van perdiendo, la niña se desdibuja como si una nube la cubriera, mis párpados pesan…
Frágil figura, de un pasado tierno.
Dulce palabra, de una infancia triste.
Único sobreviviente de una generación ida,
la de los “abuelos”.
Te has ido también tú, a acompañar la soledad
de quien durante tantos años,
esperó tu retorno a la tierra.
Pequeña silueta que en tus noventa y tantos…
cargados de sabiduría,
volviste a ser niño.
Hijo, de tus hijos.
Caprichos ingenuos de niño enfermo,
la voz cascada por tantos años.
No me olvides, yo aquí te estoy queriendo…
¡Abuelo!
Me miras, te miro,
somos dos desconocidos estudiándonos.
La vida tiene esas cosas Padre,
Yo envejezco y tú vuelves a ser niño.
Eres un niño asustadizo pero con voz cascada.
Eres tú,
el padre que siempre adoré,
y no te reconozco.
Cierro los ojos, esto es un sueño,
todo volverá a ser como antes.
Dios en su grandeza, me está regalando más tiempo
y no sé aprovecharlo.
Cierro los ojos, te veo, con esa mirada
que pide clemencia,
y siento un dolor tan profundo
que me cuesta contener las lágrimas.
Eres tú.
El padre que marcó mi vida,
te estás despidiendo, de a poco, de a puchos.
Nos decimos cuanto nos queremos,
nos besamos, te acaricio, das las gracias, sin reconocerme.
Cierro los ojos, esto es un sueño,
todo volverá a ser como antes.
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