Amor y Amistad · Pensamientos · Reflexiones

Los amigos de la vida

Aquellos que han sido nuestros compañeros de colegio,de travesura, algunos perdidos en el camino, pero siempre queda el grupo que nos acompaña el resto de nuestras vidas. Los otros que coleccionamos en el devenir de los años y suben y bajan de nuestras vidas, tanto como curvas nos depara el destino.

Hay lazos muy fuertes y otros esporádicos. Están aquellos a quienes nos une un lazo fuerte pero temporario y quedan en la anécdota y en la sonrisa que se nos dibuja al recordarlos.

Y están esos otros, pocos, a quien quizás no vemos mucho, pero son de roca viva y podemos asirnos  a ellos cuándo las aguas se vuelven turbulentas. Ellos siempre están y sabemos que tienen brazos fuertes para sostenernos.

Aquellos amigos que la vida nos regaló con los que lloramos abrazados y reímos hasta el cansancio. Aquellos a los que no necesitamos verlos todos los días para saber cuanto nos queremos. Brindo por ustedes mis amigos de siempre ¡chin…chin!

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Cuentos y Relatos

La obra de teatro

Con pasos lentos recorre la sala con un libro apretado en sus manos. Pedro comenta a su amigo Alejandro el bosquejo de la obra que intenta escribir, la misma estará ambientada en el siglo XVII:

-En esa época, el pueblo no tenía la más mínima educación, ni existía la intimidad ni el respeto; se vivía expuesto y con temor. Se mezclaban la doncella con la comadrona, el anciano con el rufián, el caballero con el granjero. Todos estaban  agobiados por los impuestos que debían pagar para cubrir la vida pródiga de los Señores.

Pedro se acerca al escritorio revuelve unos papeles y toma una libreta de apuntes. Es alto y esbelto. Tiene una mirada penetrante e inteligente. Se sienta en el borde del escritorio  y continúa:

-El protagonista principal es un hombre sumiso, acostumbrado a pasar horas estudiando, alejado de la vida mundana. De modo encubierto, apoya la lucha contra la diferencia de clases sociales; sin embargo, su postura es puramente intelectual. Es considerado la inteligencia del grupo, respetado por sus pares y por las clases bajas que se suman al movimiento. Además, es médico y pelea por evitar muertes provocadas por las epidemias que resultan de esa vida promiscua y carente de higiene.

Levanta la vista, mira a Alejandro para asegurarse que le está prestando atención.

-El segundo protagonista, partícipe importante del grupo, es representante fiel del hombre del siglo XVII, con barba, bigote y cabello largo y desprolijo, que cae sobre los hombros,  viste la infaltable chaqueta de piel. En ese rostro cetrino se destacan sus ojos de mirada desconfiada. Alejado de las creencias religiosas, lucha contra el poder de la iglesia. Tú me entiendes, ¿verdad? –dice consultando a su amigo-. Es lo que llamamos un idealista, su fe está ligada a la igualdad de clases y a acabar con las artimañas de los poderosos. De él se puede decir que está librando una lucha heroica sin final previsible.

Se acerca al ventanal y por un minuto queda cautivado por la maravillosa estampa del sol perdiéndose en el ocaso. Con una sonrisa, camina hacia el sillón que ocupa Alejandro y le ofrece un cigarrillo, Agita la cabeza y vuelve a hablar:

-Este último personaje tiene una debilidad, el amor por Elizabeth. Ella es una mujer educada en la riqueza, pero de una sencillez que no  afecta la relación con los demás. Su figura inspira respeto y en la mirada se refleja comprensión por el sufrimiento ajeno. Lleva una doble vida: participa del grupo social al que pertenece, y a través del hombre que ama, ayuda a la revolución.

Alejandro se remueve en el sillón para cambiar de posición y  toma el  vaso de whisky que está en la mesita ratona mientras sigue con atención el relato.

-La situación se ve agravada cuando Isabel, una cortesana de la época, en una reunión importante, denuncia ante el rey las actividades del protagonista principal. Le susurra que el médico investiga con la alquimia, nuevos remedios mágicos, y que los usa con gente del pueblo. Tal acusación enfurece al rey, quien que imparte la orden de detención inmediata. Todos saben que quien cae en desgracia termina en un calabozo y de allí a la muerte no hay muchos pasos.

La alta figura de Pedro se recorta en el vano de la ventana. Los débiles rayos del sol lo envuelven dando un brillo especial a su cabello, mientras sigue el hilo de la historia  hojeando la libreta:

-Él es una persona muy querida en el palacio y la maledicencia de Isabel tiene pronta respuesta de la Princesa -joven bella y generosa-, quien con un suave ademán impide que continúen los comentarios. Este es un personaje pequeño, pero de mucho peso- dice mirando a Alejandro-. La Princesa, con su dulzura, sabe que tiene poder de convicción sobre el padre; por ello insiste en la defensa. Con palabras elogiosas, presenta al médico como uno de los sabios más importantes de la corte y recuerda que fue él quien la salvó de la grave fiebre que padeciera  impidiendo que muriera. Está convencida de que este recuerdo cambiará la decisión del rey.

Pedro se  entusiasma  tanto con el tema que  olvida el transcurrir del tiempo. La oficina se llena de sombras y el bostezo de Alejandro lo vuelve a la realidad. Suspira, sonríe y pregunta:

-¿Te parece una buena base para la historia?

 

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Christian Shloe
Relatos

El símbolo

Es un día caluroso, Elisa y sus amigas se reúnen bajo la glorieta para oír música y hablar, es un lugar muy placentero, están tumbadas en los sillones, envueltas por el perfume de las flores y la vista perdida en el prado que se extiende hasta el horizonte, sólo el sonido de los pájaros las acompaña. Es el lugar preferido para las reuniones; allí pueden conversar libremente sin que las interrumpan. Entre tantos temas se  filtra una historia contada por Sara.

Tumbada en su asiento, casi desmayada, revuelve los cubos de hielo de su vaso con la punta de un dedo;  luego, lo lleva a la boca y dice:

 – Hace un tiempo, leí una novela que me impactó, quizás porque en ese momento estaba sensible. Los personajes tenían nombres muy particulares: ella, Enero; él, Macías. Ella   era una doncella de naturaleza sensual pero con alma de niña, pelo renegrido, suelto sobre sus espaldas, túnica envolvente y pies siempre descalzos. Tenía una debilidad: un bonsai cultivado en una bella vasija y que se encontraba  bajo la ventana de la sala; lo mimaba y hablaba con él como si fuera un amigo, le contaba sus secretos y, a vista de todos, parecía  que la planta le  devolvía la atención creciendo hermosa y saludable. En los momentos de tristeza se abrazaba a la vasija y la acariciaba suavemente.

Sara levanta la vista, mira a sus amigas con detenimiento para asegurarse de recibir la atención general y luego de un suspiro continúa:

– Macías  era demasiado bello para ser terrenal: la versión del ángel de la tentación, el óvalo del rostro perfecto, sus labios  tenían un toque de femineidad, los ojos almendrados, de un tono verdoso,  traslucían sus pensamientos y el pelo le caía  desordenado  dándole un toque aniñado que lo  hacía irresistible.

 Enero  vivía con su madre, una dama educada en la alta sociedad, de modales y conducta acorde a su posición a la que se le sumaba una inteligencia cultivada por los mejores profesores. Era una persona especial que cuidaba de su hija con esmero.

El trino de un zorzal distrae la atención. Elisa y su grupo de amigas aprovechan para disfrutar del refresco y, acomodándose en sus butacas, se vuelven a Sara que espera tranquila a que regrese el silencio.

– En una de las visitas a su enamorada, Macías se  acercó a la ventana para correr las cortinas; lo  hizo con tanta fuerza que la vasija  rodó al piso y la planta  mostró sus raíces desgarradas y el follaje semidestruido. Enero  cayó  con un grito desgarrador, desvaneciéndose. Su madre que  conocía la enfermedad, la  acunó mientras esperaron la llegada del médico.

Poco pudo hacerse con una criatura tan frágil, el médico  aconsejó reposo  y que no la  dejaran sola.

 Llegado a este punto el grupo de amigas se distiende y comienzan a apostar si Enero despertará o no. Sara las mira con una sonrisa comprensiva; las conoce y sabe que no pueden callar por mucho tiempo. El parloteo sigue por unos minutos más hasta que un gesto de Elisa logra silenciarlas. El relato continúa:

 – Macías se  culpó por   lo ocurrido, se  sentó junto a la cabecera del lecho con la mano de Enero entre las suyas y, prometiéndose salvarla, inició un relato de dioses y héroes que  lucharían por recuperarla de las profundidades. No se dio  cuenta del transcurrir del tiempo. Su mente  era un espacio inagotable de ideas que volcaba sin darse cuenta exactamente de lo que  decía. Las luces se  encendieron dejando ver largas sombras de la habitación, el joven continuó hablando mientras retenía la lánguida mano de Enero. Le ofrecieron alimento pero él,  apenas calló, sólo  movió la cabeza rechazándolo. El sin tiempo  invadió la casona. Las luces se apagaron con el amanecer y el leve chasquido  despertó a Macias que  continuó   con sus míticas historias. Al cuarto día, un leve suspiro y un parpadeo  indicaron que Enero regresaba a este mundo. Sonrió a su enamorado y le  contó que  había estado en las profundidades del mar y hasta allí alguien igual a él había bajado para narrarle bellas historias;  y que  si lo hacía durante tres días seguidos, el rey que la tenía prisionera la liberaría.

 Sara se para y se estira como desperezándose mientras dice:

 – El médico la auscultó, la encontró recuperada y sin síntomas  –levanta los brazos al cielo y exclama: “¡Oh Dios, como me falta un Macías!”

 La respuesta no se  hace esperar: un coro de carcajadas y el grupo de amigas  alza los vasos simulando un brindis.

Recuerdos DeInfancia · Sensaciones y Sentimientos

Mi profesora de piano

Cuando veo un piano pienso en ella, mi profesora, sentada marcando la partitura y corrigiendo con su voz cascada de tanto fumar. Era muy expresiva, si estaba alegre inclinaba la cabeza hacia atrás y reía con todo el cuerpo, sus manos temblaban permanentemente, pero bastaba que se posaran en el teclado para que lo hiciera vibrar con una melodía clásica o un tango.

 Esther era muy personal. Amiga de mi madre, compañera de viajes y secretos. Ambas estaban solas y con hijos, pero hacían de sus vacaciones periodos de soltería; creo que juntas lograron ese punto de locura donde el bien y el mal se unen para redimirse.

 ¿Como la veo a la distancia? La veo como ese cuadro de McNeill Whistler donde la niña vestida primorosamente de blanco, con balerinas negras atadas a los tobillos y los brazos cruzados apoyados con suavidad en el piano escucha a la profesora ejecutar el instrumento; la dama tiene un aire místico, el pelo recogido en la nuca deja el rostro al descubierto y con él sus sentimientos que se traslucen con el correr de los dedos sobre el teclado. La mujer y la niña son la representación del amor y la admiración. Esa pintura me la recuerda por la magia que lograba despertar en mí.

 Esther era de estructura pequeña y cuerpo esbelto, lucía polleras muy ajustadas o pantalones que marcaban su silueta, y tenía la sonrisa pintada en el rostro.

 ¿Cómo la veo a la distancia?, igual, eternamente igual, los años no pasaron para ella, siempre estaba igual.

 Un día enfermó de gravedad y con Esther sufrió mi madre, se perdían sus encuentros, la memoria compartida. Llegó la jornada de la despedida y también se fue el corazón de mamá. Nunca volvió a ser la misma, con la amiga partió parte del alma. Los secretos tan bien guardados por tantas décadas, los amores de verano, todo quedó enterrado en lo profundo de su ser y reflotó la pena y el resentimiento que la acompañó en el último período.

 ¿Como recuerdo a Esther? Como a la gemela de mi madre en un período en que lo guardaron para sí, un tiempo que permaneció en la nebulosa. La evoco con la imagen que quedó grabada en mí… riendo, mientras su cuerpo se agita tembloroso.

Lelia Di Nubila

Cuentos y Relatos · Sentimientos

A la luz de los leños

Acompañado por mi amigo ingresé al palco del teatro Orfeo de Madrid; estábamos decididos a disfrutar de la obra que tan buenas críticas había conseguido.

Santiago, mi amigo, tiene dos particularidades bien definidas: ojos pequeños de mirar soñador con un dejo de tristeza, y un rictus nervioso en su boca, además viste elegante y peina el pelo ensortijado  hacia atrás, con sencillez. Yo soy lo opuesto, y creo que por eso nos llevamos tan bien, nos complementamos.

Ubicados ya en nuestras butacas nos distrajimos mirando a la gente, inclinando la cabeza al cruzar  miradas con alguien conocido. Un leve murmullo en el palco contiguo llamó nuestra atención, y… ¡vaya sorpresa!: Sofía hizo su aparición.

Sofía es una digna representante de la mujer de alta sociedad, cuya educación tan refinada le quita  naturalidad a su expresividad. No es bella, tiene una sonrisa eterna que no se condice con la mirada misteriosa de esos bellos ojos celestes. Inmediatamente nos reconoció y su sonrisa se hizo más amplia, levantó con sutileza una mano en señal de saludo.

Rememoré los días de la Universidad y dije:

-¿Te acordás de las noches pasadas en casa de Sofía, estudiando las benditas matemáticas?

– ¡Cómo no hacerlo! –respondió Santiago-, si iban acompañadas de aquellas exquisitas comidas.

– Sí, es cierto, conformábamos un grupo estupendo, hasta que me enamoré de ella y vos te alejaste.

Santiago se calló.

Puesto que me encontraba sentado en el límite entre ambos palcos, escribí unas líneas detrás del programa y se lo alcancé a Sofía. Ella lo leyó y asintió.

-¿De qué se trató eso? -preguntó Santiago.

– La invité a que se nos uniera al final del espectáculo.

Miré a mi amigo y al encontrarlo  taciturno,  perdido en su mundo, me recordó viejas épocas.

Las luces se apagaron, el telón se levantó y luego del nutrido aplauso se hizo silencio, sólo se escucharon las voces de los actores que con su histrionismo lograron nuestra completa atención.

Ya en el final de la obra, miré de reojo a mi amigo y lo noté distraído. En ese momento concluyó y el público expresó su agrado con un prolongado aplauso. Volvieron las luces y salimos del palco.  Fuera esperaba Sofía que se colgó de nuestros brazos y, así escoltada, bajó las escaleras mientras discutíamos el rumbo a tomar;  ganó, por decisión de la mayoría, la casa de Sofía.

El trayecto es corto, los hombres fuimos en silencio y sólo se escuchaba el parloteo de ella. Su casa es la misma que visitábamos de jóvenes: la casa de sus padres.

Charlamos animadamente mientras  comíamos unos bocaditos y tomábamos unas copas de vino. Me sorprendieron las miradas furtivas entre Sofía y Santiago. Traté de concentrarme en los leños de la chimenea en tanto decidía qué hacer. Algo ocurría entre ambos. Algo los incomodaba. Con mi mejor sonrisa solté:

-¿Qué está pasando aquí que yo desconozco?

Los colores no tardaron en subir al rostro de Sofía y con un imperceptible gesto, esperó a que fuera Santiago quien lo explicara.

Él se tomó su tiempo, cruzó las piernas, bebió un largo sorbo de vino, introdujo la mano en el bolsillo y la abrió ante mis ojos. En  su palma estaba el camafeo del que Sofía jamás se desprendía.

Los miré en silencio, me levanté del sillón donde me encontraba hundido, reí hasta las lágrimas, los abracé y me senté a un costado y ellos se tomaron  las manos. En ese momento comprendí algo que tuve frente a mí por años sin darme cuenta: el amor que Santiago tenía por Sofía, algo tan simple pero que él se ocupó de mantener escondido.

La noche fue envejeciendo, yo  escuché la historia contada por ambos, que se miraban como tórtolas, y la luz de los leños encendidos proyectaba tres contornos contra la pared de la recámara.

Lelia Di Nubila