He dedicado muchos años a investigar. En principio sólo me importaba la rama de mis abuelos, de mis ancestros más cercanos, pero es una búsqueda tan apasionante que cuando me di cuenta primero tenía cientos y después miles de registros.
Siempre mi intención fue escribir un libro sobre ellos. Pero e aquí la indecisión: ¿qué registros tomaba?, ¿qué rama elegía para escribir primero?, ¿los Di Nubila- Molinas- Romero , ramas paterna y materna de mi padre? o ¿Los Quattrochio- Manzo, ramas paterna y materna de mi madre?
Investigar en Italia los Di Nubila fue una gloria, pero cada vez que me adentraba más, avanzaba, sumaba…sumaba y cada vez más lejos veía el momento de volcarlo en un libro.
De la familia materna de mi padre investigué muchísimo. Sus ancestros Molinas y Romero participaron de la creación de pueblos y en las luchas fratricidas. En el acompañamiento al General Belgrano, donando ganado y dinero para las campañas. Las Damas Patricias acompañaron en la tarea y donaron sus joyas. Fueron realmente importantes en la vida de este país y del Virreinato en su momento…
Sobre la familia paterna de mi madre no he podido ahondar mucho. La investigación se truncó en Italia y no pude avanzar. Pero los Manzo…al igual que los Molinas y Romero aportaron a la Campaña de Belgrano y participaron de la fundación de pueblos, hoy hermosas ciudades como Nogoyá y Victoria. También ellos aportaron al crecimiento de este país.
Sigo en la búsqueda y en la indecisión: ¿por cuál de ellos empiezo?
Hace unos años atrás, después de mucho postergar, pudimos viajar con mi esposo en la Semana Santa de 2012 a Entre Ríos.
Existían dos motivos muy importantes: visitar a la hermana menor de mi madre única sobreviviente de esa generación, la de mis tíos, la de mis recuerdos de infancia, y la otra trasladar los restos de mi abuela que se encontraban en Nogoyá.
Fue un viaje emotivo, recorrimos en Nogoyá y Victoria: Cementerios, Municipios, Registros Civiles, Iglesias recolectando documentación y sintiéndolos rozár mi cuerpo.
El final del viaje en casa de mi tía Julia en Paraná, un par de días irrepetibles, con ronda de primos, sobrinos y ella con sus 87 años, nos acompañaba hasta la madrugada, compartiendo anécdotas, historias familiares, música, «comida», los infaltables mates y por sobre todo risas. No parecía que habían pasado 20 años de la última vez que nos vimos. Disfrutamos en familia. La tía me permitió escanear fotos que desconocía de mi madre y hermanos cuando eran niños y del abuelo -fue la primera vez que vi a Don Carlos Eliseo Quattrochio-
Ese viaje tenía un propósito, quería cerrar el círculo que mi madre había dejado abierto con su muerte, lo único que me quedaba por hacer era trasladar su madre de Nogoyá y su hermana del Cementerio Municipal para que descansaran con ella en el Jardín de Paz. Lo necesitaba, fue un proceso solitario, la única persona que me acompañó en él fue mi marido. Abrir urnas, trasladar restos y una ceremonia de inhumación que ellas se merecían. Al verlas descender me quebré por primera vez y me quedé allí por mucho tiempo, sentada mirando esa fosa que cobijaba mucha de la historia de mi vida.
Cuando voy al cementerio, pongo la mano sobre la lápida donde están grabados los nombres de las tres y sé que están en paz.
A casi todos nos pasa que cuándo recordamos hechos de nuestro pasado,imaginamos su entorno, lo vemos tal cual fue en la época que ocurrió. Cuando volvemos podemos encontrar igual, peor o desconocido. Esto fue lo que me ocurrió en mi vuelta al pueblo.
Quise visitar la escuela donde viví muchos años e hice casi toda mi primaria. La escuela estaba cambiada, algo ampliada, bastante abandonada y su entorno desconocido. Mis sentimientos fueron tan dispares, alegría por volver y desilusión por lo que encontré. Mis recuerdos se agolpaban. El gran aserradero que existía al frente hoy es un baldío, sucio y abandonado, no queda nada, la casa de los dueños que estaba edificada detrás también desapareció. ¡Que tristeza!
Sé que no todos lo comprenden porque no vivieron la escuela de la que yo disfruté, de mi patio… Entre la casa y la escuela no habían divisorias, sus hamacas, sube y baja, balancín y galerías eran mis lugares de juego habituales los fines de semana y cuando las clases concluían. Podía disfrutar andar en bicicleta en su patio áspero que dejaba mis rodillas machucadas cuando me caía.
Fue una infancia solitaria pero de muchas aventuras. A unos cien metros había una laguna donde buscábamos conchillas para después pintarlas y al anochecer se escuchaba el aullido de los monos carayá proveniente del monte cercano. No había luz, dependíamos del «sol de noche», lámpara que primero fue a querosen y luego a gas. Si nos sentábamos en el patio la luna y las estrella iluminaban para nosotras, siempre con los pies sobre un banco para evitar que nos sorprendieran las serpientes.
Hermosos recuerdos de una época que para muchos quedó en el olvido pero para mí sigue presente en mi memoria.
Algo que me caracterizó siempre durante el transcurrir de mi vida fue la búsqueda de la figura materna. Siempre he tenido «madres postizas».
Desde muy pequeña, mi madre estaba tan ocupada en trabajar y en tratar de sobrevivir a su manera que yo sentía que no la tenía. Sentía su ausencia y en muchas situaciones no estaba Siempre de alguna manera se daba o yo elegía aquella persona que cubría ese espacio. De pequeñita fue una vecina, pero hubo bastantes mudanzas y debía adoptar nuevas figuras: vecinas o personas muy cercanas pero nunca familiares.
Durante mi adolescencia mi mamá postiza vivía a mi lado, más que una madre la sentía una amiga y como se trataba de un matrimonio también lo adopté a él. Eran ellos a quienes podía recurrir cuándo algo necesitaba. Durante el transcurso de toda mi vida siempre que volví a mi pueblo fui a visitarlos, así que siguieron formando parte de todas las etapas de mi vida: el inicio de nuestro noviazgo cuando aún vivía en el pueblo, y ya casada mis embarazos, la presencia de los niños que iban aumentando. Siempre… incondicionalmente…tenía que visitarlos. Fueron y son una parte de mi historia.
Hace unos días cuando volví le pedí a mí esposo que me tomara una fotografía con mis «padres postizos», creo que nunca, nunca me había tomado una fotografía con ellos… no tengo memoria … para mí es la primera, pero quería guardarla porque ellos representaron ese papel que muchas veces estuvo sin cobertura. ¡Gracias Yiya y Víctor por estar para mi!
Este fin de semana volví a mi pueblo de la infancia y adolescencia acompañando a mi marido en el festejo de su promoción de la secundaria. El encuentro fue muy alegre y lleno de anécdotas, abrazos, risas y baile.
Estas ocasiones siempre tocan nuestras cuerdas sensibles, compañeros que ya no están, profesores que partieron pero dejaron una marca muy honda en nuestros corazones.
Ya casi al final de la noche, cuándo quedábamos pocos escucho a mi espalda la voz de una de las integrantes de la promoción que micrófono en mano quería recordar a mi madre -Doña Pacita Quattrochio profesora de Castellano-, porqué había insistido tanto en la enseñanza de la poesía que había logrado que quedaran en su memoria, especialmente una de Juan de Dios Peza. Escucharla recitar me conmovió hasta las lágrimas y quiero compartir con ustedes ese poema tan bello que acompañó mi adolescencia y la de muchos. Gracias Mary Infeld.
Reír llorando
Viendo a Garrick, actor de la Inglaterra,
el pueblo al aplaudirlo le decía:
Eres el más gracioso de la tierra y el más feliz.
Y el cómico reía.
Víctimas del spleen los altos lores,
en sus noches más negras y pesadas,
iban a ver al rey de los actores
y cambiaban su spleen en carcajadas.
Una vez ante un médico famoso,
llegose un hombre de mirar sombrío:
-Sufro -le dijo- un mal tan espantoso
como esta palidez del rostro mío.
Nada me causa encanto ni atractivo;
no me importan mi nombre ni mi suerte;
en un eterno spleen muriendo vivo,
y es mi única pasión la de la muerte.
-Viajad y os distraeréis. -Tanto he viajado
-Las lecturas buscad -Tanto he leído-
Que os ame una mujer – ¡Si soy amado!
-Un título adquirid -Noble he nacido.
¿Pobre seréis quizá? -Tengo riquezas
– ¿De lisonjas gustáis ? – ¡Tantas escucho!
-¿Que tenéis de familia?…-Mis tristezas
-¿Vais a los cementerios?… -Mucho, mucho.
¿De vuestra vida actual tenéis testigos?
– Sí, mas no dejo que me impongan yugos;
yo les llamo a los muertos mis amigos;
y les llamo a los vivos mis verdugos.
-Me deja- agrega el médico -perplejo
vuestro mal, y no debo acobardaros;
Tomad hoy por receta este consejo:
sólo viendo a Garrick podéis curaros.
-¿A Garrick ? -Sí, a Garrick…La más remisa
y austera sociedad lo busca ansiosa;
todo aquel que lo ve muere de risa;
¡tiene una gracia artística asombrosa !
-Y a mí me hará reír?-Ah, sí, os lo juro !;
él, sí, nada más él…Mas qué os inquieta?…
-Así -dijo el enfermo -no me curo:
¡Yo soy Garrick ! Cambiadme la receta.
¡Cuántos hay que, cansados de la vida,
enfermos de pesar, muertos de tedio,
hacen reír como el autor suicida
sin encontrar para su mal remedio!
¡Ay ! ¡ Cuántas veces al reír se llora!..
¡Nadie en lo alegre de la risa fíe,
porque en los seres que el dolor devora
el alma llora cuando el rostro ríe!
Si se muere la fe, si huye la calma,
si sólo abrojos nuestras plantas pisa
lanza a la faz la tempestad del alma
un relámpago triste: la sonrisa.
El carnaval del mundo engaña tanto;
que las vidas son breves mascaradas;
aquí aprendemos a reír con llanto
y también a llorar con carcajadas.
Con pasos lentos recorre la sala con un libro apretado en sus manos. Pedro comenta a su amigo Alejandro el bosquejo de la obra que intenta escribir, la misma estará ambientada en el siglo XVII:
-En esa época, el pueblo no tenía la mínima educación, no existía la intimidad ni el respeto, se vivía expuesto y con temor. Se mezclaban la doncella con la comadrona, el anciano con el rufián, el caballero con el granjero. Estaban agobiados por los impuestos que debían pagar para cubrir la vida pródiga de los Señores.
Pedro se arrima al escritorio revuelve unos papeles y toma una libreta de apuntes. Es alto y esbelto. Tiene una mirada penetrante e inteligente. Se sienta en el borde del escritorio y continúa:
-El protagonista principal es un hombre sumiso, acostumbrado a pasar horas estudiando, alejado de la vida mundana. De modo encubierto, apoya la lucha contra la diferencia de clases sociales; mas, su postura es puramente intelectual. Es considerado la inteligencia del grupo, respetado por sus pares y por las clases bajas que se suman al movimiento. Además, es médico y pelea por evitar muertes provocadas por las epidemias que resultan de esa vida promiscua y carente de higiene.
Levanta la vista, mira a Alejandro para asegurarse que le está prestando atención.
-El segundo protagonista, partícipe importante del grupo, es representante fiel del hombre del siglo XVII, con barba, bigote y cabello largo, desprolijo, que cae sobre los hombros, viste la infaltable chaqueta de piel; en ese rostro cetrino se destacan sus ojos de mirada desconfiada. Alejado de las creencias religiosas, lucha contra el poder de la iglesia. Tú me entiendes, ¿verdad? –dice consultando a su amigo-, es lo que llamamos un idealista, su fe está ligada a la igualdad de clases y a acabar con las artimañas de los poderosos, de él se puede decir que está librando una lucha heroica sin final previsible.
Se acerca al ventanal y por un minuto queda enganchado de la maravillosa estampa del sol perdiéndose en el ocaso, con una sonrisa camina hacia el sillón que ocupa Alejandro y le ofrece un cigarrillo, agita la cabeza y vuelve a hablar:
-Este último personaje tiene una debilidad, el amor por Elizabeth. Ella es una mujer educada en la riqueza, pero de una sencillez que no afecta la relación con los demás. Su figura inspira respeto, y en la mirada se refleja comprensión por el sufrimiento ajeno. Lleva una doble vida, participa del grupo social al que pertenece, y a través del hombre que ama ayuda a la revolución.
Alejandro se remueve en el sillón para cambiar posición y se prende del vaso de whisky que está en la mesita ratona mientras sigue con atención el relato.
-La situación se ve agravada cuando Isabel, cortesana de la época, en una reunión importante, denuncia ante el rey las actividades del protagonista principal. Le susurra que el médico investiga con la alquimia, nuevos remedios mágicos, y que los usa con gente del pueblo. Tal acusación enfurece al rey que imparte la orden de detención inmediata. Todos saben que quien cae en desgracia termina en un calabozo y de allí a la muerte no hay muchos pasos.
La alta figura de Pedro se recorta en el vano de la ventana, los débiles rayos del sol lo envuelven dando un brillo especial a su cabello, sigue el hilo de la historia mientras hojea la libreta:
-Él es una persona muy querida en el palacio y la maledicencia de Isabel tiene pronta respuesta de la Princesa -joven bella y generosa- quien con un suave ademán impide que continúen los comentarios.
Este es un personaje pequeño pero de mucho peso- dice mirando a Alejandro-
La Princesa, con su dulzura, sabe que tiene poder de convicción sobre el padre, por ello insiste en la defensa. Con palabras elogiosas, presenta al médico como uno de los sabios más importantes de la corte y recuerda que fue él quien la salvó de la grave fiebre que padeciera impidiendo que muriera. Está convencida de que este recuerdo cambiará la decisión del rey.
Pedro se entusiasma tanto con el tema que olvida el transcurrir del tiempo; la oficina se llena de sombras, y el bostezo de Alejandro lo vuelve a la realidad. Suspira, sonríe y pregunta:
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