Cierro los ojos conteniendo la respiración y allí está su mirada fija en mí. Rueda una lágrima en mi rostro mientras otra brilla en el suyo. Señora de la Macarena cuídalo…
Hay hechos que ocurren en la vida de una mujer muy difíciles, tristes, oscuros, pesados.
Cuando se es niña se calla por miedo, cuando crecemos por culpa, porque creemos que nosotras somos culpables de los que nos pasó.
Cuando ya somos más grandes, hemos dado vuelta el recodo de la vida, sabemos que eso no es así… sabemos que no somos responsables de NADA de lo que nos ocurrió…y es el momento en que tenemos ganas de gritar el abuso que hemos sufrido…el acoso que hemos sufrido…
No importa si se trata de una persona cercana. ¿Por qué callar, por qué seguir callando?
¿Por mandato? Siento que es mejor liberarnos del peso, dejar que fluya y limpiar nuestra alma de culpas, que no son tales.
Hay muchos libros que explican los pasos del duelo, pero nadie te dice lo duro que puede ser. No soy psicóloga, ni tengo una preparación especial.
Soy una mujer común que ha transitado la vida golpeándose y aprendiendo, cayendo… cayendo hasta tocar fondo y levantándose tambaleante.
La lectura y los psiquiatras fueron de relativa ayuda, tuve que vivir paso a paso y reconstruirme lentamente hasta que llegó el día en que me sentí entera.
Pero aprendí… y me di cuenta que habían sanado mis heridas el día en que dejé de recordar la fecha de sus muertes para celebrar sus cumpleaños.
A partir de allí, conviven conmigo en las alegrías y las tristezas para acompañarme, aconsejarme en sueños y compartir.
Hoy puedo recordarlos con una sonrisa, evocar anécdotas, sentirme sensible, percibir unas lágrimas resbalar por mi rostro, pero no hay dolor en ello.
Estoy haciendo terapia dormida, en ese estadio del sueño liviano previo al despertar me escucho hablar de todas las cosas pasadas, no se porque… no entiendo. Lo único que siento es la tristeza que me embarga cuando abro los ojos y no están ahí…
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