Casa natal de los hermanos Di Nubila: Domenico, Rossina, Giuseppe (mi abuelo) y Vincenzo en Oppido Lucano una comuna de la provincia Potenza, Región Basilicata, ubicada sobre las colinas de los Apeninos.
y actualmente…
Cuentos, Poemas, Sentimientos , Genealogía
Casa natal de los hermanos Di Nubila: Domenico, Rossina, Giuseppe (mi abuelo) y Vincenzo en Oppido Lucano una comuna de la provincia Potenza, Región Basilicata, ubicada sobre las colinas de los Apeninos.
y actualmente…
Estoy acostada, la madrugada está avanzada y mis fantasmas me rodean.
Lentamente mi mente vuelve al pasado; mi madre está parada a la vera de mi cama, se cobija a mi lado. Sé que ya no está, vi cuando su cuerpo descendía a la fosa en ese turbador ataúd, pero el espíritu no quiso marchar y ronda por las noches.
Recorro mi vida, las imágenes saltan en mi derredor, alucino y el tiempo discurre sin medida. Hago un gran esfuerzo y vuelvo a la realidad pero me quedo colgada en un lejano recuerdo que recurrentemente retorna mientras duermo:
“Una pequeña niña sujeta a la mano de su madre camina por las calles con paso rápido y en silencio, tratando de no perder ese contacto que la hace sentir segura. La mujer, ensimismada sólo trasmite su presencia jugando con sus largas uñas en las yemas de sus dedos, es un movimiento imperceptible e inconsciente”.
Ese leve contacto va más allá de mi imaginación y mis sueños, es una sensación internalizada, lo intuyo y como un eco me repito:
-“Esa niña fui yo”
El cuadro me retrotrae, en un juego irreal, a la relación con mi madre. Hasta su último día fui esa chiquilla que con pasos rápidos perseguía un vínculo ideal.
Las horas pasan, con los ojos abiertos añoro el peso de los párpados como anuncio de que el descanso está por llegar, pero se hace rogar y el juego continúa.
Busco palabras para expresar lo que siento y me resulta muy difícil. Nada fue sencillo. Mi existencia fue una continuidad de pruebas a sortear y los golpes dolieron, y dolieron mucho.
Como una técnica de defensa mi mente creó esos periodos de ausencia, que no sé si son descansos o pérdidas; vuelvo de ellos pidiendo permiso para ocupar mi espacio como si nunca me hubiera pertenecido. Durante ese tiempo fui la hija de mis hijos y me apena mucho.
-¡Oh, Señor…!- musito en el silencio- dame paz.
Se que no es tan simple, he rogado a Dios por años, y no he aprendido a escucharme, quizá deba comenzar perdonando y perdonándome y reiniciar el camino con quienes quedan a mi lado.
El dolor se hace intenso cuando pienso en mis padres, el rol de ellos quedó inconcluso, partieron porque el destino así lo quiso y porque en sus largas vidas habían cumplido su etapa, no para mí, me cuesta aceptar y no puedo cerrar el círculo; me faltan raíces y memoria.
Vuelve la niña con pasitos rápidos colgada de la mano de su madre y siento la presión en las yemas de los dedos, que tortura…, un escalofrío me recorre.
Giro en la cama buscando alivio y veo la espalda de mi esposo que descansa con placidez, se me presenta la necesidad de despertarlo para escuchar su voz tranquilizadora pero se que es un pensamiento egoísta, regreso a la postura anterior, me distiendo respirando con lentitud, las imágenes se van perdiendo, la niña se desdibuja como si una nube la cubriera, mis párpados pesan…
Lelia Di Nubila
Escucha,
quisiera confesarte algo.
Una pequeña treta
para sentirme a tu lado.
¿Ves aquélla estrella… la más brillante y hermosa?
Por las noches imagino ser ella, pudiéndote observar.
Y aquélla nube rosada del suave amanecer…
Y el rayo de sol que indiscretamente te despierta…
La fina lluvia otoñal que acaricia tu rostro…
Esa brisa tibia de las tardes soleadas…
Mañana te espero…
En ese gran sol que anuncia un buen día,
o quizá… sobre aquel nubarrón de la próxima tormenta.
¡Hasta mañana..!
Lelia Di Nubila -libro «Reconociéndonos»
Cuando tú no estas el mundo es pequeño y triste.
Cuando tú no estas,
cada hora es un siglo.
El mundo es triste.
Las horas son siglos.
Te has ido.
Lelia Di Nubila – libro «Reconociéndonos»
Soñar, soñar es liberar nuestro inconsciente para que, aún despiertos, podamos cerrar los ojos y sentirnos transportados a otra realidad. La mejor forma de soñar es soñar despiertos para poder disfrutar en su máximo esplendor lo que nuestros sentidos perciben, aunque nos encontremos del otro lado del mundo.
Soñar, es vivir, crear, permitirnos descubrir imágenes, sensaciones felices y dolorosas que alimentan nuestro espíritu.
Soñar con Tabarca, es un símbolo, es bello, es único.
Cierro los ojos y dejo volar mi imaginación: estoy sentada en la popa del catamarán que nos lleva a la isla, el ronroneo del motor se pierde, me abstraigo de los turistas que me rodean y sólo estamos el agua del Mediterráneo, que me moja, y ese viento tan particular que a pesar de su brío es acariciador, revuelve mis cabellos, roza mi piel.
El sol, es lo único que distrae mi mirada del mar y el cielo, una paleta donde se mezcla el azul con el verde en una continuidad constante.
Siento que la velocidad disminuye lentamente, aparece Tabarca, voy descubriendo mientras recorro con la mirada esa
costa escarpada, la piedra con sus diferentes rugosidades que el mar y el viento de tantos siglos lograron tallar en ese peñón.
Recorro ese camino empinado, despacio y con esfuerzo hasta llegar a la planicie. Sólo el cielo, el mar y el sol estamos en ese instante. Me siento abrazada, acariciada por la luminosidad y el murmullo del mar que me dice: por fin estas aquí, te esperaba.
Es bello. Me siento en intimidad con Dios. ¿Qué pudo lograr que la naturaleza creara ese lugar tan sólido, donde el espíritu puede elevarse y gozar sintiendo la protección de una fortaleza que nos aleja de odios, penurias, dolores y sólo podemos agradecer estar vivos?
La camino lentamente… sus construcciones sin edad me hace sentir un sintiempo donde pierdo los límites del ayer y el hoy, la gente vive su rutina como si ignorara el lugar que habita, las gaviotas deambulan, sobrevuelan con la libertad de sentirse dueñas de casa y como en las pinturas de Monet los turistas disfrutan del día, sentados en bares, paseando en su playa agreste o recorriendo pequeños negocios buscando algo que les recuerde que un día estuvieron allí… en Tabarca.
Soñar con Tabarca me permite revisar mi vida y meditar.
Sentada en una piedra, desde esa fortaleza, puedo verme de lejos y apreciar el camino recorrido, sorteando piedras, golpeándome con otras sabiendo que igual que en el camino a la isla, hay viento y sol que me acarician y me contienen… mi familia, mi hogar.
Soñar con Tabarca, es bello…
Lelia Di Nubila – libro «Reconociéndonos»
-Sí, si volviera a vivir, repetiría mis pasos -dice Eloisa mirando el reflejo de su figura en el vidrio de la gran puerta que divide el estar de la terraza. Se observa con detenimiento, el vestido rojo la estiliza y marca su figura. No es bonita, pero su sencillez y modales suaves hacen de ella una mujer muy querida.
Con un movimiento apenas perceptible se vuelve hacia María. Su amiga se encuentra hundida en el mullido sillón con las piernas cruzadas, dejando ver el inicio de sus rodillas. María la alienta a continuar con un:
– ¿Porque lo decís?
– ¿Te acordás del viaje a San Fermín, aquel pueblito pesquero del sur?
María asiente con la cabeza y sonríe, sí lo recuerda.
– Ese paisaje era tan bonito. Los barcos pesqueros anclados a cierta distancia de la costa y los botes que esperaban en el muelle para trasladar a los pescadores. Al amanecer, los hombres llegando a la costa con sus bolsas al hombro, preparados para la pesada faena y, a lo lejos, los primeros barcos que avanzaban hacia alta mar se dibujaban contra un cielo cubierto de escasas nubes. Las largas caminatas por la arena con el sonido del mar y el canto de las gaviotas de fondo. Se puede decir que el lugar estaba robado de una postal.
– Sí… -dice María- lo que nunca entendí fue tu apuro por volver.
Se escucha un largo suspiro y Eloisa comienza a hilar el relato.
– Al segundo día de estadía en San Fermín, estaba sentada en uno de los barcitos de la costa cuando noté que me observaban desde la mesa del frente. Nuestras miradas se cruzaron y hubo algo así como un coqueteo; él era un hombre guapo, vestido muy elegante, con bigotes y barba recortada con prolijidad, unas pequeñas lentes montadas sobre la nariz, tenía todo el aspecto de un hombre de negocios maduro y formal. Terminó sentándose a mi lado y conversamos como si nos conociéramos desde siempre. Se llamaba Carlos, y no me interesé mucho en su vida personal. Hablamos del paisaje, de la pesca… del verano.
Se ubica frente a María y continúa:
– Nos encontramos casi a diario en el mismo lugar e hicimos largas caminatas por la playa. Del coqueteo inicial pasamos a tener mayor intimidad, y las caminatas al amanecer terminaron en una casita de la playa. Todo fue muy romántico.
El rostro de Eloisa se ruboriza:
– Una tarde, situada en el mismo bar entretenida con unas postales que quería enviar; en la mesa contigua estaba una mujer con aspecto de madraza; observaba con ternura a sus hijos, tenía tres, dos niñas y un niñito, el más pequeñín. El varoncito era su debilidad y él lo sabía, correteaba a mí alrededor, terminé sentándolo en mi regazo y hablando animadamente con la madre. Me contó sobre su familia, las vacaciones que estaban disfrutando y lo que extrañaban los chicos al padre, porque durante las mañanas seguía trabajando. De pronto sacó del bolso una fotografía y sentí que la sonrisa se me helaba. Era él; se veía feliz. Él, mi compañero de caminatas al amanecer. Él, que me acariciaba como si el tiempo del mundo se detuviera.
Se estira la falda, roza sus largas piernas y con lentitud levanta la vista hacía María que la mira fijamente, asombrada.
– No pude resistir un nuevo encuentro después de conocer a su familia. Esa noche tomé el micro de regreso. Pero, a pesar de ello, “si volviera a vivir, repetiría mis pasos” -afirma mientras se incorpora retoca con diligencia el vestido, y extiende la mano para ayudar a María a pararse.
Tomadas del brazo caminan a paso lento hacia la terraza, envueltas en ese clima de complicidad que siempre las ha unido.
Lelia Di Nubila
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-Memorias de una Princesa-
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