El Pánico

El pánico, ese enemigo que se ha infiltrado solapadamente en nuestro cerebro y vive allí adormecido. En ese rincón oculto hasta que algún  disparador lo saca a la superficie.

El puede lograr desequilibrarnos hasta hacernos creer que moriremos en un instante.

Una pesadilla en nuestras vidas que nunca nos abandona totalmente, podemos aprender técnicas  para sobrellevarlo, algunos dicen que lograron superarlo, sanar. No tengo esa suerte. Puedo intentar olvidarlo , pero siempre habrá un momento en que me dice “aquí estoy”.

Si yo no lo recuerdo no existió

Esa frase  me la dice siempre uno de mis hijos cuando le recuerdo las travesuras que hizo de niño. Esa frase que forma parte de nuestras reuniones y provoca risas  también puede contener su lado gris ,  hay muchas cosas que para ellos no existieron porque yo no les dije para evitar que se preocuparan. Aun cuando veían una mamá tirada en la cama descompuesta mi respuesta era no hay que preocuparlos y llegué a darle el nombre de “chiripiolca” extraída del programa del Chavo, programa que ellos miraban, de allí pasé ser la abuela chiri cuando vino el primer nieto, porque mis descomposturas eran casi a diario, y sé que fui un peso muy grande para mi familia.

Muchas veces por evitar preocupar a los hijos quitamos importancia a las cosas que nos pasan  hasta llegar al límite en que ya no somos capaces de manejarnos por nosotros mismos, de caer tan profundo que podemos llegar a trasformarnos en un ente al que todos miran con lástima.

Si hubiera sido realista con ellos y les hubiera contado que una vez subiendo las escaleras del edificio en el que trabajaba en el 3º piso (escalera que subía y bajaba todos los días) cuando llegué apenas pude caminar unos pasos porque todo giraba ante mi y no veía lo que tenia delante, caminé lentamente y pedí una silla para sentarme a “descansar”, cuando me sentí un poco mejor, agradecí y fui a mi lugar de trabajo con el solo comentario de que me había “cansado”.

Si les hubiera contado que al salir de la odontóloga y caminar tres cuadras para tomar el colectivo el mundo  me daba vueltas y el corazón latía a mil en  mi garganta , paré un remis y fui a ovillarme en mi cama esperando que pasara.

Si les hubiera contado que cuando volvía del trabajo, bajé del colectivo , caminé dos cuadras y me sentía tan ahogada por la falta de aire y las palpitaciones que la media cuadra que faltaba para llegar a casa fue un siglo en mis espaldas…caminar dos pasos parar, caminar dos pasos parar…hasta que pude golpear la puerta y caer en el primer sillón que encontré ante la mirada sorprendida de mi marido quien nunca comprendió lo que me pasaba.

Tardé muchos años en recuperar mi vida, mediando internaciones traumáticas en la unidad coronaria, pero ya era tarde, había perdido parte del crecimiento de mis hijos, vivencias de la familia, había perdido mi espacio en el hogar. Todos esos años de lucha en los que muy pocos me acompañaron, no sólo habían dejado lagunas en mis recuerdos, me habían restado espacio en mi hogar. Para mi familia la vida había continuado y se adaptaron a ella cada uno a su manera, pero faltaba alguien y ese alguien era yo. Es difícil reclamar un espacio que mi esposo y mis hijos habían ocupado por la necesidad natural,  la vida no para, transcurre, y nadie te devuelve lo perdido.

De muchas cosas me siento responsable… fui yo quien decidió no asustar a los chicos, fui yo quien quiso protegerlos, lo que nunca pensé es que lo pagaría tan caro.

Si,  nuestros hijos deben saber lo que nos pasa  de acuerdo con su edad y comprensión y tratando de no alarmarlos, pero deben conocer la verdad.

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El regreso

Camino pausadamente por el sendero arbolado, al final está la casa paterna. Hay algo en esa visión que me detiene: los muros pálidos y  las ventanas cerradas que se guardan misteriosos a los ojos del visitante.

Mis pasos se hacen cada vez más lentos, quiero prolongar el tiempo que me queda para llegar a la puerta, muda protectora de sus moradores.

Las piernas me tiemblan y parece que  pisara en el vacío, sin avanzar; la figura de la casa paterna me provoca pánico y una pared invisible  impide que llegue.  Siento los latidos del corazón en la garganta, la vista nublada y mis manos… mis manos se agitan en el aire con desesperación. Paro… respiro profundo, tan profundo como mis pulmones me lo permiten, masajeo los brazos, las piernas, mientras  me repito como un latiguillo:

-Debo llegar, debo entrar.

Estoy agotada y triste, con esa tristeza permanente que queda como secuela de la depresión causada por la pérdida de un ser querido, y los libros son los únicos compañeros en esta crisis, hundirme en la lectura me permite flotar en el tiempo y olvidar por momentos ese dolor que se enclaustró en mi alma y no quiere desaparecer.

La casa está muy ligada a la imagen de mi padre. Ese anciano de cabeza cana y ademanes calmos que con su estampa llenaba cualquier habitación donde se  encontrara; la voz grave podía henchirse de ira ante la injusticia, en explosiones de un minuto que lo dejaban exhausto, o tomar el matiz de la caricia cuando decía palabras tiernas.

Desde su muerte no he podido volver. Apenas lo despedí tomé las vías que serpentean entre la arena y las matas, arraigadas con fuerza para evitar que el fuerte viento  las desplace. Así me sentía yo, como las matas, arraigada a su recuerdo.

La estación está solitaria, es el hito que sortean los hijos del pueblo que se van o aquellos que  regresan al hogar con la cabeza baja y el corazón dolorido. Las vías del tren serpentean entre la arena hasta el infinito.

Aquellas vías, encarnan el desgarramiento que produjo en mí la partida de mi padre.

Durante todo este tiempo  me vi  sentada a la vera del mar, de espaldas al mundo, acompañada sólo por las remembranzas. Evoco sus palabras llenas de ternura, los consejos acertados, a pesar de que me negaba a aceptarlos por la terquedad de mis años.

Ahora, con la cabeza entre las manos, ansío la posibilidad de volver al pasado como esas aguas que lamen la arena y vuelven mansas al mar. Me abrazaría a él y lucharía con el destino para que no lo arranque de mi lado. Con la voz desgarrada pregunto por enésima vez:

– ¿Padre, dónde estas?

Lelia Di Nubila

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Penumbras

La noche lo cubre todo.
La noche está dentro de mí con sus sombras,
parecen reírse de mi miedo a la soledad, al olvido.

La noche me grita que nadie me recuerda,
que todo está olvidado;
que siempre me encontrará sola,
tan sola como hasta ahora.

Tengo miedo.
Tengo miedo a la noche, a las sombras,
a todo aquello que tenga sabor a soledad.
Quisiera dormir, dormir para siempre,
cerrar los ojos y no despertar jamás.

Tengo miedo, la traición me acecha
lastimándome en lo que más quiero,
burlándose de mi ingenuidad.

No, no te alejes… tengo miedo,
las noches son largas, la traición acecha.
Tómame la mano, quédate conmigo
sólo por un rato…
“cerraré los ojos para no despertar jamás”.

Lelia Di Nubila- libro”Reconociéndonos”