Un día perfecto

 Estoy sentada en la terraza del Hotel Presidente, mirando en  derredor, buscando inspiración mientras espero a Rosario.

 A las ocho y media de la mañana el lugar se encuentra medianamente lleno. Las mesitas redondas vestidas con  manteles de colores pasteles y sillas vienesas aguardan a sus ocupantes. El día es hermoso, el sol apenas calienta y el viento trae el aroma del mar. Me gusta disfrutar de este momento mientras espero a Rosario.

 El mozo se acerca, apoya la bandeja en la mesa, corre apenas la copa donde descansa lánguida una rosa amarilla, para bajar el pocillo y servirme el humeante café. Respiro ese aroma mientras el líquido se escurre. Lo completa con un toque de leche que parece no querer mezclarse nunca; mientras tanto, varios platitos con diferente contenido  rodean la taza de café. Respiro profundamente y esa mezcla de aromas me invade, despertando el apetito. Espero que el mozo se retire y continúo con la misión.

 ¡Qué día tan bello!, es especial para la tarea que me he propuesto. Mi mirada se pierde entre las personas que comparten la terraza; busco con detenimiento aquellas que se asemejen a  los personajes del nuevo libro en el que estoy trabajando.

 Sí, allí está ella, sentándose en la mesita de la esquina, bajo una sombrilla. Bonita, de una sensualidad ingenua puede con una simple mirada decir más que cien palabras. Es perfecta, ella es  Rosario, el personaje principal de la novela. Mientras la observo, un hombre asciende por la escalinata, se para a su lado, cruzan unas palabras y se sienta frente a ella. Podría ser otro de los personajes, tiene la apariencia de un joven a quien las experiencias extremas han madurado rápidamente; el brillo de sus ojos es el de dos brazas candentes, un hombre apasionado que se juega  entero por aquello que ama.

 Saco mi libreta de apuntes y tomo notas, trato de ser discreta para no llamar su atención. El joven está muy nervioso, no puede dejar quietas las manos, el mozo se acerca, y él con ademán brusco le hace saber que no ordenará nada. ¿Qué estará pasando en esa mesa? Ella tiene un atisbo de sonrisa en el ángulo izquierdo de la boca y lo mira con curiosidad, analizando su reacción.

 El bullicio me distrae y, de pronto, el ruido que produce el corrimiento de una silla y el tono de voz alterado llaman mi  atención  y la de los demás concurrentes.

 En ese momento ella desliza un papel sobre la mesa. Discreta, mira en derredor quitando importancia a la situación. Se incorpora y con paso lento recorre la terraza. Tiene el raro ángel con que se nace y de ningún modo se aprende; las largas piernas le dan a su caminar una cadencia felina de la que ni ella misma se da cuenta, toda ella es expresividad. Pasa a mi lado dejando la estela de su perfume. Se desliza por las escalinatas y comienza a avanzar por la arena hacia la orilla del mar.

 Vuelvo la cabeza hacia la mesa que dejara y veo al hombre que la acompañaba con la cabeza hundida entre las manos, abatido.

 La gente conversa y ríe, disfrutan del desayuno y del lugar.

 ¿Yo?, sólo pienso en qué pudo haber ocurrido entre esas dos personas. ¿Quién es en la vida real mi Rosario?

 Me levanto dando por concluida la tarea, guardo la libreta, dejo una propina y desciendo los escalones hacia la playa, respiro lo más profundo que puedo hasta sentir mis pulmones cargados de ese aire puro, me quito los zapatos y hundo los pies en la arena. Que sensación maravillosa…

andrew-atroshenko.2

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