cuento

Desde el Sendero

Desde el sendero y tras el grupo de matas bajas que lo bordean, se distingue el pueblo. Es un pueblito cuyas casas de techos rojos se recortan contra el cielo; entre ellas se destacan algunas torres y desde allí pareciera que los fantasmas se entrometieran hasta el infinito.

Desde el sendero recorro el pasado cuadro por cuadro, como en una vieja película en blanco y negro, pero con destellos de color  en aquellos momentos que me afligieron.

Desde el sendero recuerdo a Eva, con la mirada altiva y el gesto despectivo, toda ella emanando perfidia.

Desde el sendero evoco aquel día… mi cuerpo erguido con los brazos en alto, bello en su desnudez, mientras me ponía las enaguas disfrutando del goce que la prenda me producía al resbalar sobre la piel. En ese momento me sentía sola, sola con mi cuerpo y hasta el aroma de las flores era más sutil y a la vez profuso; la atmósfera era envolvente; el deslizar de la seda sobre la piel me causaba un placer sublime. A mi lado, Rebeca luchaba con el cierre del corpiño sin percibir mis sentimientos. Fue una situación ingenua aunque confusa a los ojos de Eva, que espiaba desde la puerta con la picardía procaz que la caracteriza. Era la oportunidad que necesitaba.

Desde el sendero imagino que Eva no precisó mucho tiempo para urdir su desquite. Con lentitud se acercó Julián que se encontraba sentado en un sillón de en la sala, esperándome, fumando un interminable cigarrillo, relajado y tranquilo como si el tiempo no le pesara. Esta imagen enloqueció a Eva e hizo más colorido su relato sobre lo que creyó descubrir en la habitación.

Desde el sendero y entre la bruma del tiempo pasado la escucho hablar con saña y percibo la palidez del dulce rostro de Julián, tratando de comprender tanta maldad.

Desde el sendero me veo corriendo a sus brazos que se abrieron como un círculo de ternura y comprensión para cobijarme.

Desde el sendero vivo el instante y veo a Eva que tiesa cual estatua observa con odio la escena.

Desde el sendero recorro con dolor mi pasado, cuadro por cuadro…

Lelia Di Nubila

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poema

POEMA XLIX

Dame la mano,
corramos a un tiempo,
fuguémonos del mundo por un día.

Vivamos sin distancias ni relojes,
sin demoras y retrasos.
Vivamos simplemente, vida mía.

Dame la mano,
ven a mi mundo rodeado de “te quiero”
cargado de ensueños.
No demores,
el tiempo corre…
La vida pasa…

Lelia Di Nubila – libro «Reconociéndonos»

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cuento

Mi amiga la luna

Me gusta mirar la luna, imagino que camino sobre ella, levantando el polvo blanco, que dicen que la cubre. Lo que no puedo imaginarme es encerrada en ese traje con escafandra
y la mochila de oxigeno para poder respirar. No podría hacer eso. No podría disfrutarla.
Cuando miro el cielo, esas noches de luna llena, me figuro deleitándome con la vista del universo, parada en ella. Tan pequeña desde aquí pero tan luminosa, tan mágica. Caminar
por su superficie hundiendo mis pies en el polvo, asomándome a sus cráteres, mudos testigos de los golpes que recibiera desde su misma creación.
¿Qué sentiría? Que estoy parada en la cumbre del universo y desde allí puedo observar otros mundos, otras vidas. Sentiría la emoción de disfrutar de una soledad sin tiempo, donde todo puede ocurrir, dónde el cielo es un gran océano por el que puedo flotar y cada estrella una isla que me espera para ser descubierta.
Miro la luna desde mi ventana y siento que me invita, que su aura está al alcance de mi mano, sólo debo extenderla y me transportará donde yo quiera. Miro hacia atrás y en la cama de al lado mi hermana duerme plácidamente iluminada por su luz, se la ve distinta, como un ángel.
¿Existirán habitantes originarios de la luna? Los científicos dicen que no, que no sería posible la vida. Pero… ¿acaso nosotros tenemos la última palabra, porqué todo debe ser desde nuestro punto de vista? Es una duda que me persigue, quien dijo que somos los únicos habitantes del universo. Si nosotros podemos vivir en este mundo contaminado, ¿por qué otros seres no pueden hacerlo en los suyos? Sólo deben adaptarse a su clima.
La luna abre mi mente, rompe los límites que la lógica impone, me pierdo imaginariamente y camino… camino, sobre esa superficie blanca buscando ese ser que la habita y, que como yo, quizá en ese mismo momento está mirando a la tierra
investigando algo similar.
¿Qué sorpresa sería encontrarnos? ¿Cómo nos comunicaríamos? ¿Cómo será? ¿Qué impresión le causaré? ¿Le pareceré horrorosa?
Son demasiadas preguntas la que me hago mientas disfruto en mi ventana, con la cabeza apoyada en las manos transportada por tanta belleza y curiosidad.
No importa que el tiempo pase, las noches de luna llena me transportaré a ella y dejaré en su suelo una flor, “la flor de la amistad”.

Lelia Di Nubila -libro «Reconociéndonos»

poema

Padre

Tus ojos cansados de ver tantas veces cosas,
que no querías ver.

Tu paso lento y a la vez pausado,
como si te costara esfuerzo arrastrar el volumen de tu cuerpo.
Tu cachaza provinciana, esa,
que trajiste desde la cuna.

Y tu infaltable humor,
hasta en los momentos más duros.

Esos arranques de furia que muy pronto se apagan.

Toda esa sarta de cosas que cuanto te veo,
se resume en un: “¡Papá!”.

Lelia Di Nubila -libro «Reconociéndonos»

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