cuento

Soñando con Tabarca

Soñar, soñar es liberar nuestro inconsciente para que, aún despiertos, podamos cerrar los ojos y sentirnos transportados a otra realidad. La mejor forma de soñar es soñar despiertos para poder disfrutar en su máximo esplendor lo que nuestros sentidos perciben, aunque nos encontremos del otro lado del mundo.
Soñar, es vivir, crear, permitirnos descubrir imágenes, sensaciones felices y dolorosas que alimentan nuestro espíritu.
Soñar con Tabarca, es un símbolo, es bello, es único.
Cierro los ojos y dejo volar mi imaginación: estoy sentada en la popa del catamarán que nos lleva a la isla, el ronroneo del motor se pierde, me abstraigo de los turistas que me rodean y sólo estamos el agua del Mediterráneo, que me moja, y ese viento tan particular que a pesar de su brío es acariciador, revuelve mis cabellos, roza mi piel.
El sol, es lo único que distrae mi mirada del mar y el cielo, una paleta donde se mezcla el azul con el verde en una continuidad constante.
Siento que la velocidad disminuye lentamente, aparece Tabarca, voy descubriendo mientras recorro con la mirada esa
costa escarpada, la piedra con sus diferentes rugosidades que el mar y el viento de tantos siglos lograron tallar en ese peñón.
Recorro ese camino empinado, despacio y con esfuerzo hasta llegar a la planicie. Sólo el cielo, el mar y el sol estamos en ese instante. Me siento abrazada, acariciada por la luminosidad y el murmullo del mar que me dice: por fin estas aquí, te esperaba.
Es bello. Me siento en intimidad con Dios. ¿Qué pudo lograr que la naturaleza creara ese lugar tan sólido, donde el espíritu puede elevarse y gozar sintiendo la protección de una fortaleza que nos aleja de odios, penurias, dolores y sólo podemos agradecer estar vivos?
La camino lentamente… sus construcciones sin edad me hace sentir un sintiempo donde pierdo los límites del ayer y el hoy, la gente vive su rutina como si ignorara el lugar que habita, las gaviotas deambulan, sobrevuelan con la libertad de sentirse dueñas de casa y como en las pinturas de Monet los turistas disfrutan del día, sentados en bares, paseando en su playa agreste o recorriendo pequeños negocios buscando algo que les recuerde que un día estuvieron allí… en Tabarca.
Soñar con Tabarca me permite revisar mi vida y meditar.
Sentada en una piedra, desde esa fortaleza, puedo verme de lejos y apreciar el camino recorrido, sorteando piedras, golpeándome con otras sabiendo que igual que en el camino a la isla, hay viento y sol que me acarician y me contienen… mi familia, mi hogar.

Soñar con Tabarca, es bello…

Lelia Di Nubila – libro «Reconociéndonos»

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cuento

Aquellas vacaciones

-Sí, si volviera a vivir, repetiría mis pasos -dice Eloisa mirando el reflejo de su figura en el vidrio de la gran puerta que divide el estar de la terraza. Se observa con detenimiento, el vestido rojo la estiliza y marca su figura. No es bonita, pero su sencillez y modales suaves hacen de ella una mujer muy querida.

Con un movimiento apenas perceptible se vuelve hacia María. Su amiga se encuentra hundida en el mullido sillón con las piernas cruzadas, dejando ver el inicio de sus rodillas. María la alienta a continuar con un:

– ¿Porque lo decís?

– ¿Te acordás del viaje a San Fermín, aquel pueblito pesquero del sur?

María asiente con la cabeza y sonríe, sí lo recuerda.

– Ese paisaje era tan bonito. Los barcos pesqueros anclados a cierta distancia de la costa y los botes que esperaban en el muelle para trasladar a los pescadores. Al amanecer, los hombres llegando a la costa con sus bolsas al hombro, preparados para la pesada faena y, a lo lejos, los primeros barcos que avanzaban hacia alta mar se dibujaban contra un cielo cubierto de escasas nubes. Las largas caminatas por la arena con el sonido del mar y el canto de las gaviotas de fondo. Se puede decir que el lugar estaba robado de una postal.

– Sí… -dice María- lo que nunca entendí fue tu apuro por volver.

Se escucha un largo suspiro y Eloisa comienza a hilar el relato.

– Al segundo día de estadía en San Fermín, estaba sentada en uno de los barcitos de la costa cuando noté que me observaban desde la mesa del frente. Nuestras miradas se cruzaron y hubo algo así como un coqueteo; él era un hombre guapo, vestido muy elegante, con bigotes y barba  recortada con prolijidad, unas pequeñas lentes montadas sobre la nariz, tenía todo el aspecto de un hombre de negocios maduro y formal. Terminó  sentándose a mi lado y  conversamos como si nos conociéramos desde siempre. Se llamaba Carlos, y no me interesé mucho en su vida personal. Hablamos del paisaje, de la pesca… del verano.

Se ubica frente a María y continúa:

– Nos encontramos casi a diario en el mismo lugar  e hicimos largas caminatas por la playa. Del coqueteo inicial pasamos a tener mayor intimidad, y las caminatas al amanecer  terminaron en una casita de la playa. Todo  fue muy romántico.

El rostro de Eloisa se ruboriza:

– Una tarde, situada en el mismo bar entretenida con unas postales que quería enviar; en la mesa  contigua estaba una mujer con aspecto de madraza; observaba con ternura a sus hijos, tenía tres, dos niñas y un niñito, el más pequeñín. El varoncito era su debilidad y él lo sabía, correteaba a mí alrededor, terminé sentándolo en mi regazo y hablando animadamente con la madre. Me contó sobre su familia, las vacaciones que estaban disfrutando y lo que extrañaban los chicos al padre, porque  durante las mañanas  seguía trabajando. De pronto sacó del bolso una fotografía  y sentí que la sonrisa se me helaba.   Era él; se veía  feliz. Él, mi compañero de caminatas al amanecer. Él, que me acariciaba como si el tiempo del mundo se detuviera.

Se estira la falda, roza sus largas piernas y con lentitud levanta la vista hacía María que la mira fijamente, asombrada.

– No pude resistir un nuevo encuentro después de conocer a su familia. Esa noche tomé el micro de regreso. Pero, a pesar de ello, “si volviera a vivir, repetiría mis pasos”  -afirma mientras se incorpora retoca con diligencia el vestido, y extiende la mano para ayudar a María a pararse.

Tomadas del brazo caminan a paso lento hacia la terraza, envueltas en ese clima de complicidad que siempre las ha unido.

Lelia Di Nubila

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cuento

Desde el Sendero

Desde el sendero y tras el grupo de matas bajas que lo bordean, se distingue el pueblo. Es un pueblito cuyas casas de techos rojos se recortan contra el cielo; entre ellas se destacan algunas torres y desde allí pareciera que los fantasmas se entrometieran hasta el infinito.

Desde el sendero recorro el pasado cuadro por cuadro, como en una vieja película en blanco y negro, pero con destellos de color  en aquellos momentos que me afligieron.

Desde el sendero recuerdo a Eva, con la mirada altiva y el gesto despectivo, toda ella emanando perfidia.

Desde el sendero evoco aquel día… mi cuerpo erguido con los brazos en alto, bello en su desnudez, mientras me ponía las enaguas disfrutando del goce que la prenda me producía al resbalar sobre la piel. En ese momento me sentía sola, sola con mi cuerpo y hasta el aroma de las flores era más sutil y a la vez profuso; la atmósfera era envolvente; el deslizar de la seda sobre la piel me causaba un placer sublime. A mi lado, Rebeca luchaba con el cierre del corpiño sin percibir mis sentimientos. Fue una situación ingenua aunque confusa a los ojos de Eva, que espiaba desde la puerta con la picardía procaz que la caracteriza. Era la oportunidad que necesitaba.

Desde el sendero imagino que Eva no precisó mucho tiempo para urdir su desquite. Con lentitud se acercó Julián que se encontraba sentado en un sillón de en la sala, esperándome, fumando un interminable cigarrillo, relajado y tranquilo como si el tiempo no le pesara. Esta imagen enloqueció a Eva e hizo más colorido su relato sobre lo que creyó descubrir en la habitación.

Desde el sendero y entre la bruma del tiempo pasado la escucho hablar con saña y percibo la palidez del dulce rostro de Julián, tratando de comprender tanta maldad.

Desde el sendero me veo corriendo a sus brazos que se abrieron como un círculo de ternura y comprensión para cobijarme.

Desde el sendero vivo el instante y veo a Eva que tiesa cual estatua observa con odio la escena.

Desde el sendero recorro con dolor mi pasado, cuadro por cuadro…

Lelia Di Nubila

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poema

POEMA XLIX

Dame la mano,
corramos a un tiempo,
fuguémonos del mundo por un día.

Vivamos sin distancias ni relojes,
sin demoras y retrasos.
Vivamos simplemente, vida mía.

Dame la mano,
ven a mi mundo rodeado de “te quiero”
cargado de ensueños.
No demores,
el tiempo corre…
La vida pasa…

Lelia Di Nubila – libro «Reconociéndonos»

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