Padre

Tus ojos cansados de ver tantas veces cosas,
que no querías ver.

Tu paso lento y a la vez pausado,
como si te costara esfuerzo arrastrar el volumen de tu cuerpo.
Tu cachaza provinciana, esa,
que trajiste desde la cuna.

Y tu infaltable humor,
hasta en los momentos más duros.

Esos arranques de furia que muy pronto se apagan.

Toda esa sarta de cosas que cuanto te veo,
se resume en un: “¡Papá!”.

Lelia Di Nubila -libro “Reconociéndonos”

Salva.1

Hijo mío

Te sueño.
Te presiento.

Tú río de sangre se agitará en mi seno.
Tú pequeña forma humana,
se acurrucará en mí ser.
Tu futuro de hombre,
se gestará en mis entrañas.
Tu mundo, nacerá de mi mundo.

Mis manos acariciarán tus noches de fiebre.
Mi sueño velará tu sueño.
En las noches de insomnio cuidaré tu sueño angelical.

Lelia Di Nubila -libro Reconociéndonos

El dolor de Miranda

Todas las familias dichosas se parecen, pero las infelices lo son cada una a su manera.

Cuando piensa en ello todavía tiembla.

Tanto sufrimiento manifiesto… Esa expresión de tristeza pintada en el rostro. Toda ella es la imagen de un dolor muy profundo. Es una mujer hermosa, delicada, de esas bellezas nacidas desde el alma. No merecía el padecimiento que la vida le había deparado.

Miranda se casó muy joven con el hombre que la familia aprobaba y que estaba muy enamorado de ella. Le brindaba una vida acomodada pero vacía, ella sólo le tenía cariño, no había conocido el amor. Únicamente había experimentado el de madre por esa pequeña que era el centro de su mundo.

El motivo de tanta desdicha se inició en unas de esas reuniones que se llevaban a cabo en la casa de campo de la familia. Allí se dio cuenta de que los hombres despertaban otros sentimientos, además del cariño que sentía por su marido. Al ser presentada al apuesto amigo de su primo, quedó deslumbrada.

El día le resultó corto, a pesar de que la niñera se ocupó de la beba y ella dispuso de tiempo completo. Por primera vez escuchó palabras de halago. Por primera vez la hicieron sentir bella y deseada. El enamoramiento fue tan rápido que no le permitió notar la expresión de los rostros que la rodeaban; estaba más allá de los cuchicheos.

Mientras su esposo observaba con atención cada movimiento acumulando rencor, ellos dedicaron la tarde a recorrer los senderos del parque abstraídos en lo que estaban viviendo.

Llegó la noche… el regreso al hogar… la explosión del marido cuando estuvieron en la soledad del dormitorio. Nunca lo había visto así, su rostro era una máscara, estaba demudado, la trató de “mujerzuela”, de “mal ejemplo para su hija”, y de muchas otras cosas que cayeron en su corazón como piedras en el agua. Apenas se dio cuenta de que estaba preparando un bolso y que era expulsada de la casa con los brazos vacíos.

María se estremece y piensa con culpa que forma parte de la desdicha de su hija. Ella influyó en ese matrimonio de conveniencia. Levanta la taza de té y, por sobre el borde, mira a su marido manifestando con lentitud:

– Somos responsables de su desgracia y debemos asumirlo.

Fernando devuelve la mirada con desolación: Miranda, la niña de sus ojos está sufriendo, aquella pequeña que llenaba la casa de alegría y henchía su corazón de ternura, con el cascabel de su risa, hoy está hundida en un pozo de melancolía alejada del pequeño retoño.

– ¿Sigue en el dormitorio? –pregunta.

– Sí, no salió desde el momento en que regresó a casa. Debimos educarla mejor. Fortalecer su carácter y no presionar con ese matrimonio.

Los ruidos del corredor se hacen más intensos, la puerta se abre y la mucama con el rostro enrojecido anuncia:

– ¡La niña no despierta…!

Un grito de dolor y la silla que cae es la repuesta.

Lelia Di Nubila

Hijo

Hoy,
cuando la noche inunda mi ser,
te pienso.

Observo una rosa que ayer fue pimpollo,
sus cálidos pétalos,
dándose a la vida en cada centímetro
semejan mi ser en entrega amorosa.

Miro la noche a través de la ventana,
la primavera se mezcla en mi sangre.
Mis venas palpitan la ilusión de tu nombre.

Las opacas caras que rodean mi noche,
parecen borrarse en disimulado escape.
Te estoy soñando, hijo mío.

Tu cuerpo pequeño,
de carnes rosadas;
tus ojos auténticos,
sin contaminarte del odio reinante.

Te quiero, pequeño,
te siento en mi sangre aunque pasen años,
sin poder conocerte.

Tu ser ya palpita en mis entrañas
aún sin florecer.

Te tengo conmigo, pequeño diablillo.
Tus ojos en mis ojos, tu boca en mi boca,
tu sangre en mi sangre, tu ser en el mío.

Te tengo en cada instante de mi duro vivir.
Te canto por las noches.
Te arrullo por las mañanas.
Te siento todo el día.

Lelia Di Nubila  -libro Reconociéndonos

Para imaginarte a ciegas

Tras el humo gris del cigarrillo
quisiera descubrir tu rostro.
Apagar en tu boca mi incontenible sed.
Reflejarme en tus ojos,
y en su lenguaje, comprender todo aquello
que tu boca calla.

Quisiera recorrer con mis manos,
con el ademán del ciego,
tu rostro querido.
Y con los ojos muertos
vivirte con el alma toda.

Quisiera imaginarte
con el simple roce de nuestra piel…

Y en mi invalidez,
sentirme guiada por tus fuertes brazos
que oprimen sin dañar.

Lelia Di Nubila – libro “Reconociéndonos”

Abuelo

Frágil figura, de un pasado tierno.
Dulce palabra, de una infancia triste.

Único sobreviviente de una generación ida,
la de los “abuelos”.

Te has ido también tú, a acompañar la soledad
de quien durante tantos años,
esperó tu retorno a la tierra.
Pequeña silueta que en tus noventa y tantos…
cargados de sabiduría,
volviste a ser niño.

Hijo, de tus hijos.
Caprichos ingenuos de niño enfermo,
la voz cascada por tantos años.
No me olvides, yo aquí te estoy queriendo…
¡Abuelo!

Lelia Di Nubila-libro Reconociéndonos
Giuseppe Di Nubila

Poema LVII

La noche te recuerda,
el día también.
Eres la sombra de algo inalcanzable,
lo definitivo.

Sé que te quiero,
pero amo lo ausente.

Sé que te extraño,
pero extraño la nada.

Eres fantasma de algo que sueño.
Eres TÚ, todo y nada,
pronombre de lo imprevisible.
Sólo sé que te espero

Lelia Di Nubila-libro Reconociéndonos

Cuantas veces tu nombre

El silencio de la noche,
hace pensar en tu nombre.
Las amarguras diarias,
hacen pensar en tu nombre.
Las grandes desilusiones,
hacen pensar en tu nombre.

¡Oh, Dios!
Cuántas veces,
he pensado,
musitado,
tu nombre… repetido.

¡Estos últimos días!

Lelia Di Nubila -libro “Reconociéndonos”