Palabras Ausentes -Cap.3

Sus hermanos, un tema especial. No se habían criado juntos ni los habían educado como tal, sólo eran hermanos porque la vida lo había decidido así, porque sus padres eran los mismos. No tenían nada en común, nada por compartir. Eran nómadas, no poseían un hogar estable y según las circunstancias cambiaban de residencia, tratando de sacar el mejor provecho en cada caso. Sólo en ocasiones convivían y en esas pocas oportunidades marcaron la diferencia, no eran iguales siempre estaba sometida a ellos.
Con papá de por medio se sentía protegida, era algo que sus hermanos detestaban, era la intrusa, y no faltaba oportunidad de hacérselo saber.
¿Por qué tan agresivos? Nunca lo supo, eran dañinos por naturaleza. Pero Dios sabe que nada es por generación espontánea, probablemente era una forma de autodefensa. Esa respuesta sólo ellos la tienen y nunca la compartieron.

Las temporadas de convivencia no dejaban buenos recuerdos, cada uno luchaba por su espacio sin importar cuanto podía invadir el del otro ni cuanto daño podía causar.
Invariablemente quedaron cicatrices, no solamente en el cuerpo, comunes a todo niño, también en el espíritu. Esas cicatrices que a pesar del tiempo, siguen doliendo. Esto se
compensaba con los hermanos del alma, con los que la vida recompensa y que acompañan incondicionalmente.

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Palabras ausentes-Cap.2 – Infancia

Transcurre mirada de afuera, entre risas y terror, entre amor y abandono. Sólo quedan imágenes de momentos vividos.
Son estampas de un álbum similar a aquellas tomadas por los viejos fotógrafos de las plazas –con trípode y cajón– escondiendo la cabeza detrás de una cortinilla negra que los
hacia más ilusorios, más mágicos. Son imágenes instantáneas que dejan vislumbrar una historia que se quiere esconder. Fotografías perfectas, donde todos sonríen, donde todo parece demasiado prolijo.
A partir de allí aprendió a buscar amor y amparo entre la gente que conocía y aún muy pequeñita comprendió que existen madres del corazón y madres biológicas. Lo hizo para sobrevivir, por necesidad, carecía de lo más importante: cariño y atención. Siempre, en cada lugar donde vivió, adoptó una mamá, personas que se quedaron por siempre en su corazón.
La vida no fue fácil, pero se hicieron costumbre: las vacaciones con papá donde sobraba amor y mimos y el resto del año con mamá viviendo como una sombra. La sombra de su madre, era extremadamente  tímida.
Los años pasaban, los hermanos iban y venían, eran nómadas en una familia atípica, situación que aceptaba pero no comprendía. Se refugió en juegos solitarios y en la lectura.
La lectura le abrió otros horizontes, un mundo fascinante, de diferentes culturas e historias de vida. La clásica literatura infanto-juvenil. Había agotado los libros de la biblioteca del pueblo en que vivía.
Fue una vida solitaria que le enseñó que “… hay cosas que no se dicen, no se cuentan, se sobrellevan muy escondidas en el interior de uno mismo”.

En tanto conoció personas que llevan una doble vida, que actúan diferente según la ocasión. Tristemente sufrió el abuso desde muy pequeña, cuando aún no podía discernir que pasaba. Con los años se dio cuenta que aquellos que debían cuidarla era quienes atentaban contra ella física y psicológicamente.
Pero “de eso no se habla…” no tiene quien la escuche, vive en su mundo, en el que se siente segura. Un mundo de fantasías.
Los años pasan a veces muy lentos, desfilan imágenes, algunas felices. Su mayor anhelo eran las vacaciones, allí veía a su papá, era su niña, tenía sus amigos que año tras año la esperaban y compartían momentos divertidos: navidades, reyes, festejaban su cumpleaños y se ponían tristes cuando llegaba la hora de la despedida. Cargaba su bolso de cuero, tan grande como ella y con él arrastraba la tristeza de una larga despedida.

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Palabras ausentes- Capítulo I


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Esta es una historia muy peculiar, todavía no puedo descifrar si la he vivido o el imaginario colectivo la grabó en mi memoria.
Es una historia de vida, de alguien a quien conozco mucho. Alguien cuyos recuerdos se disparan desde muy pequeña, en el patio de la casa familiar, corriendo con sus hermanos mayores y gritando a viva voz, disfrutando, riendo.
El siguiente recuerdo es penoso la tiene como testigo mudo de una discusión entre su madre y una desconocida. Ella sentada en el suelo con una bolsa de juguetes, en una casa diferente de habitaciones grandes y muebles antiguos, sombría y silenciosa salvo por esas voces disonantes y rostros serios que no comprende. En otra provincia…
Son estampas grabadas a fuego, únicas por su significado: era testigo inocente del cambio de vida de una familia que se disolvía, pero no tenía la suficiente edad para advertirlo.
A partir de allí el álbum imaginario da vuelta sus páginas, a veces lentamente, otras muy rápido. Es como una cortina que se va corriendo y deja ver ciertas cosas, y por la gracia de la naturaleza sólo muestra aquellas que menos daño hacen, matizadas con otras más traumáticas.
Si los adultos pudieran adentrarse en la mente de un niño, serian diferentes, verían las marcas indelebles que plasman en ellos, pensar de otro modo sería perverso.
La infancia, la infancia merece un capítulo aparte.

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El sueño prometido

  Cada vez que toma entre sus manos esa caja de plata con incrustaciones de nácar, proveniente de India,  se sume en un temor desconocido; a la vez, que queda subyugada.

  Había sido un regalo de Carlos, para su último cumpleaños, y todo lo que viniera de él tenía un interés especial.

   Alejandra, sentada al borde de la cama,  recuerda a Carlos como un  hombre posesivo, de aspecto rudo, pero de amores intensos. No  había tenido reparos en enlistarse en el ejército de su Majestad, la Reina de Inglaterra, para sostener el poder de la Corona, en la India. Para él era una necesidad demostrar persisténtemente su virilidad, pero de la forma más extrema, la exacerbaba.

   Se pone de pie, camina hasta su tocador y se mira en el espejo;  en él ve reflejada a una mujer de una belleza especial: cabellos oscuros que destacan sobre una piel de porcelana; estas evocaciones la retrotraen a las miradas que recibía al ingresar a un sitio, cuando el vaivén de su vestido acompañaba el movimiento de su cuerpo. Desde muy niña  había sido el centro de la familia gracias al carácter alegre y extrovertido que  poseyera siempre, y desde el momento en que comenzó a asistir a reuniones sociales se destacó  más que su hermana, todos la rodeaban de atenciones que ella aceptaba con naturalidad.

  Un sólo error  había cometido en su vida: enredarse en esa relación amorosa con Carlos,  relación que duró apenas un suspiro, pero que la marcó. A partir de  entonces, se volvió  mesurada y cuidadosa en el trato con los hombres, prueba de ello fue su matrimonio con Eduardo.

   El matrimonio le brindó una vida cómoda y buena, pero no impidió que continuara unida a Carlos a través de las cartas, mediante  las cuales se enteraba de la vida llena de riesgos que llevaba su ex enamorado, y eso la emocionaba.

   Piensa en Eduardo, tan diferente de Carlos. Él es un hombre elegante, de una prolijidad extrema. Desde su boda con  él, no existen los imprevistos, su vida está organizada hasta en los pequeños detalles, esto la tranquiliza… pero las cartas de Carlos le provocan esas cosquillas por lo impensado, por la aventura.

   Se siente aletargada, producto del discurrir por el camino de los recuerdos, se vuelve  y se echa en la cama abrazada a la caja de plata. Paso a paso va del letargo al sueño y la caja de plata se transforma en un cofre que contiene una botella verde con un raro líquido, y  la promesa de que al beberlo podrán vivirse  los sueños más escondidos, compartidos con la persona amada… Carlos.

Se estremece en la cama, profundamente dormida; desesperada, ve a su marido recriminándole por el abandono y rogándole que regrese al hogar que conformaron con tanto esfuerzo. Carlos, desde una esquina, con su risa sarcástica, agita la botella llena de promesas. Se encuentra tironeada por estos dos hombres que representan  pasado  y  presente de su vida. La decisión le resulta muy difícil.

  Ve una figura en las sombras que observa la escena: es su padre, quien con expresión dolorida le pide que regrese.

  Gira sobre si misma, se estira y lentamente  despierta; mientras lo hace, le parece escuchar a su padre que susurra a lo lejos:

  -¿Tomará ella la decisión de despertar?

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George Friedrich Kersting

 

 

 

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La obra de teatro

Con pasos lentos recorre la sala con un libro apretado en sus manos. Pedro comenta a su amigo Alejandro el bosquejo de la obra que intenta escribir, la misma estará ambientada en el siglo XVII:

-En esa época, el pueblo no tenía la mínima educación, no existía la intimidad ni el respeto, se vivía expuesto y con temor. Se mezclaban la doncella con la comadrona, el anciano con el rufián, el caballero con el granjero. Estaban agobiados por los impuestos que debían pagar para cubrir la vida pródiga de los Señores.

Pedro se arrima al escritorio revuelve unos papeles y toma una libreta de apuntes. Es alto y esbelto. Tiene una mirada penetrante e inteligente. Se sienta en el borde del escritorio  y continúa:

-El protagonista principal es un hombre sumiso, acostumbrado a pasar horas estudiando, alejado de la vida mundana. De modo encubierto, apoya la lucha contra la diferencia de clases sociales; mas, su postura es puramente intelectual. Es considerado la inteligencia del grupo, respetado por sus pares y por las clases bajas que se suman al movimiento. Además, es médico y pelea por evitar muertes provocadas por las epidemias que resultan de esa vida promiscua y carente de higiene.

Levanta la vista, mira a Alejandro para asegurarse que le está prestando atención.

-El segundo protagonista, partícipe importante del grupo, es representante fiel del hombre del siglo XVII, con barba, bigote y cabello largo, desprolijo, que cae sobre los hombros,  viste la infaltable chaqueta de piel; en ese rostro cetrino se destacan sus ojos de mirada desconfiada. Alejado de las creencias religiosas, lucha contra el poder de la iglesia. Tú me entiendes, ¿verdad? –dice consultando a su amigo-, es lo que llamamos un idealista, su fe está ligada a la igualdad de clases y a acabar con las artimañas de los poderosos, de él se puede decir que está librando una lucha heroica sin final previsible.

Se acerca al ventanal y por un minuto queda enganchado de la maravillosa estampa del sol perdiéndose en el ocaso, con una sonrisa camina hacia el sillón que ocupa Alejandro y le ofrece un cigarrillo, agita la cabeza y vuelve a hablar:

-Este último personaje tiene una debilidad, el amor por Elizabeth. Ella es una mujer educada en la riqueza, pero de una sencillez que no  afecta la relación con los demás. Su figura inspira respeto, y en la mirada se refleja comprensión por el sufrimiento ajeno. Lleva una doble vida, participa del grupo social al que pertenece, y a través del hombre que ama ayuda a la revolución.

Alejandro se remueve en el sillón para cambiar posición y se prende del  vaso de whisky que está en la mesita ratona mientras sigue con atención el relato.

-La situación se ve agravada cuando Isabel, cortesana de la época, en una reunión importante, denuncia ante el rey las actividades del protagonista principal. Le susurra que el médico investiga con la alquimia, nuevos remedios mágicos, y que los usa con gente del pueblo. Tal acusación enfurece al rey que imparte la orden de detención inmediata. Todos saben que quien cae en desgracia termina en un calabozo y de allí a la muerte no hay muchos pasos.

La alta figura de Pedro se recorta en el vano de la ventana, los débiles rayos del sol lo envuelven dando un brillo especial a su cabello, sigue el hilo de la historia mientras hojea la libreta:

-Él es una persona muy querida en el palacio y la maledicencia de Isabel tiene pronta respuesta de la Princesa -joven bella y generosa- quien con un suave ademán impide que continúen los comentarios.

Este es un personaje pequeño pero de mucho peso- dice mirando a Alejandro-

La Princesa, con su dulzura, sabe que tiene poder de convicción sobre el padre, por ello insiste en la defensa. Con palabras elogiosas, presenta al médico como uno de los sabios más importantes de la corte y recuerda que fue él quien la salvó de la grave fiebre que padeciera  impidiendo que muriera. Está convencida de que este recuerdo cambiará la decisión del rey.

Pedro se  entusiasma  tanto con el tema que  olvida el transcurrir del tiempo; la oficina se llena de sombras, y el bostezo de Alejandro lo vuelve a la realidad. Suspira, sonríe y pregunta:

-¿Te parece una buena base para la historia?

 

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Christian Shloe

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Caos en la oficina

-Es Juan, el hombre que reparte la correspondencia, enloqueció y cree que lo están acosando.

El desorden lo cubre todo, la gente corre desesperada mientras unos yacen en el suelo. El caos es tan grande que solo piensan en salvarse.

Desde mí puesto de observador miro como en una película lo que está sucediendo a mí alrededor. No puede ser Juan quien haya sacado el arma y disparado a mansalva. Lo veo a diario, recorre las oficinas repartiendo la correspondencia, es un hombre tranquilo, que para cada uno de los empleados tiene una palabra amable.

Hoy vino desquiciado,  nos miró con desconfianza, y se sentía perseguido y gritaba frases incoherentes. Solo entendí  que se dirigió al gerente diciendo:

-¿Me ha estado observando? -inquirió con una mirada rencorosa dibujada en su cadavérico rostro.

 El gerente es un hombre que no acostumbra mentir.

-Confieso -dijo- que he observado su comportamiento y que ha despertado mi interés y curiosidad en el más alto grado.

El hombre sacó un revolver  que tenía oculto en el pecho, giró sobre si mismo y comenzaron los balazos.

-Es Juan, el hombre que reparte la correspondencia, enloqueció y cree que lo están acosando –me repito para que no me queden dudas.

Veo algunos compañeros tirados en el piso con graves heridas, otros escondidos tras los escritorios. ¿Yo?, estoy aquí detrás de él, oculto pues me molestaría mucho que me acosaran con preguntas; afortunadamente Juan no me ha visto. Las sirenas se escuchan muy cerca, los gritos continúan y yo sigo diciéndome, no vaya a quedar alguna duda:

-Es Juan, el hombre suave y cordial que todas las mañanas me da la correspondencia.

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Un día perfecto

 Estoy sentada en la terraza del Hotel Presidente, mirando en  derredor, buscando inspiración mientras espero a Rosario.

 A las ocho y media de la mañana el lugar se encuentra medianamente lleno. Las mesitas redondas vestidas con  manteles de colores pasteles y sillas vienesas aguardan a sus ocupantes. El día es hermoso, el sol apenas calienta y el viento trae el aroma del mar. Me gusta disfrutar de este momento mientras espero a Rosario.

 El mozo se acerca, apoya la bandeja en la mesa, corre apenas la copa donde descansa lánguida una rosa amarilla, para bajar el pocillo y servirme el humeante café. Respiro ese aroma mientras el líquido se escurre. Lo completa con un toque de leche que parece no querer mezclarse nunca; mientras tanto, varios platitos con diferente contenido  rodean la taza de café. Respiro profundamente y esa mezcla de aromas me invade, despertando el apetito. Espero que el mozo se retire y continúo con la misión.

 ¡Qué día tan bello!, es especial para la tarea que me he propuesto. Mi mirada se pierde entre las personas que comparten la terraza; busco con detenimiento aquellas que se asemejen a  los personajes del nuevo libro en el que estoy trabajando.

 Sí, allí está ella, sentándose en la mesita de la esquina, bajo una sombrilla. Bonita, de una sensualidad ingenua puede con una simple mirada decir más que cien palabras. Es perfecta, ella es  Rosario, el personaje principal de la novela. Mientras la observo, un hombre asciende por la escalinata, se para a su lado, cruzan unas palabras y se sienta frente a ella. Podría ser otro de los personajes, tiene la apariencia de un joven a quien las experiencias extremas han madurado rápidamente; el brillo de sus ojos es el de dos brazas candentes, un hombre apasionado que se juega  entero por aquello que ama.

 Saco mi libreta de apuntes y tomo notas, trato de ser discreta para no llamar su atención. El joven está muy nervioso, no puede dejar quietas las manos, el mozo se acerca, y él con ademán brusco le hace saber que no ordenará nada. ¿Qué estará pasando en esa mesa? Ella tiene un atisbo de sonrisa en el ángulo izquierdo de la boca y lo mira con curiosidad, analizando su reacción.

 El bullicio me distrae y, de pronto, el ruido que produce el corrimiento de una silla y el tono de voz alterado llaman mi  atención  y la de los demás concurrentes.

 En ese momento ella desliza un papel sobre la mesa. Discreta, mira en derredor quitando importancia a la situación. Se incorpora y con paso lento recorre la terraza. Tiene el raro ángel con que se nace y de ningún modo se aprende; las largas piernas le dan a su caminar una cadencia felina de la que ni ella misma se da cuenta, toda ella es expresividad. Pasa a mi lado dejando la estela de su perfume. Se desliza por las escalinatas y comienza a avanzar por la arena hacia la orilla del mar.

 Vuelvo la cabeza hacia la mesa que dejara y veo al hombre que la acompañaba con la cabeza hundida entre las manos, abatido.

 La gente conversa y ríe, disfrutan del desayuno y del lugar.

 ¿Yo?, sólo pienso en qué pudo haber ocurrido entre esas dos personas. ¿Quién es en la vida real mi Rosario?

 Me levanto dando por concluida la tarea, guardo la libreta, dejo una propina y desciendo los escalones hacia la playa, respiro lo más profundo que puedo hasta sentir mis pulmones cargados de ese aire puro, me quito los zapatos y hundo los pies en la arena. Que sensación maravillosa…

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Esculpido en piedra

       Los tres hombres cabizbajos, en una esquina de la sala velatoria, estaban abrumados por la situación. Comentaban los hechos y los dichos del pueblo sobre la tragedia. Las miradas ausentes no permitían hurgar en sus sentimientos.

      ¿Quién hubiera sospechado que el desenlace sería el suicidio?

      María y Pablo, una pareja hermosa, vivían alegremente en la casa de campo. El lugar  era rústico, de casas pobres de madera, con ese exterior tan descuidado que hace imaginar que su interior no es mejor, pero el paisaje,  es bonito: el riachuelo que corre a la vera, los prados de la otra orilla, y esos caseríos en medio de bosquecillos hacen soñar con un entorno mejor.

      La pareja se veía feliz  aun  en ese marco de pobreza, dedicaban sus días a las labores del establecimiento, siempre cordiales con los vecinos, siempre generosos y atentos.

Un día se sumó Flora, la hermana de María. Había enviudado muy joven,  sin oportunidad de tener hijos y, por solidaridad, la invitaron a convivir con ellos.

Flora era rara, rígida en sus modales y no hacía ningún esfuerzo por esconder el malestar que le provocaba la situación, podía decirse que no agradecía la mano que se le tendía a pesar de la estrechez de la familia.

La rutina se modificó, los días resultaron más largos y más pesados, el ambiente perdió la cordialidad original y como si esto fuera poco, Fernando, primo de Pablo, apareció una mañana calurosa.

      La llegada conmovió al matrimonio, una persona como él de mirada fría y carácter duro que se traslucía en sus gestos, acostumbrado a conseguir lo que se proponía sin importar cómo, no era de buen augurio.

      Al concluir la jornada, se sentaron los cuatro a la mesa, silenciosos, cada uno atento a su plato; sólo se escuchaba el tintineo de las cucharas al chocar contra el borde de los platos. El  golpe de la cuchara de Fernando al caer con fuerza hizo que las cabezas se levantaran a un tiempo.

El primo los estaba mirando con atención; con una mueca hosca les recriminó la vida que llevaban y…  llegó la frase esperada:

-No puedo esperar más, ¡quiero el dinero que me deben!, el plazo ya pasó sobradamente y tengo un comprador para la granja.

Por el rostro de María resbalaron lágrimas de impotencia, su esposo  la tomó de la mano  y miró a su primo; tristemente sentía que la vida se desplomaba; al fin  dijo con voz estrangulada:

-Por favor, Fernando, sólo un último plazo.

-No, ya esperé lo suficiente -fue la respuesta helada.

      Semejante noticia dio por terminada la cena, las mujeres lavaron los enceres y limpiaron la cocina, en silencio, mientras los primos seguían sentados envueltos en un frío mutismo. Al momento de ir a dormir, hubo cruce de saludos entre las hermanas; los primos no se  hablaron.

       El matrimonio apenas discutió lo necesario para confirmar que no  tenían el dinero para retener la granja,  ese hogar que por años los había cobijado y donde eran felices. Estaban sometidos a la decisión de Fernando. Pablo tenía una expresión extraña, ausente, sentía que el problema era sólo suyo por no haber luchado lo suficiente.

       Fue una larga noche, se revolvió en la cama hasta que su esposa se durmió. Se levantó con el mayor  sigilo, abrió el ropero, tomó la escopeta y marchó al riachuelo.

En el silencio de la noche se escuchó el ruido seco del disparo. María saltó de la cama y corrió al exterior, la siguieron Fernando y Flora.

Los gritos de María eran desgarradores, mientras abrazaba a su marido, acunándolo como si de esa forma fuera a despertarlo; a pesar de los esfuerzos, Flora no consiguió desprenderla.

¿Qué hizo Fernando? Mirar, sólo mirar. Su rostro parecía esculpido en piedra.

Lelia Di Nubila

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