Palabras Ausentes-Cap.4

La infancia transcurre con altibajos, con muchas piedras en el camino, las que sirvieron para que creciera espiritualmente y aprendiera que siempre alguien nos protege.
Una parte muy importante de la infancia transcurre en la escuela, para ella era una prueba diaria, resultaba muy difícil integrarse, la vivía desde afuera como espectadora.
Lo contradictorio era la participación que tenía en todos los actos patrios, no sólo en la escuela, también en aquellos que se realizaban en la plaza del pueblo con toda la pompa que se les otorgaba. Parecía que recitando, actuando o llevando una ofrenda floral, se transformaba y allí sólo estaban ella y su voz, disociadas, ella flotando en el aire mientras caminaba delante del público.
En ese instante no era la tímida niña, era otra persona que vivía el momento a través del vidrio de una ventana.
La vida tiene esas cosas, las aceptamos o sucumbimos y ella aprendió que en su refugio íntimo nadie podía herirla, allí todo era amor, calor, color y belleza, allí practicaba formando familias con elementos insólitos, familias felices, donde mamá y papá estaban juntos y protegían a sus hijitos.
Unas vacaciones en casa de papá le prestaron una caja llena de lápices de colores de todos los tamaños, para que se
entretuviera a la siesta sin molestar su descanso. Nunca había visto tantos lápices, ni esa gama de colores tan completa y contrariamente a lo que hubiera hecho cualquier niño que era pintar, ella los separó por colores y creo familias, los mosaicos de la cocina se transformaron en casas con sus diferentes habitaciones donde vivían los rojos, con sus familiares rosados y vecinos azules y amarillos. En tan fecunda imaginación la cocina se transformó en un barrio, con adultos y niños viviendo
las rutinas comunes a cada uno, conviviendo en un ambiente alegre y amoroso. Como siempre todo terminó mal, con una crisis de llanto de su hermana porque había tocado sus lápices.
En casa de su mamá su habitación se transformaba en escuela, colocaba en fila los medicamentos, ubicando los frascos de acuerdo al tamaño, los chiquitos delante y los grandes detrás. Podía pasar horas dándoles clase y haciendo hincapié en los modales que debían mantener.
Esos juegos infantiles fueron su escudo y perduraron en el tiempo más allá de la infancia.
¿Cuál era el motivo de esa transformación? Ni ella lo sabía y menos que ella los demás, porque estas situaciones eran de las que “… no se hablan, no se cuentan, no se pregunta”.
Existía un mandato tan fuerte que no era necesario averiguar, ya se sabía la respuesta.

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